El grito de Lancel, "¡Archibald Thorne!", se estrelló contra el muro de disonancia que llenaba el almacén. El Maestro de las Cuerdas, con una sonrisa demente, siguió tocando, acelerando el arco en una serie de notas agudas y chirriantes que parecían perforar el cerebro.
La oscuridad era casi total, pero Lancel no necesitaba ver con claridad. Solo necesitaba encontrar el centro de esa locura musical: el violín.
—¡El final es mío, Lancel! —gritó Archibald, mientras movía el arco con una energía frenética.
La vibración del violín era tan intensa que los cristales rotos en el suelo temblaban, y las herramientas de madera del escritorio de Archibald se movían, arrastrándose hacia el borde. El aire se hizo pesado, casi líquido, y Lancel sintió un dolor punzante en el pecho, como si la música estuviera exprimiendo el aire de sus pulmones.
Lancel se obligó a ignorar el tormento sónico. Sabía que cada segundo que el Maestro tocaba, la existencia de Liana se debilitaba.
Apuntó su revólver, no a Archibald, sino al violín. Era la clave, el arma, el hechizo.
—¡Detente, Archibald! ¡O disparo al instrumento! —ordenó Lancel.
Archibald se rió, un sonido histérico y roto que fue tragado por la música.
—¡Dispara, Inspector! ¡Destruye la belleza, destruye el arte! ¡Si tú lo haces, solo confirmarás que Liana es demasiado frágil para tu mundo! ¡Y si la matas con tu estupidez, ella regresa a mí, al lienzo!
Archibald cambió la posición de su mano izquierda, y el sonido se transformó en un staccato rítmico, un golpeteo violento que resonó en el cráneo de Lancel.
El Inspector disparó.
El estampido del revólver fue ensordecedor, una sola explosión seca que temporalmente silenció el violín. Lancel había apuntado a la pared detrás de Archibald, lo suficientemente cerca para asustarlo, pero no para destruir el instrumento. No podía arriesgarse a matar a Liana con su propia mano.
El shock hizo que Archibald se tambaleara. El arco se detuvo por un instante.
Lancel aprovechó la oportunidad. Se lanzó hacia adelante, usando la oscuridad como cubierta, intentando cerrar la distancia antes de que el Maestro pudiera recuperar su ritmo.
—¡Te atreves a usar la fuerza bruta contra mi genio! —aulló Archibald.
El Maestro de las Cuerdas usó el violín como un escudo. Lancel logró agarrar la muñeca de la mano del arco. La fuerza de Archibald era sorprendente, alimentada por su locura.
Comenzó una lucha brutal en la oscuridad. El violín se convirtió en un mazo, golpeando a ciegas. Archibald intentó arañar los ojos de Lancel con su mano libre.
Lancel, impulsado por el recuerdo del beso de Liana y el terror de perderla, aplicó la técnica policial. Soltó la muñeca del arco y giró, inmovilizando el brazo del Maestro contra su espalda.
Pero Archibald era resbaladizo. Con un movimiento desesperado, liberó el violín y lo arrojó a un lado. El instrumento golpeó el suelo polvoriento con un sonido sordo, cesando su música.
Con el violín silenciado, la pesadez en el aire se disipó. El repentino silencio fue casi tan chocante como el ruido anterior.
Archibald, ahora desarmado de su arte, se convirtió en un hombre pequeño y patético. Intentó escapar, arrastrándose por el suelo hacia donde había caído el violín.
—¡Mi Liana! ¡Te necesito para terminar el solo! —gritó, manoteando en la oscuridad.
Lancel lo alcanzó y lo inmovilizó. Su rodilla se hundió en la espalda de Archibald.
—El solo ha terminado, Archibald —dijo Lancel con voz grave, el aliento agitado—. La única disolución que ocurrirá es la de tu libertad.
Lancel usó una cuerda que llevaba en el bolsillo, un simple trozo de cuerda policial, y ató las manos de Archibald con rapidez y precisión.
Con el Maestro asegurado, Lancel se levantó. Su cuerpo dolía por la lucha y la tortura del sonido, pero su mente estaba clara. La primera parte de la caza había terminado.
Se dirigió al lugar donde había escuchado el golpe. Usando su mano para buscar a tientas, encontró el violín. Estaba intacto, milagrosamente. Lo recogió, sintiendo el frío de la madera. El objeto de la obsesión de Archibald era ahora la única garantía de la vida de Liana.
Lancel miró a Archibald, quien gimoteaba en el suelo, derrotado.
—La ley tiene jurisdicción sobre ti, Archibald —dijo Lancel.
Lancel sostuvo el violín firmemente. Ahora tenía la llave.