The Lightning #1: Un Nuevo Mundo

Capitulo 23: Cabos sueltos

La guarida del Payaso no olía a sangre, ni a miedo. Olía a pintura acrílica, a madera húmeda y a una electricidad estática que parecía vibrar en el aire mismo, como si el lugar estuviera cargado con los ecos de mil risas retorcidas. Reynolds, atado a una silla robusta, no podía frotarse los ojos, pero la visión del hombre frente a él se filtraba a través de un filtro de dolor y confusión.

El dolor era un mapa de su huida: un latido sordo y persistente en el costado izquierdo, donde las costillas habían absorbido el impacto del volante. Un fuego más agudo y punzante justo debajo de las últimas costillas, donde el cuchillo del matón en el callejón había encontrado carne. Y ahora, un nuevo y ardiente recordatorio en el arco de su sien derecha, donde había sido golpeado porel Payaso, este había conectado con fuerza quirúrgica. La sangre de esa herida le corría en un hilo cálido y lento, salpicando su pómulo, y cayendo finalmente, gota a gota, sobre el hombro de su chaqueta de cuero ya maltratada. Cada latido de su corazón enviaba una nueva oleada de dolor a través de este nuevo meridiano de sufrimiento.

Pero el dolor era una compañía familiar, casi reconfortante en su tangibilidad. La confusión era un animal más escurridizo y peligroso.

Frente a él, el Payaso se había quedado inmóvil tras su revelación. No era una estatua; era una presencia cargada, como un resorte comprimido al máximo. La luz antinatural de las bombillas de colores y las pinturas psicodélicas en las paredes jugaba sobre su extraño atuendo, destacando el rojo chillón del traje, el amarillo ácido de la calavera en su pecho, el negro absoluto de los guantes y los remates. El rostro era una paradoja: podría decirse que algo juvenil, pero desfigurado por el maquillaje de guerra. El contorno rojo intenso alrededor de los ojos no los hacía más expresivos; los hundía en cuencas de sombra violácea, haciendo que las pupilas rojas brillaran con una luz propia, una luz que no reflejaba el entorno, sino que parecía emanar de un fuego interior trastornado. La nariz, solo a punta estaba pintada de rojo, su rostro ahora mostraba una seriedad aterradora.

Un ex miembro del Escuadrón Weston.

Las palabras resonaban en el cráneo de Reynolds, tratando de encontrar un encaje en el rompecabezas desordenado de su memoria. El Escuadrón. Héroes. Los hombres a los que Chandler había purgado, cuyos nombres había estado siguiendo en mapas y recortes de periódico. Uno de ellos estaba aquí, frente a él. No como el soldado caído, el fantasma honorable que él esperaba encontrar, sino como... esto. Un arlequín demente en una guarida de pesadilla.

La confusión cedió un milímetro, dejando espacio a una chispa de algo que podría haber sido esperanza, si no fuera tan grotescamente envuelta.

-Esto... esto es bueno- dijo Reynolds, su voz era un ronquido áspero, cargado de la fatiga de la huida y del golpe en la cabeza. Hablaba más para sí mismo, para aferrarse a un hilo lógico en el caos. -Entonces... eres tú. Eres una parte de... a quienes estaba buscando.

El Payaso no asintió. No negó. Un ligero temblor recorrió su cuerpo, como si las palabras de Reynolds fueran una corriente eléctrica débil. Cuando habló, su voz había cambiado de nuevo. Ya no era el canto burlón de antes, ni el susurro amenazante. Era una voz más plana, más juvenil, pero cargada de una amargura densa como el alquitrán.

-Presentándome formalmente, supongo- dijo, y hizo una reverencia exagerada, teatral, que sin embargo no tenía gracia. Era el movimiento de un autómata recordando un protocolo social olvidado. -Para los registros. Para tu... mapa mental. Uno menos que buscar.

Reynolds frunció el cejo, un gesto que le provocó un nuevo pinchazo de dolor en la herida de la ceja. Buscó en los archivos mentales desordenados. El Escuadrón Weston había tenido docenas de miembros en sus días de gloria, antes de que Chandler los dividiera, corrompiera o eliminara. Algunos nombres se le venían a la mente: líderes tácticos, poderosos anomalistas, estrategas. Este ser desquiciado, este artista de la carnicería con cuchillos... no encajaba.

-Pero yo... no te recuerdo- admitió Reynolds, la frustración filtrándose en su voz. -Tu rostro... no está en los expedientes que conseguí. Tampoco te me haces familiar.

Por un instante, algo parecido a un dolor genuino, un destello de vulnerabilidad humana, cruzó los ojos rojos y sombreados del Payaso. Fue fugaz, como un pez plateado girando en las profundidades oscuras de un pozo, y luego desapareció, ahogado por la amargura.

-En ese momento- dijo el Payaso, y su voz bajó aún más, convirtiéndose en algo casi íntimo, un secreto compartido en una tumba -tenía otro nombre- Hizo una pausa, sus ojos escudriñando el rostro de Reynolds en busca de un reconocimiento que no llegaba. -Suicideboy. Quizás... quizás te suene más.

Suicideboy.

El nombre cayó en la mente de Reynolds no como una revelación, sino como una piedra en un estanque quieto, creando ondas concéntricas que desenterraban recuerdos profundos, casi olvidados.

Suicideboy.

No era un nombre de los grandes héroes. No salía en las primeras páginas. Era un nombre de los márgenes, de las listas de asignación secundaria. Reynolds cerró los ojos, ignorando el dolor, forzando a su memoria a viajar atrás, a los días en la academia, a los breves informes de campo antes de que todo se pudriera.

Y ahí, en la penumbra de su memoria, surgió una figura.

No era este monstruo pintarrajeado. Era un chico, aquel héroe que era parte del escuadrón y el que mejor se llevaba con las personas. Con un cabello rojo intenso, desordenado y puntiagudo, como llamas congeladas. Un rostro anguloso, lleno de una energía nerviosa y una sonrisa que siempre parecía al borde de convertirse en una mueca de ansiedad o de euforia.

Y el traje. Dios, el traje. Un traje ceñido de color naranja eléctrico, tan chillón que dolía a la vista. No era el rojo sangre y negro funerario de ahora. Este naranja era vibrante, juvenil, casi alegre. Líneas dinámicas en tonos más claros, casi blancas, recorrían el cuerpo del traje, desde los hombros hasta las botas, dando la ilusión perpetua de velocidad, de movimiento congelado, como las rayas de un relámpago o las estelas de un meteoro. Y en el pecho, un emblema llamativo, casi un desafío: un símbolo, era un reloj de arena minimalista, y dentro, estilizada pero inconfundible, una calavera sonriente. No era la calavera amarilla y genérica del pecho del Payaso; era más estilizada, más "cool", el tipo de logo que un adolescente rebelde diseñaría para su banda de rock.



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En el texto hay: asesinato, abuso, violecia

Editado: 14.02.2026

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