The Ocean Warrior

Capítulo cuatro: El mesías en la cruz.

La esperanza no es algo que se gane ni se compre; es el valor de otorgar una nueva oportunidad, la fe ciega en que hay algo más allá de los problemas. De lo contrario, se llama decepción: el arte de no cumplir las expectativas, de romper la promesa implícita entre el salvador y el salvado.

Al héroe solo le espera una de estas dos monedas. Puedes ser quien inspire el mañana, o puedes ser quien reciba el rechazo y el escupitajo de un pueblo defraudado. Al elegir la segunda, solo te espera una era de discordia y oscuridad en el camino del salvador.

—No. No puedo ser el Elegido. Lo lamento.

La sentencia de Max cayó como plomo. Los murmullos del pueblo no se hicieron esperar; una ola de preocupación y miedo recorrió la plaza. Las manos que estaban listas para aplaudir ahora se cerraban en puños de frustración.

La decepción se reflejó sin filtro en el rostro de Mirrows. Bajó la mirada, no por el tiempo perdido, sino por la certeza de lo que le pasaría al humano ahora que había rechazado la protección del título.

—Eso es todo lo que necesitaba oír.

Una voz metálica cortó los murmullos. Un soldado se abrió paso entre la multitud, que se apartaba como el Mar Rojo ante su presencia. Llevaba una armadura de hierro negro con líneas rojas brillantes y una espada larga en el muslo izquierdo.

Mirrows se interpuso en su camino.

—¿Markfish? Tú no deberías estar aquí.

El soldado se quitó el casco con lentitud. Su rostro era un mapa de cicatrices, con escamas marrones y una boca succionadora que recordaba a una rémora.

—Son órdenes del Rey.

—Warthur no tiene voz ni voto en nuestra sociedad actual. ¡Tú tampoco! ¡Retírate!

Markfish ignoró a la medusa y siguió caminando. Mirrows, desesperado, le agarró el brazo con fuerza.

—No me obligues a hacerlo, por favor.

—Alguna vez fuiste el más fuerte, Mirrows. Énfasis en "fuiste". —Markfish ni siquiera lo miró—. No me obligues a matarte. El Rey no me lo perdonaría.

—Lo siento, no voy a dejarte i—

¡ZAS!

El movimiento fue un borrón. Markfish desenfundó y volvió a envainar en una fracción de segundo. Mirrows jadeó, cayendo de rodillas mientras una línea roja se abría paso en su túnica, cruzando su pecho. El mago comenzó a recitar un hechizo de curación entre dientes apretados.

—¡Mirrows! —Zareish corrió a socorrerlo.

—Que nadie más se acerque —advirtió Markfish, desenvainando la espada por completo—. Esto no les incumbe, desdichados.

Brown dio un paso al frente, aunque sus piernas temblaban como gelatina.

—¿Y qué harás? ¿En serio crees que nos dejaremos vencer así de fácil?

—Espero que no. Sería aburrido. —El soldado avanzó hacia ellos con paso firme—. Serán encerrados y ejecutados por órdenes del Gran Warthur.

—¿Solo por rechazar el puesto? Estupideces —sonrió Brown, intentando proyectar una confianza que no sentía—. Mi mejor amigo te hará mierda antes de que nos pongas una mano encima.

—¿Ah, sí? Veamos...

—¡Ya verás! Max, haz lo tuyo. —Brown se giró, esperando ver a Max transformado.

Pero Max estaba paralizado. Gracias al Amuleto, podía ver el aura de Markfish: una nube tóxica de violencia roja y negra que lo rodeaba. Era la energía de un asesino experimentado.

—Esto será rápido —prometió el soldado, con una amabilidad aterradora.

—¡Ya verás! ¡Max, haz lo tuyo! —gritó Brown.

—Me lleva el caraj—

La transición fue brutal. De la plaza abierta a la oscuridad sofocante de un calabozo.

Max y Brown fueron arrojados como sacos de basura a una celda húmeda y apestosa. Aterrizaron sobre paja podrida y piedra fría. La única luz provenía de un hongo bioluminiscente moribundo en la pared.

—Tenías que abrir la bocota... —gimió Max desde el suelo.

—A la próxima funcionará... te lo juro.

—Ugh... me duele hasta el alma —se quejó el pecoso, levantándose con dificultad.

—Viejo, confié en ti. ¿Por qué no usaste tu cosa mágica? Nos hubiera servido —reprochó el castaño, sentándose.

—No puedo explicarlo... pero hubiera perdido. Luego hablamos —evadió Max, avergonzado de admitir que el miedo lo había paralizado de nuevo.

—¿Y ahora qué hacemos?

—No lo sé, hermano... ¿esperar la ejecución?

—Pff, qué planazo. Me duele tod—

¡COF! ¡COF! ¡GARG... SPUT!

Una tos seca y horrible resonó en la celda de enfrente, oculta en la negrura. Sonaba húmeda, como si alguien intentara arrancar sangre coagulada de su garganta.

Los adolescentes se congelaron.

Podían escucharlo. Un corazón. No latía con el ritmo de la vida; era lento, pesado, como el tañer de una campana fúnebre bajo el agua. BUM... BUM... BUM...

El aire de la celda se volvió gélido. Una sensación de inquietud paranormal se apoderó de ellos. No era solo miedo; era una certeza biológica de peligro. Sus cuerpos gritaban que huyeran, pero sus piernas no respondían.

Max cayó de rodillas, jadeando. Sus pulmones se cerraron. Brown estaba aterrorizado, pero Max... Max podía verlo.

El aura que emanaba de la celda de enfrente no era roja como la de Markfish. Era oscuridad pura. Ausencia de luz. Tentáculos de sombra negra, más densa que la noche, que se retorcían y se extendían hacia ellos, alimentándose de su terror. Era la desesperación hecha forma. El fin de todas las cosas.

—¿Alguna vez te has preguntado cuán misterioso es el destino?

La voz emergió de la negrura. No era una voz normal; era grave, antigua, resonando en sus huesos como si hablara desde el fondo de una fosa marina.

El calabozo entero contuvo el aliento.

Brown Thun sintió algo que jamás había experimentado: la certeza de su propia muerte. Escuchar esa voz era como escuchar su propia sentencia. Su mente comenzó a proyectar imágenes de su propio fin, una y otra vez, como una película de terror en bucle. La presencia era tan abrumadora que la muerte parecía la única opción lógica, incluso deseable, para escapar de ella.




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