The Ocean Warrior

Capítulo dos: El despertar del elegido.

El destino es un niño caprichoso que obliga a los inocentes a jugar en su tablero. Una y otra vez, la historia se repite en un bucle infinito: un alma frágil, llena de miedos, es elegida por él. Su vida cambia drásticamente, moldeándolo a la fuerza para convertirlo en alguien "mejor", en un hombre de paz, en un héroe.

No obstante, el niño no deja de ser cruel. No deja de atormentar, de llenar de obstáculos el camino prescrito por su madre: la Vida. Siempre se trata de pueblos en llamas, de inocentes en riesgo, de hazañas imposibles realizadas por personas que mueven mares o combaten en el sol. Son como marionetas condenadas a repetir la misma tragedia, y es por ese ciclo sin fin, por ese infinito número de víctimas, que el Salvador siempre necesita volver.

—Oigan... ¿qué es esto?

—Se ve horrible. Mejor tíralo y dime dónde para no pisarlo —Brown se cruzó de brazos con una mueca de asco.

—Muy gracioso. No te lo voy a dar. —Max apretó el puño, sintiendo el calor residual del objeto.

—¿Y si Dunvers te lo pide? —Una sonrisa burlona se dibujó en el rostro del castaño.

—¿Uh? Nah, puedes quedártelo. —Sara sonrió amablemente, agachándose para examinar los charcos del suelo—. No es mi estilo.

Max sintió que sus mejillas ardían al verla sonreír. Era tan amable, tan dulce... Su corazón volvió a bombear con fuerza, ignorando por un segundo la electricidad que sentía en la mano.

—Bueno, ya que insistes... —Brown se encogió de brazos y se lanzó hacia su amigo para arrebatarle el amuleto, solo por molestar.

Pero Max reaccionó con una rapidez inusual. Alzó el brazo, alejando la concha de las garras de su amigo.

—¡Lo encontré yo! ¡Aléjate, loco!

—Se lo regalaré a una chica linda, dámelo, Max. ¡No seas egoísta!

—¡No! ¡Ya suéltame!

—¡Oigan! —Sara alzó la mirada, intentando poner orden.

—Por favor, amigo. Hoy por mí, mañana por ti.

—Oigan...

—¡No, Brown! ¡Ya ríndete!

—¡OIGAN! —gritó Sara, estresada de ser ignorada.

Ambos se congelaron. Max aprovechó la distracción para meter el amuleto en su bolsillo, asegurándose de que quedara bien al fondo. Sentía que el objeto pesaba una tonelada.

—¿No quieren mejor uno de estos? Se ven geniales —recomendó Sara, señalando cinco cristales brillantes en uno de los charcos, intentando desviar la atención.

—No, yo quería la caracola extraña... —Brown se alejó refunfuñando como un niño pequeño.

—Yo... yo podría llevarme uno, si quieres. Se ven lindos —pidió Max, bajando la voz por la vergüenza del grito anterior.

—Adelante. Yo ya tomé uno.

—Gracias. —Max recogió un cristal de tono celeste y lo guardó en el mismo bolsillo. El cristal frío chocó contra el amuleto caliente.

—¿Encontraron algo más para poner en el informe, perdedores? —La voz de Demián retumbó en la cueva.

—No, ya no hay nada más —respondió Max, girándose hacia la entrada para ocultar sus nervios.

—Nuestro informe es muy pobre. Nos van a reprobar —se lamentó Brown, escaneando las paredes húmedas en busca de un milagro.

—Inventemos cosas y ya, es solo una hipótesis. —Albert caminó hacia la salida sin darle importancia.

—Uy, tengo una buena historia para el origen de esta cosa. Le pondremos: "La bienvenida de los Starpeces" —propuso Demián, riéndose de su propio chiste.

—¿Te volviste a drogar o qué? —Brown arqueó una ceja.

—Púdrete, Thun. —Demián salió de la cueva, levantando el dedo medio sin mirar atrás.

—Imbécil... —susurró Brown, acumulando estrés.

—Es mejor irnos de una vez —sugirió Sara, mirando a Max a los ojos.

—Lo... lo mismo pensé —confirmó él, tartamudeando levemente al seguirla.

Los cinco adolescentes entregaron sus apuntes a la maestra, dando por finalizada la clase. Mientras varios compañeros decidían quedarse en la playa para aprovechar el sol, el "Dúo Dinamita" fue por sus bicicletas y su ropa. Las obligaciones llamaban.

El camino de regreso a casa estuvo marcado por la rutina y el silencio. Pero esta vez, el silencio pesaba. Ambos tenían demasiado en mente: Max sentía el amuleto vibrar en su bolsillo y Brown masticaba su preocupación por su amigo.

Como era habitual, Brown rompió el hielo al acercarse al destino de Max.

—Oye, viejo... ¿estarás bien? —preguntó, disminuyendo la velocidad al reconocer la acera.

A tan solo dos casas de distancia se alzaba una vivienda de dos pisos. Su jardín descuidado y la pintura descascarada de la fachada gritaban falta de atención. No parecía abandonada, pero sí triste, como si la casa misma hubiera renunciado a verse bien.

—Sí... ¿Por qué no lo estaría? —preguntó Max, fijando la vista en una ventana ajena.

—Ya sabes. Lo de tu papá —respondió Brown con una seriedad que no le pegaba.

—Ah, eso. —Max soltó un suspiro largo—. No te preocupes, ya lo resolveré.

—Espero que sí, viejo. —Brown desvió la mirada, incómodo.

Ver a su mejor amigo así le generaba impotencia. Sabía que no podía arreglarle la vida; Max tenía que enfrentar sus propios demonios. Brown solo podía ser el copiloto en ese viaje.

—Oye, tenemos que acabar ese estúpido informe para el fin de semana o no nos alcanzará el tiempo. ¿Te parece si lo avanzamos después del almuerzo? —preguntó Max, forzando un cambio de tema.

—Claro. Y después le damos a nuestro survival —aceptó Brown, recuperando una leve sonrisa.

—Suena bien. —Max extendió el puño.

—Nos vemos después, hermano. Mucha suerte. —Chocaron los puños y el castaño pedaleó hacia su casa.

—Hasta más tarde...

Apenas Brown dobló la esquina, la sonrisa de Max se apagó como si hubieran cortado la luz. Se giró hacia su casa con una mueca de incomodidad. La fachada descuidada le transmitía una vibración pesada, casi hostil. Sus pies se volvieron de plomo a medida que se acercaba; la respiración se le descompasó y una gota de sudor frío le bajó por la frente.

Un acto tan simple como abrir la puerta no debería ser una condena. Pero para Max, lo era. Una parte de él quería dar media vuelta y huir al mar, quedarse a vivir en la cueva. Pero lo había prometido. Debía hacerlo por el bien de su familia... o de lo que quedaba de ella.




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