La imagen holográfica de la tragedia que había hecho aquel psicópata obeso les había caído encima, como una tonelada de ladrillos, a los tres novatos de Aztlán, aplastándoles el pulso y la respiración.
Ángela se ahogaba en pura angustia, atrapada por un pensamiento que le comía la mente sin piedad:
— Virgencita de la Cabeza... que esto jamás le pase a nadie de mi equipo... Dios mío, protege a mi hermanita Amy... ¡qué nunca la encuentre! — Sus manos apretaban con tal fuerza que sus nudillos palidecieron, sus ojos esmeralda temblaban bajo el brillo de sus lágrimas, y su cabello de enredadera, junto con sus espinas rojas, vibraban como si también rezaran junto a ella.
A su lado, Jim luchaba contra las náuseas que le retorcían el estómago, sin poder dejar de ver la escena del crimen. Cómo acostumbraba a hacer en el consultorio de su madre, analizaba fijamente a cada una de las víctimas, niños Beta torturados, con la cara roja, perdidos en una sobredosis. Imagen que le provocó una epifanía, el incómodo esbozo de una idea reptando por su mente. Hasta que, por fin lo vio:
— Un momento... Ahí, al fondo de la foto. Es la neblina roja del barrio... ¡Typhonio! — Corrió hacia el holograma que proyectaba la evidencia. — ¡Ese desgraciado está usando La Plaga de Guadalupe como arma!
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Mientras los chicos seguían aturdidos por una realidad que jamás imaginaron, Vanessa y Hawk intentaban salir del cráter que había hecho su hermano postizo. Por alguna razón incomprensible, su líder, Kyōko había decidido acampar justo allí para reorganizar al grupo, una jugada táctica que a ambos les parecía más que dudosa.
— ¿Lo has sentido, Oniisan? ¿Qué ha pasado con las trampas? — Susurró Vanessa en su idioma natal al verlo saltar fuera del foso para revisar el perímetro del páramo chamuscado.
— Nos han encontrado —, respondió en nihon, haciéndole una señal para que se pusiera en guardia.
En ese instante, a Nazz se le encendió la sangre. Ya no pensaba tragarse ni una manipulación más de Kyōko. Avanzó hecho una furia, la tomó del shōzoku* y la sacudió con rabia.
— ¡¿Qué demonios buscas Swiper?! ¿Guardianes... o títeres kamikazes?! — Le escupió el cuervo, harto de su discurso barato.
Su mente voló hacia años atrás. De niño, el sensei Ikki le vendía el mismo discurso para controlarlo, obligándolo a dejar el alma en los entrenamientos, atándolo, poco a poco, a su Tríada de Vigilantes Nipones.
— ¡Levántate, Aram‑chan! Tú... tú naciste para proteger a los inocentes. Y, a tus nuevos hermanos... A tu familia... A las víctimas inocentes... A ellos poco les importa si estás cansado. Te necesitan, piltrafa. — El maestro rugía con una potencia que hacía vibrar el aire, mientras el niño de cabello con plumas de cuervo intentaba hacer push‑ups, bajo una pesada losa de piedra. Encima de la placa de piedra, el maestro de máscara metálica permanecía de pie, inmóvil, con los brazos cruzados y un equilibrio imposible. Opresivo, cruel e implacable como su Destino.
De repente, el estallido de ira del cuervo se cortó de golpe, cuando una risa vieja y áspera brotó desde los matorrales de la fosa.
— Ea, niña... ¿por qué no le respondes?
De entre los arbustos chamuscados salió un tipo de gabardina, barba descuidada y cara de pocos amigos, grabándolo todo con su teléfono. No alcanzó a dar un paso más cuando una de las navajas de Vanessa cruzó el aire como un rayo y le reventó el móvil en mil pedazos.
— Y por esto no podemos dejar nuestra seguridad en manos de unos críos como ustedes... ¡Qué va, ni de coña! — Refunfuñó el hombre al alzar las manos y escupir el cigarrillo que le colgaba de la boca. Algunas canas asomaban en su cabellera castaña y sus ojos azules, inflamados y llenos de ojeras, no se habían cerrado en días. El pobre ibérico moría de ganas por una buena taza de café.
Sin más, dos sombras imponentes cruzaron el cielo a una velocidad cegadora. Descendiendo como meteoros que cortaban el viento con potente estruendo: dos luchadores enmascarados, híbridos Beta, jóvenes de unos dieciocho años, cruzados con águilas reales, aterrizaron para formar una barrera infranqueable de músculos entre el desconocido y los Hinotori. Ambos alterados extendían sus enormes brazos cubiertos de tatuajes, haciendo que el mismísimo Hawk se viera como un pequeño y escuálido perico, en comparación.
— ¡Quietos carnales! — Ordenó la primera ave escolta, cuadrándose de hombros con los puños en la cintura y mostrando su intimidante físico.
— ¡Calmados, al don lo respalda la congregación! — Amenazó el segundo hombre águila, flexionando sus bíceps como auténticos pilares de concreto. En sus torsos descubiertos se leía con claridad una inscripción tatuada: Cadetes del Aire.