The Ocean Warrior

Capítulo uno: El amuleto de Goliath.

El Garden Universe, una pequeña chispa en el extenso manto estrellado que la sociedad llama “galaxia”, esconde muchos relatos curiosos entre sus pliegues. Aunque en su mayoría son amargos para quienes los protagonizan, el heroísmo ha sido el hilo dorado que ha cosido cada uno de ellos; no importaba la guerra, ni el conflicto, ni la amenaza que descendiera de los cielos; ninguno de los sucesos históricos de este universo se salvaba de poseer, al menos, un héroe. Alguien que, con su valía y clara determinación, pero muchas veces en contra de su propia voluntad, se levantaría para luchar contra la injusticia.
No obstante, existen guerras que ni el más valiente podría ganar, dejando tras de sí un rastro de ceniza, desesperanza y, sobre todo, un eterno conflicto. Los antiguos profetas destacaban la no tan conocida “Separación de los Trillizos” como el ejemplo perfecto de la longevidad del dolor en la guerra.
Los diversos mundos aquí son crueles con los soberbios que desean cargar el peso del cosmos sobre su espalda, sin importarles quiénes son. ¿Eres un héroe deseando expiar tus pecados? ¿O eres, acaso, un villano redimido? Poco importa ante los ojos del tiempo; la realidad golpea con la misma fuerza que tus pies sobre el pavimento. No existe un verdadero Atlas aquí.
Al menos, eso creí yo. Soy Pacha, aquel que proviene del Hawa Pacha; un héroe que deseó comer el sol y, en su osadía, quedó sin boca. Puedo afirmarte, honorable viajero, que héroes sobran, pero escaseamos en personas. Gente con miedos y errores; cobardes obligados a convertirse en aquello que no desean para ser lo que su mundo les exige: un salvador.
Es por ello que hoy voy a narrar el suceso histórico que hizo reflexionar a muchos, que inspiró a incontables guerreros y entretuvo a millones de peregrinos. En este preciso momento, tú, valioso mochilero, descubrirás la historia del gran guerrero del océano.

Al norte de Sylquenia, un país del primer mundo, existe una provincia olvidada por el paso de la modernización: Ondavera. Con una tecnología que palidece frente a la capital y una ayuda limitada, es un pueblo que guarda bellezas ocultas bajo el velo de su sencillez.
Presumiendo de cuatro playas hermosas que custodian los puntos cardinales y el denso bosque que se rinde ante la orilla del océano, Ondavera ocultaba el tesoro más poderoso conocido, exclusivamente, por los videntes.
El bosque disfrutaba de un soleado día de primavera, hasta que los disturbios de ruedas apresuradas y jadeos frecuentes rasgaron su tranquilidad, dando inicio a una desventura desenfrenada.
—Oye, Max —llamó Brown, un joven caucásico de cabello castaño claro que destacaba por su evidente cansancio y escaso esfuerzo físico—. ¿No deberíamos ir más lento? Esto es demasiado, incluso para nosotros.
El joven trigueño que lo acompañaba le dirigió una mirada cargada de una determinación febril.
—No hay tiempo, Brown. Los demás llegarán en menos de diez minutos a la playa.
Su voz pretendía una seguridad que no poseía. Bajo sus palabras, Max disimulaba el temor de haber cometido un error en el día que él mismo había bautizado como “importante”.

Los obstáculos del bosque no eran suficientes para que Max, totalmente testarudo, y Brown, extremadamente flojo, fracasaran en su misión.
—Debemos llegar antes que ellos —insistió Max.
Con los jadeos intensificados y los pulmones ardiendo, Brown decidió que la mejor forma de olvidar el cansancio era fastidiar a su amigo. Esbozó una sonrisa burlona mientras pedaleaba con torpeza.
—Y pensar que hacemos esto por la oxigenada de pecas —se quejó.
El viento sopló fuerte, como si el bosque intentara ahuyentarlos, pero las palabras de Brown se pegaron al aire con una resonancia cruel.

