The Little Secret About Helena Young

Prólogo

Dicen que la infancia termina poco a poco. Que un día dejas de creer en ciertas cosas, empiezas a entender el silencio de los adultos y aprendes que el mundo no siempre es amable.

Creo que mienten.

La infancia no siempre desaparece lentamente. A veces termina de golpe. En una sola noche. En un solo instante. Y después de eso, hay una versión de ti que sigue creciendo y otra que se queda atrapada exactamente donde todo ocurrió. Se aprovecharon de mi cuerpo.

Así que crecí.

Yo crecí.

Mi cuerpo lo hizo. Mi voz cambió. Mis gustos cambiaron. Aprendí a reír en los momentos adecuados, a responder "estoy bien" sin dudar y a convertirme en alguien fácil de querer.
Pero hay una parte de mí que nunca salió de aquella noche.

Y supongo que eso es lo más extraño del dolor, aprende a esconderse. Se acomoda entre tus costillas hasta que deja de parecer una herida y empieza a sentirse como parte de tu personalidad.

Durante años construí otra vida dentro de mi cabeza.

Una donde ciertas cosas nunca pasaron. Una donde no aprendí demasiado pronto que existen personas capaces de romper algo que ni siquiera entiendes en ese momento.

Pero ahora sí.

En esa otra vida, la versión de mí que imagino duerme tranquila. Confía. Ama sin miedo. No sonríe para distraer a los demás de las grietas que lleva dentro. A veces pienso en ella. A veces me creo ella. Me pregunto quién habría sido.
Me pregunto si también habría terminado aquí.

Porque incluso sin todo lo demás, incluso sin mis secretos, el destino parece tener una extraña obsesión con destruir a las personas en el peor momento posible.

Conocí gente extraordinaria a lo largo de los años. Personas brillantes. Personas que parecían hechas para ser admiradas.

Algunas tenían mentes capaces de memorizar libros enteros. Otras podían convertir el fracaso en orgullo y el dolor en arte. Algunos eran crueles sin esfuerzo. Otros parecían demasiado buenos para este mundo.

Y luego estábamos nosotros.

Un grupo improbable unido por cosas que nunca dijimos en voz alta. Éramos demasiado diferentes. Demasiado rotos. Demasiado orgullosos. Quizá por eso funcionábamos.
O quizá nunca funcionó realmente y solo confundimos compañía con salvación.

Hay algo que aprendí sobre las personas. Todos esconden algo. Una versión más oscura de sí mismos. Un pensamiento que nunca admitirían.

Una memoria que desearían arrancarse. Y cuando juntas suficientes secretos en un mismo lugar, tarde o temprano dejan de ser secretos.

Se convierten en desastres.

Si alguien nos hubiera visto entonces, habría pensado que éramos felices.

Eso es lo aterrador.

Las tragedias rara vez anuncian su llegada. Empiezan en cosas pequeñas.

Una mirada demasiado larga.

Una discusión insignificante.

Una verdad dicha a medias.

Una puerta cerrándose. Después crecen lentamente. Hasta que una noche cualquiera de luna llena termina cambiándolo todo.

Porque nadie imagina que bajo una luna llena, entre personas que juraban conocerse, las tensiones pueden transformarse en algo irreconocible.

Algo capaz de destruir, imposible de olvidar.
Y cuando todo terminó, entendí una verdad horrible.

No siempre son los monstruos quienes arruinan vidas. A veces son las personas que amas.

A veces eres tú.




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