Al día siguiente la noche había caído nuevamente sobre el distrito de Yoshiwara, en la ciudad de Edo.
Los faroles rojos iluminaban las calles mientras los visitantes comenzaban a llenar las casas de té y los salones de entretenimiento. El sonido del shamisen flotaba en el aire mezclándose con las risas y conversaciones de los clientes.
Dentro de la Casa Kokuchi, las asistentes se movían con rapidez preparando todo para la noche.
En una habitación privada, varias jóvenes ayudaban a Mari a prepararse. Su largo cabello oscuro era acomodado con delicadeza mientras ajustaban los adornos de su peinado. El kimono que llevaba esa noche era de un rojo profundo bordado con flores doradas.
Una de las asistentes observó su reflejo en el espejo de metal pulido.
– Mari-sama siempre luce perfecta – murmuró con admiración. De pronto, una de las jóvenes abrió la puerta apresuradamente.
– Mari-sama... – dijo en voz baja – El señor Kuroda ha llegado. –
La habitación quedó en silencio por un instante.
Cuando Kuroda entró en la sala principal de la Casa Kokuchi, varias asistentes se inclinaron respetuosamente.
Su presencia imponía respeto. Sus ropas eran costosas y sus acompañantes permanecían en silencio detrás de él.
– He venido a ver a Mari – dijo con seguridad.
– Mari-sama está preparándose en este momento – respondió una de las jóvenes.
Kuroda sonrió ligeramente.
– Entonces esperaré. –
Mientras tomaba asiento, su mirada recorrió la casa con calma.
– Escuché un rumor curioso – comentó. Las asistentes se miraron nerviosas.
– Dicen que Mari recibió a un visitante ayer por la noche. – La habitación quedó en silencio.
Nadie respondió inmediatamente.
Kuroda apoyó lentamente la taza de sake sobre la mesa.
– Me pregunto... – murmuró con una sonrisa que no parecía amable – quién fue ese hombre. –
Las asistentes intercambiaron miradas incómodas. Ninguna parecía dispuesta a responder, finalmente, una de ellas inclinó ligeramente la cabeza.
– Mari-sama recibe a muchos visitantes, señor Kuroda – dijo con cuidado – Sería difícil recordar a uno en particular. –
Kuroda la observó durante unos segundos.
Luego soltó una pequeña risa.
– ¿De verdad? – Su tono era tranquilo... pero había algo en su mirada que hizo que varias jóvenes bajaran la vista. – Tengo entendido que Mari no acepta a cualquiera – continuó – De hecho... dicen que suele rechazar a la mayoría de los hombres que vienen a verla. –
Sus dedos giraron lentamente la pequeña taza de sake entre sus manos.
– Por eso me resulta curioso ese rumor. –
En ese momento, en la habitación privada del segundo piso, Mari terminaba de colocarse el último adorno en el cabello. Una de las asistentes regresó rápidamente y cerró la puerta detrás de ella.
– Mari-sama... –
Mari levantó la mirada hacia su reflejo en el espejo. – ¿Qué sucede? –
La joven dudó antes de hablar.
– El señor Kuroda... está preguntando por el visitante de anoche. –
Mari permaneció en silencio unos segundos, luego volvió a mirar su reflejo con calma. – Era de esperarse. –
– ¿Desea que digamos que el rumor no es cierto? – preguntó la joven con preocupación.
Mari negó suavemente con la cabeza.
– No. –
Se levantó con elegancia del pequeño cojín donde estaba sentada. El pesado kimono rojo se movió con suavidad al caminar. – No me interesa lo que Kuroda piense. –
Abajo, en la sala principal, Kuroda seguía esperando con paciencia, sin embargo, su mirada observaba cada movimiento dentro de la casa. Algo en su expresión dejaba claro que no había venido solo para beber sake esa noche.
Finalmente, una asistente se acercó y se inclinó respetuosamente.
– Mari-sama vendrá en unos momentos. –
Kuroda levantó la mirada lentamente, una leve sonrisa apareció en su rostro. – Perfecto. – Sus dedos golpearon suavemente la mesa de madera.
– Entonces tal vez ella pueda decirme... quién fue el hombre que tuvo el privilegio de verla antes que yo. –
El sonido de pasos suaves descendiendo por las escaleras interrumpió el silencio de la sala.
Varias de las asistentes se enderezaron de inmediato.
Kuroda levantó ligeramente la mirada.
Un instante después, la figura de Mari apareció en el pasillo superior.
La luz de los faroles iluminaba el rojo profundo de su kimono mientras descendía lentamente cada escalón con la elegancia que había hecho famosa su presencia en todo Yoshiwara, en la ciudad de Edo.
El murmullo de la casa pareció apagarse por un momento. Incluso algunos clientes en las mesas cercanas levantaron la vista al verla pasar.
Mari avanzó con calma hasta la sala donde Kuroda la esperaba. Luego se detuvo frente a él y se inclinó con elegancia.
– Señor Kuroda – dijo con voz tranquila – No esperaba verlo esta noche. –
Kuroda la observó con detenimiento durante unos segundos antes de responder.
– Mari. – Sus ojos recorrieron lentamente su kimono y los adornos de su cabello. – Siempre es un placer verla. –
Mari tomó asiento con elegancia frente a él.
Una asistente sirvió sake para ambos en silencio antes de retirarse discretamente.
– Escuché un rumor curioso – continuó Kuroda mientras tomaba la taza entre sus dedos.
– ¿Un rumor? – preguntó Mari con calma.
– Sí. –
Sus ojos se encontraron con los de ella. – Dicen que anoche recibió a un visitante... alguien que no soy yo. –
Mari sostuvo su mirada sin apartarse.
– Muchos hombres visitan esta casa, señor Kuroda. –
– Pero no todos reciben su atención – respondió él con una leve sonrisa. Durante unos segundos ninguno habló. La tensión en la habitación se volvió evidente incluso para las asistentes que observaban desde la distancia.
Finalmente, Kuroda apoyó la taza sobre la mesa.