Al instante, la mente de Max se convirtió en una pantalla reproduciendo imágenes de Sara: su bella sonrisa, el brillante cabello o lo destacable por excelencia: sus hermosas pecas, para él cada ángulo de ella era de admirar. El rubor apareció en sus mejillas, que pecosas, ocultaban su vergüenza. Pedalear más rápido era su única forma de huir de las burlas.

—Uy, el niño se emocionó —soltó Brown, disfrutando el momento.
—¡No hacemos esto por Sara! ¡Lo hacemos para evitar otro reporte por tardanza! —se defendió Max. Tartamudeó, pero se defendió.
Brown soltó una risa sarcástica. Ambos sabían la verdad. Max podía negarlo mil veces, pero el destino era terco: deseaba acercarse a ella desde el día en que se mudó al pueblo, pero él mismo era su peor enemigo. No importaba cuántas veces compartieran grupo o se sentaran juntos; frente a ella, Max era mudo. Sentía la lengua dormida, la presión arterial por los suelos y el cerebro desconectado.
Nunca entendió qué lo cautivó. Quizás fueron sus ojos azulinos que competían con el océano, o su sonrisa blanca como las nubes. Pero lo más probable es que fuera su actitud: resistente como el acero, agresiva como las espinas de una rosa y cálida como el sol de primavera.
—Claro, sigue diciendo eso... tal vez te crea —replicó Brown.
Tras la fachada burlona, el castaño ocultaba su propia miseria física. Brown nunca fue atlético; de hecho, existían rumores de que una vez perdió una carrera contra un anciano con bastón. Las pullas a Max eran su forma de procesar los nervios que también sentía en el estómago.

El silencio volvió a invadir el bosque, trayendo una incomodidad pesada. Brown fue el primero en romperla:
—Debí meterme al club de atletismo contigo, viejo. Ya no siento las piernas.
Max frenó un poco para quedar a la par.
—Perdón, ¿qué dijiste? Estaba distraído.
—Que debí hacerte caso y meterme a ese estúpido club.
—Te lo dije, amigo. La escuela no premia a los perdedores.
Era la cruda realidad de los marginados. En un ambiente hostil, el fuerte se impone por la fuerza, y los "débiles" —aquellos que suelen crecer en hogares amorosos y tranquilos— se convierten en el blanco perfecto. Por eso, meses atrás, Max le había rogado a Brown que se unieran al club de atletismo. Pensó que el deporte les daría la popularidad necesaria para hablarle a Sara. No funcionó.
—Tal vez no lo recuerdas, pero seguimos siendo perdedores, hermano —sentenció Brown.
—Pero en rendimiento físico te hubiera servido. Sin contar el club de esgrima; es increíble aprender a usar la espada.
—Genial, ahora uno es un perdedor con buena condición física. Vaya diferencia —ironizó el castaño.
Brown no aspiraba a nada, por eso era tan directo. Su "realismo" pesimista siempre chocaba con la ambición de Max. Durante toda su vida, si Max era el segundo puesto, luchaba por ser el primero; si algo no le gustaba, intentaba cambiarlo. Brown, en cambio, era más estoico en su negatividad: dejaba las cosas tal como estaban. Si algo iba mal, dejaba que fluyera; si iba bien, lo disfrutaba hasta que se acabara. El único aspecto en el que Brown realmente se esforzaba era en su amistad, aunque le molestara que Max también quisiera "mejorar" en eso.
—Oye, sabes que no es tan as...
—Max, ellos no volverán. Entiende que fue lo mejor —interrumpió Brown.
Max sintió un vuelco en el corazón. Deseó clavar los frenos, pero no tuvo el valor de ignorar la voz de su amigo.
—Demián y Albert se fueron por voluntad propia —continuó el castaño, con un rencor que cortaba el aire—. Aunque te metas a mil clubes, no vas a recuperar su atención. El grupo de los perdedores desapareció. Acéptalo.
—Lo sé...
