Quería salir de ese lugar. El sudor bajaba a mares por mi piel. Empecé a sentir un calor enfermizo y un terrible dolor se formó en mi espalda. No encontraba por dónde debía irme; aquella grieta por la cual me habían arrastrado se había esfumado. Por más que buscaba, no encontraba indicio alguno de una salida.
Miré arriba y me perdí en el hermoso cielo artificial. La perfección siempre ha sido algo raro para mí, una palabra que llevo conmigo desde mi nacimiento, pero que nunca cumplí, y ver algo con tanta excelencia era demasiado para alguien como yo.
Veintiocho mil seiscientas siete estrellas había en el cielo, las cuales estaban alineadas en un mismo ángulo y separadas a una determinada distancia. La luna estaba centrada y no tenía ninguna imperfección, dejando vacío al universo, el cual era evitado por aquellos ojos que miraban al cielo.
Todo esto podía considerarse un milagro. Aunque la tierra esté llena de dioses, hay un grupo que solo cree en un dios verdadero: aquel ser perfecto que nos observa desde el Edén, esperando almas dignas que lleguen a él, y la única forma para que este se fije en ti es morir en una obra perfecta o milagros, como ellos los llaman.
Es fácil confundir estas obras con la realidad, pero todas carecen de un defecto claro. En un mundo imperfecto, el mayor defecto es su perfección. No puede haber algo tan hermoso en un lugar como este; es imposible que aquella obra esté sobre el suelo donde millones han muerto.
Tras unos minutos mirando al cielo, me surgieron unas náuseas que me invitaban a arrancarme la cabeza, pero no podía dejar de ver la luna. Ella quería ser vista por mí, aunque poco a poco se me hacía insípida y difícil de mirar. Deseaba que yo la observara; solo yo.
Tenía que volver a entrar al bar, aunque no quería, ya que había salido del lugar con mucha presencia; debía preguntar cómo salir si no quería volverme loco, aunque esto me haría quedar con una mala imagen.
Bostecé. Un sueño se apoderó de mi cuerpo, el cual se sentía pesado. El dolor de espalda me mataba, mis dedos empezaron a moverse solos; necesitaba algo que esnifar. Quise tirarme al suelo y esperar que todo se solucionara mágicamente. Sabía que era una idea estúpida, pero necesitaba relajarme.
No lograba recordar qué había en mi mochila, pero quería recuperarla. Era lo único que tenía. Sé que la había sacado de la basura y que con el dinero que tenía podía comprarme una nueva, pero era mi mochila. La había recogido, lavado y utilizado. Venderme está mal, aunque he de decir que no me conocían bien, así que se los perdono; pero robar lo único que tiene un hombre... eso es terrible. Es algo imperdonable. Me quiero ir, pero ¿a dónde?
—¡Vieja puta! —gritó aquel hombre gordo, rompiendo el silencio que me estaba atormentando.
Volteé para verlo tirado a unos centímetros de la puerta, sin pantalones, sudado y con algo blanco bajando por su abdomen. La dueña se encontraba parada en el marco de la puerta, viendo al hombre con una repulsión tan afilada que me hizo sentir lástima por aquella persona.
—Debes pagar —dijo la mujer, enojada.
De inmediato, dos hombres; uno tan alto que tuvo que agacharse para pasar por la puerta y otro casi de mi altura, salieron posicionándose frente a aquel ser patético.
—¿Cómo me vas a cobrar diez monedas de oro por una mamada de cinco minutos? —reprochó el hombre, poniéndose de pie.
Sacudiendo su trasero, intentó acercarse a la mujer, pero los dos hombres se interpusieron.
—No es mi culpa que seas precoz —dijo con una sonrisa maliciosa—. Si no puedes pagar con dinero, lo harás con tu cuerpo —Añadió percatándose de mí. De inmediato, su mirada se convirtió en algo cálido, lo cual me hizo erizar.
Todos se dieron cuenta del cambio de la mujer y voltearon a verme. Tras mirarme un rato, aquel hombre se puso de rodillas y empezó a suplicar que pagara su deuda. Era patético. Estaba seguro de que Cyrus lo odiaría. Por un instante sentí que mi mirada era igual de afilada que la de aquella mujer. Ni en mis peores momentos había hecho algo tan degradante.
—Por favor, haré lo que quieras. Me convertiré en tu mejor amigo o en tu perro, pero dame el dinero —rogó el hombre entre lágrimas.
Lo miré y por un segundo quise ayudarlo, pero si sacaba esa cantidad me matarían.
—¿Cómo salgo de este lugar? —Me dirigí a la mujer
—Esa información tiene un precio —respondió la mujer, pasándose la lengua por los labios.
Ignorando aquella reacción, empecé a caminar sacando dos monedas de cobre. Aquellos dos hombres no se interpusieron en mi camino.
—¿Dónde está la salida? —le pregunté, dándole las monedas.
—¿Para qué es esto? —preguntó.
—Una por la salida y otra por tu propiedad —respondí.
—Me sorprende que quieras ayudar a un desconocido. Eso me gusta. Aunque el servicio que le propiné vale más —dijo, guardando las monedas.
—No estoy pagando el servicio. Estoy comprando basura —respondí sonriéndole, lo cual la hizo reír.
—Sí que eres interesante. Espero no tener que matarte —dijo, apuntando hacia unas rocas—. Ahí está la salida.
Aquel hombre se abalanzó sobre mí y empezó a besarme los pies mientras lloraba. De su boca salían elogios y agradecimientos que me impulsaban a alejarme de él.
—Gracias a ti podré encontrarme con mi mujer —dijo con dificultad—. Podré volver a ver a mis hijos.
Me alejé ignorando sus palabras. Lo único que deseaba era marcharme. Un palpitar se hizo presente en mi espalda: aquella herida se estaba abriendo. Estaba seguro de que contraería una infección si no me apuraba.
Desconocía cuánto tiempo había pasado desde que entré. Probablemente no había pasado ni un día, pero sentía como si hubiera estado semanas. El cansancio y la fatiga eran terribles; deseaba tirarme por ahí a dormir, pero necesitaba esconderme, lo cual era algo complicado ya que aquel hombre no se apartaba de mí. Por alguna razón seguía sin pantalones y no se notaba acomplejado; seguro era una especie de pervertido.