El Cardinal rojo reptaba por las calles de RyleTown como una serpiente enferma, sus faros cortando la neblina que se había asentado en los barrios residenciales. Dentro, la tensión había mutado de la rabia explosiva a una concentración gélida. Habían dejado el escándalo y el horror atrás, en el motel y la cafetería, y ahora se adentraban en el terreno de la caza propiamente dicha.
Marcus conducía con una lentitud deliberada, sus ojos, adaptados a la oscuridad, escudriñando cada detalle. Pasaron frente al "El Último Tren". El bar parecía cerrado, o simplemente muerto; el letrero de neón rojo estaba apagado, y las ventanas eran agujeros negros. Unos metros más adelante, en una bocacalle a la derecha, el resplandor azul y rojo de las luces de un patrullero estacionado iluminaba tenuemente un callejón. Cinta policial amarilla y negra, ondeando ligeramente en la brisa húmeda, sellaba la entrada. No había policías a la vista; probablemente habían terminado el trabajo forense y solo quedaba la custodia simbólica. Era el lugar. El callejón donde los hombres de Marcus habían dejado de ser cazadores para convertirse en mensaje.
Ninguno comentó. Solo miraron. Carter apretó ligeramente la mandíbula. Daniel, en el asiento trasero, apartó la vista, como si el lugar emitiera una radiación de fracaso y muerte.
Marcus giró en la siguiente calle, siguiendo las indicaciones que Daniel murmuraba desde atrás, su voz aún temblorosa. -Calle Los Tilos. Debe ser la siguiente a la izquierda. La casa de Eliás Morrow está al final, número 47.
Encontraron la calle. Era un camino angosto y mal asfaltado, flanqueado por casas antiguas de madera y ladrillo, con porches desvencijados y patios llenos de chatarra y recuerdos de una época en que RyleTown quizás soñó con ser algo más. Los tilos, que le daban el nombre, eran árboles altos y esqueléticos cuyas ramas se entrelazaban sobre la calle, creando un túnel oscuro.
Marcus encendió la radio, quizás para romper el silencio opresivo, quizás para sintonizarse con el pulso de la ciudad que habían dejado atrás. Sintonizó la emisora de noticias de Weston, la voz oficial.
"...y en noticias de última hora, el Capitán Johnson de la Policía de Weston confirma dos macabros hallazgos en establecimientos de la ruta periférica 7. En el motel V Cancía y la cafetería adyacente El Último Desvío, se encontraron cuatro víctimas de lo que las autoridades describen como un "acto de violencia extrema y aparentemente premeditado'. Las víctimas son tres empleadas del establecimiento y un clientes. No se reportan sobrevivientes. El Capitán Johnson ha declarado que, si bien la escena es perturbadora, no hay indicios que vinculen esto con la actividad criminal organizada en la ciudad, y pide a la ciudadanía calma mientras se investiga. Reitera que la seguridad en Weston propiamente dicha no está comprometida, y que este parece ser un incidente aislado en un área de baja afluencia...
La voz del capitán sonaba plana, burocrática, empaquetando el horror en el lenguaje estéril de la gestión de crisis. "Incidente aislado." "Área de baja afluencia." Eran las palabras clave para enterrar la noticia, para asegurar a los ciudadanos de Weston que la podredumbre estaba contenida en los márgenes, lejos de sus barrios seguros. Notoriamente, no hubo mención alguna a los dos cuerpos encontrados en RyleTown. Eso era "asunto de RyleTown". La compartimentación del caos era perfecta. Lo que ocurría en los pueblos fantasmas se quedaba en los pueblos fantasmas, a menos que amenazara con extenderse.
Marcus apagó la radio con un chasquido seco. -Asunto resuelto- murmuró con sarcasmo. -Johnson siempre fue bueno para limpiar vidrios rotos con declaraciones.
Al final de la Calle Los Tilos, la hilera de casas terminaba abruptamente. La última, la número 47, no era una casa, sino más bien un refugio. Una cabaña de madera envejecida por los elementos, con un tejado de chapa oxidado que se hundía en el centro. Un porche estrecho se inclinaba peligrosamente hacia un lado, y en él, bajo la tenue luz de una bombilla desnuda que colgaba de un cable pelado, se veía el perfil de una furgoneta pickup azul descolorida y manchada de óxido. Era el vehículo de Eliás Morrow. El que había llevado a Reynolds.
No había otras casas cerca. Solo un campo descuidado y la oscuridad del bosque que empezaba justo detrás de la cabaña. Era un lugar perfecto para el silencio y para los secretos.
Marcus no estacionó frente a la casa. En su lugar, condujo unos cincuenta metros más allá, hasta un pequeño claro entre unos árboles espesos donde el camino de tierra se convertía en un simple sendero. Apagó los faros y luego el motor. El silencio que los envolvió fue absoluto, roto solo por el leve crujido del motor al enfriarse y el sonido lejano del viento en las ramas de los tilos.
Los tres hombres permanecieron quietos en la oscuridad, observando la cabaña iluminada. Una sola ventana en la planta baja mostraba una luz cálida y parpadeante, probablemente de una lámpara de queroseno o una chimenea. No se veía movimiento.
-Allí- dijo Marcus, su voz apenas un susurro en la penumbra del auto. -El hombre que ayudó a nuestro fantasma. El último eslabón antes de que Reynolds desapareciera en las tripas de este pueblo.
Daniel asintió en la oscuridad, su tableta ahora guardada. Carter ya tenía la mano en la manija de la puerta, listo.
La fase de reconocimiento había terminado. La fase de interrogación, una interrogación que, dada la hora, la ubicación aislada y los hombres que la llevarían a cabo, no tendría nada de burocrática, estaba a punto de comenzar.
El claro entre los árboles los tragó cuando bajaron del Cardinal. La noche era fría y húmeda, y la neblina se enroscaba alrededor de sus tobillos como humo fantasma. El crujido de sus pasos sobre la gravilla y las hojas muertas parecían excesivamente ruidosos en el silencio absoluto del lugar.
-Recordemos el guión- susurró Marcus, aunque a esa distancia y con la cabaña aislada, no había necesidad de susurrar. Era un hábito de sigilo. -Daniel, periodista entrometido. Nosotros, sus gorilas con camisetas de moda. Preguntas amables primero. Si el tipo es colaborativo, rápido y limpio. Si no...- No terminó la frase. No hacía falta.