Admitir la realidad dolía, pero que Brown se la escupiera con tanta crudeza dolía el doble. Antes no eran dos, eran cuatro contra el mundo, soñando con tesoros y aventuras. El tiempo los había desmembrado, y Max seguía intentando sujetar las piezas de algo que ya estaba roto.
—Olvídalos. Céntrate en quien está aquí contigo o, mejor aún, en la chica que te gusta. Hazlo antes de que te arrepientas. Ellos pueden irse directo a la mi... ¡¡MIERDA!!
El manubrio de Brown dio un bandazo violento para esquivar un tronco. El chico jadeó, con el corazón en la garganta. La seriedad murió ahí mismo, enterrada bajo la carcajada de Max.
—¿Eres idiota? ¿De qué te ríes? —renegó Brown, pasando del susto al mal humor.
Las risas cesaron cuando el bosque se abrió. Max quedó mudo, con los ojos inundados por el azul intenso del horizonte.
—¡La playa! ¡Veo la playa!
—Oye... es bellísima. ¿Cómo es que nunca vinimos antes? —se asombró Brown.
La playa Pearl era un santuario. Los habitantes de Ondavera la protegían con celo, prohibiendo la entrada a turistas y pescadores. Gracias a ese aislamiento, el agua era de un cristal puro que dejaba ver la vida marina a simple vista. Pero lo que la hacía mítica eran las cinco cuevas alineadas en la orilla: domos cilíndricos perfectos que, según los viejos del pueblo, el mar había tallado como un regalo. Nadie conocía su origen real, pero la vista era imponente.
—Valió la pena no sentir las piernas —susurró Brown, admirado.
—Vamos, Brown. Solo fueron unos metros, no seas exag...
Un latigazo de adrenalina cortó la frase de Max. Sus dedos apretaron los frenos con todas sus fuerzas. El neumático trasero derrapó, levantando una nube de polvo mientras luchaba por no salir volando.
Frente a ellos se alzaba el obstáculo final: una cúspide empinada, plagada de rocas traicioneras, que terminaba en una rampa natural sobre un riachuelo antes de tocar la arena de Pearl.
—Eso dices tú —respondió Brown, que aún no había mirado hacia abajo—. ¿Y a ti qué te pasa?
—¡¡FRENA, BROWN!!
Demasiado tarde. La falta de atención del castaño lo mandó directo al abismo. El impacto inicial dañó su bicicleta y la gravedad hizo el resto, impulsándolo hacia abajo a una velocidad suicida.
—¡¡POR QUÉ CARAJO NO AVISAS, MAX!! —gritó Brown, aferrándose al timón con los nudillos blancos.
—¡¡BROWN!!
Max, que normalmente necesitaba analizar cincuenta estrategias antes de mover un dedo, esta vez no pensó. Se lanzó tras su amigo en un acto de lealtad ciega. Apenas sintió el golpe de las ruedas contra la pendiente, el terror lo invadió.
“Maldición, no hay vuelta atrás”, pensó, pedaleando con desesperación para alcanzarlo. —¡Intenta frenar!
—¡Buena idea! —ironizó Brown. Apretó las palancas, pero el cable delantero se soltó, bailando inútil en el aire. Se había quedado sin frenos.
Resignado, Brown lo miró con cara de perro abandonado y negó con la cabeza. Ya había aceptado su fin.
—Si muero, dile a mi tía que la amo —se lamentó—. ¡¡Y ELIMINA EL SERVER DE DISCORD!!
—¡Te voy a ayudar, pero piensa en algo! —le exigió el trigueño.
—¡Yo puedo! ¡¡YO PUEDO!! —se motivó Brown. Bajó los pies de golpe para usarlos como frenos, pero el golpe de las piedras contra sus tobillos lo obligó a subirlos de nuevo entre alaridos—. ¡¡POR DIOS SANTO, AYÚDAME!!
—¡Dios, Brown, cállate de una vez! —rugió Max, desesperado.
—¡Dejaría de hablar si no tuviera tanto pánico, imbécil!
—¡Pensaré en algo, solo guarda silencio!
El miedo hizo que la mente de Brown repasara sus últimos errores de la semana, buscando un culpable para su muerte inminente.
