La habitación era un útero de locura pintado.
Las paredes, cada centímetro de ellas, habían sido violadas por capas y capas de pintura acrílica en tonos que no existían en la naturaleza. Rojos que sangraban hacia naranjas putrefactos. Azules eléctricos que chillaban junto a verdes ácidos. Amarillos que dolían mirarlos. Las formas eran un delirio geométrico: círculos que no cerraban, espirales que se retorcían sobre sí mismas, rostros grotescos que emergían de las intersecciones de colores para desaparecer un instante después cuando la luz parpadeante de las bombillas de colores cambiaba el ángulo de las sombras. El suelo era un mapa de salpicaduras secas y manchas de pintura que se habían acumulado durante años en capas geológicas de demencia. El techo, donde debería haber habido sombras, también estaba pintado, un firmamento invertido de pesadilla que parecía hundirse sobre los ocupantes de la habitación.
El aire era espeso, irrespirable. Olía a pintura, a sudor, a sangre seca, y a ese aroma metálico y dulzón que precede a la violencia inminente. Las bombillas de colores, colgando de cables pelados en racimos irregulares, parpadeaban con una cadencia errática, creando un efecto estroboscópico que fragmentaba el movimiento, que convertía cada gesto en una sucesión de fotogramas congelados. La luz no iluminaba; sugería. Lo que un segundo parecía claro, al siguiente se sumergía en una penumbra de tinta, dejando solo el destello de un ojo, el brillo de una hoja, el contorno de una silueta.
En el centro de ese caos cromático, dos hombres se miraban.
El Payaso, con su traje rojo y negro, era una mancha de sangre coagulada y medianoche en medio del frenesí de color. La calavera amarilla en su pecho parecía flotar, desprendida de su cuerpo, una sonrisa fija que observaba el conflicto con la impasibilidad de la muerte. Sus ojos, enmarcados por el contorno rojo que les daba un aspecto de cuencas vacías y ardientes, no parpadeaban. Sus manos, enguantadas en negro, sostenían dos cuchillos largos y delgados, hojas que parecían hechas de lágrimas de metal, con mangos de hueso tallado que habían absorbido décadas de sudor y sangre. Las sostenía en posición baja, las puntas hacia el suelo, los brazos relajados pero vibrantes de energía contenida.
Carter, al otro lado, era una estatua de tensión. Su cuerpo grande y macizo, vestido aún con la camiseta azul eléctrico de "PUREZA DIMENSIONAL" ahora manchada de sangre seca y sudor, estaba ligeramente inclinado hacia adelante, el peso distribuido en las puntas de los pies. Su cuchillo militar, de hoja ancha y empuñadura envuelta en cuerda de paracaídas, lo sostenía en un ángulo diagonal frente a su pecho, el filo hacia afuera, listo para cortar o bloquear. Sus ojos grises, esos pozos de tiburón, no se apartaban del rostro pintado de su oponente. No había prisa en su mirada. Solo una concentración absoluta, el enfoque de un depredador que ha encontrado una presa que podría, por primera vez en mucho tiempo, ofrecer resistencia.
El silencio era un alambre tensado. Solo el parpadeo de las luces y la respiración contenida de ambos hombres rompían la quietud. Fuera, en algún lugar del edificio, se oían ecos lejanos: pasos, golpes, gritos ahogados. Pero aquí, en este útero de locura, solo existían ellos.
El Payaso fue el primero en moverse.
No fue un ataque frontal. Fue un deslizamiento, un paso lateral que lo llevó fuera de la línea de ataque directa de Carter. Sus pies, calzados con botas de suela blanda, no hicieron ruido sobre el suelo manchado. Era como si la oscuridad misma lo desplazara, como si las sombras lo tomaran de la mano y lo movieran a voluntad.
Carter respondió girando sobre sus talones, manteniendo siempre al Payaso frente a él. Su cuchillo trazó un arco lento en el aire, un movimiento casi perezoso, pero sus ojos no se apartaban de las manos de su oponente.
-Los cuchillos largos- dijo Carter, su voz un ronquido grave que resonó en el espacio cargado. -Son para mantener distancia. Para bailar alrededor de la presa hasta que se canse. Pero aquí no hay distancia, payaso. Aquí solo hay tú y yo.
El Payaso sonrió, una mueca que estiró la pintura de sus labios. Cuando habló, su voz fue un susurro cantarín, una mezcla de todas sus personalidades en una sola frecuencia discordante.
-El baile es lo único que importa, cariño. La distancia es una ilusión. Como todo lo demás.
Y entonces, atacó.
No fue una embestida. Fue una erupción. El Payaso se movió con una velocidad que desmentía la locura de su aspecto, cerrando la distancia en dos zancadas imposiblemente rápidas. Su cuchillo derecho, el más largo de los dos, silbó en el aire en un arco descendente hacia el cuello de Carter.
Carter no retrocedió. Levantó su cuchillo militar en un bloqueo diagonal, y el metal chocó contra el metal con un clang agudo que resonó en la habitación como un grito. Las chispas, diminutas y fugaces, saltaron de las hojas al contacto, iluminando por un instante los rostros de los dos hombres: el del Payaso, una máscara de éxtasis demente; el de Carter, una máscara de hielo.
El Payaso no se detuvo. Su segundo cuchillo, el izquierdo, surgió de la oscuridad en una estocada hacia el abdomen de Carter. Carter giró su cadera, esquivando por milímetros, y respondió con un golpe de revés que el Payaso esquivó inclinando la cabeza. La hoja pasó a centímetros de su oreja, cortando el aire donde un instante antes había estado su cara.
Se separaron. Un segundo. Dos. Luego, volvieron a chocar.
La danza era brutal y primitiva. No había coreografía, no había elegancia. Había instinto puro, entrenamiento convertido en reflejo, voluntad de matar transformada en movimiento. Los cuchillos destellaban bajo las luces parpadeantes, creando arabescos de muerte en el aire viciado. Los cuerpos giraban, se inclinaban, saltaban hacia atrás y volvían a lanzarse, en una coreografía de violencia que llenaba la habitación con el sonido del acero contra el acero, de la respiración jadeante, de los pasos rápidos sobre el suelo manchado.