El suave sonido de una puerta corrediza cerrándose resonó en el pasillo.
Takeda Ren fue guiado por una de las asistentes a una sala silenciosa y tranquila dentro de la Casa Kokuchi. La habitación estaba iluminada por la luz cálida de varios faroles rojos de papel que proyectaban sombras suaves sobre el tatami.
La joven colocó una bandeja con té frente a él y se inclinó ligeramente.
– Mari-sama vendrá en unos momentos – dijo una de ellas con respeto.
Ren asintió en silencio.
Antes de retirarse, la otra murmuró en voz baja: – Es extraño... Mari-sama no suele aceptar a nadie tan rápido. –
Mientras la asistente se retiraba, sus ojos recorrieron la habitación con calma. El aroma del incienso llenaba el aire y, a lo lejos, podía escucharse la música y las conversaciones del distrito nocturno de Yoshiwara, en la ciudad de Edo.
Pero su mente no estaba en la música ni en el ambiente solo pensaba en una cosa en la mujer que había visto desfilar horas antes.
Mari
Aquel breve contacto visual durante el Oiran Dōchū seguía grabado en su mente. Ren tomó la taza de té lentamente por alguna razón que ni siquiera él entendía... sentía que aquella noche sería diferente.
El suave sonido de una puerta deslizándose llenó la habitación.
Ren levantó la mirada.
Mari estaba allí.
El rojo profundo de su kimono brillaba bajo la luz de los faroles mientras avanzaba con pasos lentos y elegantes sobre el tatami.
Mari se sentó frente a él con perfecta elegancia.
– Así que usted es Takeda Ren – dijo con calma – me dijeron que deseaba verme. –
Ren inclinó ligeramente la cabeza. – La vi durante el desfile y supe que tenía que conocerla. –
Mari lo observó en silencio durante unos segundos muchos hombres habían dicho cosas similares antes... pero ninguno la había mirado de aquella manera. Por primera vez en mucho tiempo, Mari sintió curiosidad. – Entonces – dijo finalmente – conversemos, Takeda Ren. –
Mientras ellos hablaban Mari empezó a notar que: su forma de hablar es educada pero firme, como alguien acostumbrado a mandar. Sus manos no son las de un viajero común. Aunque su ropa es simple, la tela es de muy buena calidad.
Mari observó al hombre sentado frente a ella mientras una asistente servía el té.
Su kimono era simple, oscuro, sin adornos llamativos... pero la tela era demasiado fina para pertenecer a un viajero común.
Takeda Ren agradeció con una ligera inclinación de cabeza antes de tomar la taza.
Sus movimientos también eran distintos. Eran tranquilos y seguros... demasiado tranquilos para alguien que visitaba por primera vez un lugar como aquel. Como alguien acostumbrado a que todos a su alrededor lo escuchen.
Mari apoyó suavemente su taza de té sobre la mesa baja y entrecerró ligeramente los ojos.
– Takeda Ren – dijo con calma – No parece alguien que visite lugares como este con frecuencia. –
Ren sonrió ligeramente. – Tal vez no. – Sus ojos se encontraron nuevamente con los de ella.
– Pero incluso alguien como yo puede sentir curiosidad. –
Por un instante, Mari guardó silencio. No sabía por qué...
pero tenía la extraña sensación de que el hombre frente a ella era mucho más importante de lo que aparentaba.
– Además es curioso – dijo con suavidad – Muchos hombres vienen aquí tratando de llamar la atención con ropa costosa y palabras exageradas. – Su mirada descendió brevemente al kimono oscuro del hombre. – Pero usted parece haber hecho lo contrario. – Ren sonrió apenas.
– No vine a impresionar a nadie. – Sus ojos se encontraron nuevamente con los de ella. – Vine porque quería verla. – Por un momento, Mari guardó silencio. Algo en aquel hombre le resultaba extraño.
No parecía nervioso.
No parecía presumir. Y, sin embargo... tampoco parecía un hombre común.
Mari tomó su taza de té con elegancia.
– Takeda Ren... – murmuró. Sus ojos brillaron ligeramente bajo la luz del farol. – Tengo la sensación de que usted no es tan simple como aparenta. –
Ren sostuvo su mirada en silencio durante unos segundos. Luego dejó la taza de té sobre la mesa con calma. – Tal vez tenga razón – respondió finalmente.
Sus palabras fueron tranquilas... pero algo en su tono hizo que Mari sintiera un ligero escalofrío. – Pero esta noche – añadió – no vine como alguien importante. –
Sus ojos no se apartaron de los de ella.
– Solo vine como un hombre que quería conocerla. – El silencio llenó la habitación durante unos instantes.
Mari no respondió de inmediato. Algo en aquel hombre la inquietaba... y al mismo tiempo despertaba una curiosidad que no podía ignorar.
Afuera, la vida nocturna continuaba en el distrito de Yoshiwara, en la ciudad de Edo. Pero dentro de aquella habitación, algo diferente estaba comenzando. Algo que ninguno de los dos imaginaba... cambiaría sus destinos.
Cuando Takeda Ren finalmente se levantó para marcharse, Mari lo observó en silencio. Algo en aquel hombre no encajaba. No era como los demás clientes que habían pasado por la Casa Kokuchi.
Mientras la puerta se cerraba tras él, Mari sostuvo su taza de té entre las manos.
Por primera vez en mucho tiempo... tenía la sensación de que había conocido a alguien que cambiaría su destino.