—¡Te dije que debíamos levantarnos temprano! ¡¡No teníamos por qué jugar Mineblox hasta tarde!!
—¡EL DE LA IDEA FUISTE TÚ! —se defendió Max mientras saltaba por encima de una roca—. Además, ya era hora de trabajar en el survival, ¡ayer encontramos diamante!
—¡¿Y de qué me sirve el diamante en esta situación si voy a morir?! —gritó Brown mientras el viento le azotaba la cara.
—¡Ya casi te alcanzo!
Brown sonrió por un segundo, pero la alegría se evaporó al notar que el camino se terminaba. Su bicicleta dejó de bajar; ahora volaba en línea recta tras impulsarse en la rampa natural.
—¡Me lleva el...! —renegó en el aire.
“Tal vez si salto podría… o no, si hago esto sería más efectivo, quizás el agua amortigüe la caída… o tal ve—”. Los pensamientos de Max nublaron su juicio justo antes de seguir el mismo destino que su amigo.
—¡Te maldigo con toda mi alma, Mojang! —fue el último grito de Brown antes de impactar contra el agua.
Max cayó un segundo después, provocando un chapuzón nervioso justo al lado de su mejor amigo. El río era tan poco profundo que ambos quedaron flotando, empapados y amargados por el estado de su ropa.
—Si la próxima no te levantas temprano, te juro que me voy sin ti —gruñó el castaño, flotando boca arriba como un náufrago.
—Hmmmughmsmm... —los sonidos ahogados de Max, que había caído boca abajo, lo dejaron confundido.
—Quítate el pito de la boca, bro.
—Dije... —Max se incorporó escupiendo agua— que la próxima vez yo también me iría solo.
Se levantaron con pesadez, recogiendo las bicicletas para arrastrarlas hacia la arena. Al menos ya estaban en la playa.
—Mi espalda... me duele todo —se lamentó el trigueño.
—A mí me duele hasta el alma... y el sin hueso.
Max soltó una carcajada suave y le dio un golpe amistoso en el hombro.
—Viejo, no seas tan vulgar.
La experiencia había sido un desastre, pero tener a un mejor amigo para compartir el ridículo hacía que el dolor fuera soportable. Conectar con alguien que sabes que estará ahí siempre logra que los arrepentimientos se vuelvan anécdotas y las discusiones, paz. Es algo invaluable.
Caminaron hacia el estacionamiento en un silencio que, por momentos, se sentía pesado. Últimamente era así; Max cargaba con demasiadas cosas en la cabeza y Brown, aunque no lo decía, lo respetaba. Aunque quizás solo era el cansancio de jugar hasta tarde y la mala racha de habilidades sociales que ambos compartían.
Encadenaron las bicicletas y caminaron por el sendero de la playa hasta divisar al grupo. Ambos suspiraron, mentalizándose para el bombardeo de burlas.
—Bien, chicos. Todos presentes, a excepción de Seon y Thun. Es hora de comenzar —anunció la maestra frente a la clase.
—En realidad, los perdedores acaban de aterrizar, Miss Wilton —intervino un adolescente de cabello oscuro y revuelto.
El grupo entero se giró para ver a los recién llegados, que parecían haber sobrevivido a un naufragio.
—Hablaremos después sobre tus "descripciones amistosas", Demián —lo cortó la maestra.
—Ho-hola, Miss Wilton. ¿Le he dicho que hoy se ve radiante? —Max sonrió con un nerviosismo eléctrico.
—Adularme no servirá de nada, joven Seon.
El estrés de la docente subió de nivel al ver la cara de pocos amigos de Brown y la ropa cubierta de lodo de ambos. Podía imaginar lo que había pasado, y rogaba estar equivocada.
—¿Me pueden explicar por qué están empapados?
—O-oh, eso. Bueno, a veces cuando uno llega a la playa, le dan ganas de darse un chapuzón. ¿A usted no? —intentó Max con una falsa positividad.
—¿Y el lodo? —preguntó la docente con decepción.
