The Lightning #1: Un Nuevo Mundo

Capitulo 24: El eco de los pasos

El aire en el loft del Payaso seguía estancado, cargado con el peso de las confesiones, la rabia impotente y la locura pintarrajeada. Reynolds, atado a su silla de madera, sentía el dolor de sus heridas como una sinfonía de fracaso: el latido sordo de las costillas, el fuego en el costado, el escozor de la ceja partida. Pero más allá del dolor físico, había una frustración más profunda. Había encontrado un fantasma del Escuadrón, sí, pero era un fantasma roto, que se reía de su dolor y consideraba su cruzada una farsa patética.

El Payaso, tras su arrebato burlón, le había dado la espalda. Ahora estaba de pie frente a una mesa de trabajo improvisada, una losa de hormigón apoyada sobre dos caballetes. Sobre ella, desplegados con el cuidado de un joyero exhibiendo sus gemas más preciadas, había una colección de cuchillos. No eran armas uniformes; eran una colección ecléctica y siniestra: grandes cuchillos de carnicero con mellas en el filo que hablaban de uso frecuente, puñales finos y oscuros como colmillos de serpiente, cuchillos arrojadizos con mangos de hueso tallado, navajas de afeitar antiguas con cachas de nácar agrietado. El Payaso no los limpiaba. Los acariciaba. Pasaba la yema de un dedo enguantado sobre cada filo, probando su agudeza con una concentración casi amorosa, susurrando cosas inaudibles para cualquiera excepto para él y sus herramientas de muerte.

El silencio, roto solo por el roce del cuero sobre el acero y el goteo distante del grifo, era insoportable para Reynolds. Había llegado demasiado lejos, había soportado demasiado, para quedarse atrapado en el teatro demente de este arlequín ensangrentado.

–¿Dónde están?– La voz de Reynolds cortó el silencio como uno de los cuchillos del Payaso hubiera cortado la tensión. Era áspera, cargada de una urgencia que ya no podía contener.
–Los demás. Los del Escuadrón. Si tú estás aquí, otros deben de estar. ¿Dónde se esconden?

El roce del guante sobre el metal se detuvo.

El Payaso no se volvió de inmediato. Permaneció inmóvil, su espalda tensa bajo el traje rojo y negro, la calavera amarilla en su pecho pareciendo contener la respiración. Luego, muy lentamente, giró sobre sus talones.

Su rostro, bajo el maquillaje de guerra y el contorno de ojos rojo, no mostraba la ira burlona de antes. Mostraba algo más vacío, más distante. Como si la pregunta de Reynolds lo hubiera sacado de su ritual íntimo y lo hubiera arrojado a un lugar de recuerdos amargos y polvorientos.

–Los demás– repitió el Payaso, la palabra sonando hueca en su boca.
–Los fantasmas del club de héroes. Hace mucho… mucho que no tenemos una reunión de antiguos compañeros– Una sonrisa torcida, sin humor, le retorció los labios pintados. –La mayoría… los más listos, o los más cobardes, depende de cómo lo mires… se largaron. Escaparon del olor a podrido de Weston. Se fueron a esa… esa gran ciudad de ricos y próspera– Pronunció la descripción con un desdén venenoso. –New City. Suena bien, ¿no? Nueva Ciudad. Como si pudieras empezar de cero pintando sobre la sangre vieja con dinero nuevo.

Hizo una pausa, sus ojos verdes perdidos en algún recuerdo de despedidas apresuradas, de promesas rotas en estaciones de tren oscuras.

–Pero no todos se fueron– continuó, su voz bajando a un tono más reflexivo, casi conspirativo. –El viejo lobo, Pat… ese no corre. Lo enjaularon. En la prisión de Weston, en las entrañas mismas del Titiritero. Un trofeo. Un recordatorio para los que quedamos fuera de qué pasa cuando aúllas demasiado cerca de la casa del amo.

Reynolds asintió lentamente. Eso lo sabía. Pat era su objetivo principal después de reunir fuerzas. La pieza clave.

–Pero hay otro– dijo el Payaso, y por primera vez, un destello de algo que no era locura ni desprecio cruzó sus ojos. Era respeto. Temor, quizás. –El que estaba segundo al mando. El cerebro, cuando el Lobo enseñaba los colmillos. El estratega. Él… no se fue a New City. No lo enjaularon.

Se acercó a Reynolds, sus pasos silenciosos sobre las tablas del suelo. Se inclinó, hasta que el olor a pintura y a sangre seca llenó de nuevo el espacio personal del prisionero.

–Él está aquí. En RyleTown. Viviendo una vida normal, enterró su pasado en lo más profundo. Tratando de olvidar– Su susurro era ahora íntimo, cargado de un significado oscuro.
–No le gustan las visitas. No le gustan los soldaditos perdidos con mapas y sueños de venganza. Él… juega un juego diferente. Uno más triste y más cobarde... El de olvidar y ser alguien diferente.

Una chispa de esperanza, débil pero tenaz, se encendió en el pecho de Reynolds. Un segundo miembro del Escuadrón. Aquí, en el mismo pueblo. Un estratega. Alguien que podría ver más allá de la rabia y el dolor, alguien que podría entender tácticas, logística, un plan real.

–Necesito verlo– dijo Reynolds, su voz firme a pesar de su posición vulnerable. –Necesito hablar con él. Tienes que llevarme con él. O al menos, preparar una reunión. Es crucial.

"Preparar una reunión". Las palabras sonaron absurdas, burocráticas, en medio de ese loft de pesadilla. Como pedirle a un tigre que organice un té.

El Payaso se irguió. Por un segundo, Reynolds creyó ver que iba a reírse de nuevo, a burlarse de su terquedad. Pero no lo hizo. Su cabeza se ladeó ligeramente, como la de un perro que escucha un sonido lejano. Sus ojos verdes, antes perdidos en el pasado, se enfocaron de repente en el presente, en el mundo exterior más allá de las paredes pintarrajeadas.

–Shhh– hizo el Payaso, levantando un dedo enguantado. No era un gesto de burla. Era una orden de silencio absoluto.

Reynolds contuvo el aliento. Al principio no oyó nada más que el latido de su propio corazón y el zumbido en sus oídos. Luego, concentrándose, lo captó.

Eran sonidos lejanos, filtrados a través de los pisos de hormigón, las ventanas rotas y los pasillos vacíos del edificio abandonado. No eran sonidos del viento. Eran metálicos. Sordos. El crujido distante, pero nítido, de hierro oxidado bajo peso. No era el sonido de la estructura cediendo sola. Era el sonido de una escalera de incendios protestando bajo pasos.



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En el texto hay: asesinato, abuso, violecia

Editado: 14.02.2026

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