La impertinente llama siempre estuvo en él, retumbando como un tambor de guerra, al ritmo de su egocéntrico corazón. Incluso antes de que lograra escabullirse con su nueva pandilla, para usurpar el brillante cascarón que estaba separando a toda su familia. El tesoro maldito que robó al violar la seguridad del laboratorio de su padre, esos días que había estado refugiado en el país del Sol Naciente.
—¡Alberto! ¿Qué hacen? —Se levantó Anton Asim Al-Nasr*, un científico árabe, calvo y treintañero, el día que descubrió a su hijo divirtiéndose con otros tres niños nipones de entre seis y ocho años, con máscaras de madera y kimonos azules. Jugando con el sagrado artefacto que el doctor había sido asignado a descifrar.
Con una habilidad sorprendente, los niños habían logrado escabullirse en su cámara secreta, llena de avanzados computadores, escondida varios metros bajo la mansión fortaleza, que había mantenido a la familia Al-Nasr, oculta y a salvo por meses.
—¡Anton-sama*! —Chillaron los ladrones al soltar su botín, una ultramoderna armadura hecha de algo parecido a la obsidiana. El traje que tenía tan perdido al destrozado científico. Todos los pequeños se detuvieron, todos excepto él, su hijo. Moreno como su padre, lo miró retador al comenzar a hacer dominadas con la cabeza del aparato. Como si fuera un balón de fútbol.
—Tranquilo, viejo. Esta cosa es bastante dura —, pateó el estilizado casco, como un yelmo de motociclista. Subiendo y bajando, de un negro tan opaco que borraría por completo el rostro de quien lo portara, ejecutando las acrobacias que había aprendido de su Sensei, el señor de la casa que los acogió. —Uno, dos. ¡Arriba! —Carcajeó, por fin capturando la atención de su padre, después de meses, para aventar el casco, que cayó en su cabezota, que en ese entonces no tenía plumas.
Con su travesura, Asim Nasr lo cambió todo. En el yelmo dormía un vacío, infinito como el espacio profundo, esperando al tonto indicado que lo alimentara con el ardor de su corazón.
—¡Imposible... ¡Encendió! —El profesor quedó sin aliento al ver cómo el casco del traje absorbía la cabeza de su pequeño. En lugar de su traviesa cara, aparecieron dos rendijas en forma de "V", iluminándose con un brillo cobre oxidado donde solía estar su boca, que estalló en una dolorosa sonrisa de fuego.
— ¡Aaarght! —Con un grito gutural, Nazz se transformó en una oscura calabaza de Halloween, sin rastro de sus ojos. Una risa forzada se burlaba de su padre, el iluso obsesionado que había dejado todo por sus secretos. Ahora, desesperado, se lanzaba hacia él para detener su hirviente sacrificio.
El olor a piel quemada y la agonía de su hijo inundaron el laboratorio, como si el tiempo se detuviera. Los llamados de su padre se desvanecieron, y su forcejeo se rindió.
Hasta que, en medio de la oscuridad, la sombra de una pequeña, comenzó a llamarlo, llena de apuro y preocupación.
—Vane, ¿Vanessa eres tú? —Pese a la noche y al follaje, él la reconoció con gran emoción, sin poder dar crédito a la nipona de piernas de popote que veía. Dueña de una hibridación similar a la suya, con plumaje lacio, corto y blanco con puntas negras, como una cabellera en capas. Sus iris eran bermellón, al igual que un par de plumas saliendo como patillas en sus pómulos pálidos.
Era una grulla de uniforme con camuflaje oscuro, llena de bolsillos en su chaleco táctico, que sonrojaba por el abrazo voraz que él le regaló, como el primer trago de agua al salir del desierto.