—Nos quedamos dormidos, tomamos el atajo por el bosque y terminamos en el río al bajar la colina. ¿Nos va a contar la asistencia o no? —soltó Brown, harto de las apariencias.
Las risas estallaron en el grupo. Max desvió la mirada, deseando que la arena se lo tragara. La maestra suspiró, frotándose la frente.
—Por esta vez se las pasaré. Vayan a cambiarse al autobús, rápido. Ya estamos muy atrasados.
Subieron al vehículo y sacaron sus mochilas. Al abrirlas, una nueva decepción los golpeó: el agua del río se había filtrado. La ropa de repuesto estaba húmeda.
—Bueno... no está tan... ¿mal? —aventuró Max.
—Esto es un asco —sentenció Brown.
No tenían opción. Se quitaron la ropa empapada y se pusieron el repuesto húmedo, dejando las prendas sucias sobre el capó del autobús con la esperanza de que el sol hiciera un milagro.
—¿Crees que se seque para cuando nos vayamos?
—Lo dudo —afirmó el castaño—. Pero es lo que hay.
—Vamos, viejo. No seas gruñón. Solo fue un mal inicio de día, va a mejorar.
—Tienes razón, solo estoy malhumorado porque tengo sueño. —Brown suspiró—. ¿Trajiste bloqueador?
—Sí, toma.
Max le entregó el bote mientras terminaba de extender su ropa húmeda sobre el capó del autobús. Brown se embadurnó con eficiencia y se lo devolvió.
—Creo que eso es todo. Vamos.
—No todavía. —Max sacó dos pares de lentes de sol. Se puso unos y le tendió los otros a su amigo.
Max sonrió con una confianza renovada, señalando a Brown con los dedos en forma de pistola.
—Ahora sí.
—Ahora sí —secundó Brown, imitando el gesto.
Con el ánimo un poco más alto, regresaron con el grupo. La maestra los recibió con una mirada de pocos amigos.
—Hasta que al fin llegan, jóvenes.
—Disculpe la tardanza —se apresuró a decir Max, recuperando su habitual nerviosismo.
—En fin, iniciemos. ¿Alguno puede recapitular por qué estamos aquí?
El grupo era un caos de murmullos y desinterés. Solo una chica, de piel clara como la nieve y expresión cálida, alzó la mano. Al verla, el corazón de Max se desbocó. Sus ojos se clavaron en ella, hipnotizado por la seguridad de sus gestos. Para él, Sara no era solo una compañera; era un enigma fascinante que ningún adjetivo alcanzaba a describir. ¿Acaso alguien enamorado podría hacerlo? Claro que no, el trigueño no era la excepción. En su mente se repetía: Es hermosa, es tan linda, es magnífica, pero por fuera, solo era una estatua inerte.
—Señorita Dunvers, tiene la palabra —cedió la docente.
—Investigación —respondió ella con una brevedad cortante.
—Qué sorpresa —susurró Demián con sarcasmo.
—Todos conocemos la historia de las Cuevas Quintillizas —continuó la pecosa, ignorando el comentario—. Los lugareños dicen que tienen un aura extraña, pero lo importante son las especies que habitan el interior. Aunque pequeñas, son fascinantes. Vinimos a estudiar el hábitat marino de esas criaturas.
Max estaba embobado. “Es tan inteligente”, repetía su mente en bucle.
—Gracias, señorita. Así es. Investigarán con precaución y redactarán una hipótesis. Aprovechando que Seon y Thun ya están aquí, se unirán al grupo de Dunvers para completar los cinco integrantes.
Max quedó boquiabierto. Era como si el universo, después de lanzarlo a un río de lodo, intentara pedirle perdón.
—Y aquí vamos de nuevo... —se quejó Brown, acercándose a la rubia—. ¿Quiénes más están en el equipo?
—Demián y Albert —respondió Sara, consultando su libreta.
—Me lleva el carajo —masculló Brown, cruzándose de brazos.
—Tienen veinte minutos. Adelante, equipos.
Max sintió que caminaba sobre nubes, pero el ambiente se volvió denso al instante. No era solo la chica de sus sueños; eran también los dos amigos que los habían dejado de lado. El escenario estaba listo para un día histórico... o para un desastre total. Era como si el destino le estuviera regalando el mejor día de su vida donde necesitaba arreglar las cosas antes de que sea tarde, antes de que su vida cambie por completo.
—Bueno, perdedores, ¿a qué cueva vamos? —preguntó Demián con las manos en los bolsillos.
—A la quinta. Es más pequeña —decidió Sara, echando a andar.
“No sabe cuánto la amo, Miss Wilton”, pensó Max con una alegría infantil.
—Tremendo grupo de mierda —se quejó Brown, distanciándose de su amigo.
—¿Qué te pasa, perdedor? Solo terminemos esto rápido —soltó Albert, el chico pelirrojo, mientras se acomodaba los lentes de sol.
Brown le dedicó ambos dedos medios con un rencor silencioso. Mientras tanto, Max intentaba acercarse a Sara. Cada paso se sentía como un maratón; sus piernas eran de gelatina y el calor de la playa parecía concentrarse exclusivamente sobre él, empapándolo de sudor.
—Oye, Demián, ¿no te da calor con esa chamarra? —preguntó Brown, intentando romper el hielo con hostilidad.
—Para nada. ¿Y a ti no te da frío con esa camisa horrible y mojada?
Brown lo fulminó con la mirada. Era imposible. Aquellos dos eran insoportables. Max, por su parte, seguía sumido en un silencio tortuoso al lado de Sara. El aire vibraba con las discusiones de los otros tres, acentuando la incomodidad entre ellos dos.
“Vamos, di algo. Lo que sea”, se desesperó Max. Pero Sara fue más rápida.
—Vaya temperamento tienen, ¿no? —murmuró ella, asintiendo hacia los chicos.
—¿Ah? Sí... es muy raro —susurró Max.
“¡Dije una oración sin tartamudear! ¡La tienes, Seon!”.
—¡Los escuché! —renegó Demián—. Ya, Albert, admite que Sub-Zero es mejor y deja de pelear.
—Antes muerto, idiota.
—Ja, hasta te dejas insultar por él. Eres patético —terció Brown.
—Púdrete, Thun —soltó Demián antes de internarse en la cueva.
El grupo entró en la quinta cueva, dejando atrás la luz cegadora de la playa. Max se mentalizó. Había practicado este momento mil veces frente al espejo cada pregunta, respuesta, acción y reacción. Era ahora o nunca.
—Oy-oye... Sara —tartamudeó.
Brown, al escucharlo, aceleró el paso para dejarlos solos. Sabía que su amigo necesitaba ese espacio.
—¿Uh? Dime... Max, ¿verdad? —preguntó ella, girándose.
—E-eh, sí. Max. —Él extendió la mano con una sonrisa trémula—. Un gusto.
—Perdón, aún no me aprendo los nombres de todos. El gusto es mío. —Sara estrechó su mano.
El contacto entre ambas manos dejó al trigueño paralizado. Fue un choque sensorial inesperado: la piel de Sara tenía una textura curiosamente áspera, trabajada, pero para Max, cegado por el momento, se sentían tersas como los pétalos de una flor, suaves como el plumaje de un cisne. Eran, sencillamente, gloriosas.
Sus ojos se quedaron anclados en ella, recorriendo cada facción de su rostro. Ella era lo que más quería en el mundo y la tenía ahí, a centímetros, sosteniendo su mano. Era un sueño del que no quería —o no sabía cómo— despertar.
—Por cierto, ¿qué me ibas a decir? —preguntó Sara, extrañada de que el apretón de manos se hubiera convertido en una retención indefinida.
—Na-nada. Ya lo olvidé. —Max seguía atontado, perdido en el limbo de su propia fascinación, sin ninguna intención de soltarla.
Sara comenzó a ruborizarse. La situación había cruzado la línea de lo cortés a lo incómodo. Para ella era curioso; algo que había intuido hacía meses se confirmaba de la forma más torpe posible.
—Bueno... ¿me sueltas? —Mantuvo una sonrisa tensa, intentando no ser grosera.
La petición golpeó a Max como un balde de agua fría. Reaccionó de golpe, soltando la mano de la chica como si quemara. Su respiración se disparó, no por emoción, sino por una vergüenza que le trepaba por el cuello.
—L-lo siento, n-no debí... —Max clavó la mirada en el suelo, incapaz de sostenerle los ojos.
—No te preocupes. —Sara asintió levemente, recuperando su postura segura.
—M-mejor vamos a la cueva —balbuceó él, adelantando el paso casi corriendo.
“Trágame tierra”, pensó desesperado. Deseaba que los dioses bajaran y lo fulminaran ahí mismo por arruinar una oportunidad tan magnífica. Podría haberle pedido su número, podría haber dicho algo ingenioso. Pero no, tenía que quedarse congelado como un idiota. “Soy un estúpido, un completo estúpido”.
—Okay... —Sara lo miró extrañada por el cambio de actitud, pero decidió seguirlo.
El grupo se adentró en la quinta cueva. Por fuera parecía modesta, una simple grieta en la roca, pero su interior era enormemente escalofriante. El olor salino era denso, hostigante, casi masticable; la humedad se pegaba a la ropa como una segunda piel. Sin embargo, la estructura natural asombraba: el suelo estaba salpicado de partículas brillantes, una bioluminiscencia tenue que se reflejaba en los charcos de agua estancada. No era mucha luz, pero bastaba para no perderse en la oscuridad.
—Este lugar es extraño —murmuró Brown, adelantándose para inspeccionar las paredes.
—No hay ninguna forma de vida visible, anota eso —ordenó Demián, paseándose como si fuera el dueño del lugar.
—Anotado —masculló Albert, libreta en mano.
Max se detuvo frente a un pequeño pozo natural. Sara se acercó a él, y Brown, siempre alerta, retrocedió para cubrirle la espalda a su amigo.
—Oigan, aquí hay algo. —Max notó un brillo peculiar bajo el agua oscura del pozo.
El fondo estaba cubierto de distintos tipos de cristales y conchas; cada una parecía única, piezas invaluables que la naturaleza había escondido ahí.
—¿En serio? A ver. —Sara se inclinó, pegándose al hombro de Max para ver mejor.
El corazón de Max volvió a dispararse a mil por hora. La cercanía de ella, su perfume mezclado con la sal de la cueva, hizo que sus piernas temblaran de nuevo. Su estabilidad física y emocional pendía de un hilo.
—Oye, idiota, también anota eso —lanzó Brown, girándose hacia Albert.
El pelirrojo le mostró el dedo medio sin levantar la vista del papel, escribiendo con furia.
Max soltó un suspiro, intentando ignorar el caos de sus hormonas y centrarse en los minerales. Se agachó y sus dedos comenzaron a apartar los cristales superficiales.
Pero algo no encajaba. Era una sensación extraña, un tirón en el estómago. Sentía que algo más estaba ahí, llamándolo. No era curiosidad; era una incitación a cavar. Sus dedos rompieron la superficie del agua, guiados no por su vista, sino por una fuerza superior, un imán invisible que lo obligó a buscar en el fondo hasta que sus yemas rozaron algo distinto.
—Oigan... ¿Qué es esto?
Max sacó la mano del agua. En su palma descansaba algo que no parecía un simple tesoro.
Era un hilo casi invisible que sostenía un dije: una pequeña concha marina. A simple vista, parecía bisutería barata, algo que encontrarías en cualquier puesto de feria. Pero al tocarlo, una descarga recorrió la columna de Max.
Esa sensación no era normal. Era el peso del deber. La necesidad de un salvador. El amuleto no vibraba, pero gritaba en silencio historias de guerras y paz, de luz y oscuridad, de destrucción y…
—Mi señor, hemos encontrado una señal. La llave volvió.
—Diríjanme ahí. Es momento de liberar al Salvador.




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