El indígena armadillo se había convertido en una titánica bola de picos, que rodaba una y otra vez, buscando aplastar a los Vigilantes responsables del estado catatónico de su líder, Puma. Su paso vengativo, como el de una aplanadora, provocaba una lluvia de rocas desprendidas de los surcos que dejaba en el suelo. Piedras que flotaban en el aire, como si la gravedad no existiera en la presencia de este nuevo Alfa artificial. Una circunferencia de varios metros a las afueras de la iglesia del Arcángel era afectada por la habilidad que le había otorgado su nuevo Despertar. Lo imposible que había provocado en sí mismo, con el alto consumo de los polvos del Elfo, hacía que esos escombros voladores se tallaran por sí solos, como lanzas afiladas sedientas por la sangre de los dos herederos Hinotori.
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— Crrr... mrr... ¿Qué fue eso? — Carraspeó, preocupada, Vanessa. Su voz sonaba lastimada por el uso prolongado de su grito supersónico, desgastada tras los intentos de romper el capullo de Ángela, horas antes. Mientras movía su cuerpo agotado, saltó sobre las lanzas de piedra que querían atravesar su pecho, usándolas como escalera para colocarse en el terreno alto de la contienda. — Tuvo otro Despertar... ¡Es imposible! — Pensaba aterrada, consciente del sinsentido que representaba la transformación. Mientras su hermano se forzaba a sí mismo a teletransportarse sucesivamente con sus relámpagos, intentando cortar algún punto débil del Otomitl convertido en bola de demolición. Articulaciones, nuca, alguna parte expuesta. Sin éxito alguno, más que la ruptura de su katana corta al final.
— ¡Ridículo! — Jadeó el halcón fatigado, arrojando su arma desgastada contra la impenetrable piel volcánica del armadillo. — Van... Tsuru Chan, ¿sabes a qué me recuerda esto? — Concluyó, limpiando su sudor, mientras analizaba a su enemigo junto a su hermana. Como dos aves rapaces detenidas sobre las lanzas. — Es... ¡Es como el Suzaku! — Reconocieron ambos con escalofrío.
El Suzaku Driver, la entrada al camino de los dioses, el tesoro secreto que su clan usaba para proteger al pueblo Nipón. La primera pieza de la coraza divina había caído bajo la protección de su familia siglos atrás, mucho antes de que la Plaga acabara con Ayíti y se diera a conocer el Despertar de la primera Quimera documentada. El casco yacía resguardado desde entonces en la cámara secreta, la parte más baja de su mansión fortaleza.
— Todos sean conscientes de lo que protegemos aquí. Esta es la raíz de nuestra fe. ¡Nuestro propósito! — Recordaron con escalofrío la voz de su maestro y tío, Ikki Hinotori, el día que los dos hermanos ingresaron a la enorme cámara, llena de estatuas de hombres ave con grandes narices, rodeando el yelmo negro. Iluminándolo todo con decenas de antorchas. Ellos serían los primeros en recibir el bautismo de fuego, su derecho y obligación como la casta heredera de su clan. Un rito de asención que su grupo buscaba dominar por generaciones, desde que el casco, el negro Contenedor de Dios, "Kami no Tamago*", les había sido encomendado.
Según lo que su Sensei les había relatado durante su preparación, esta reliquia era la clave de lo que el resto del mundo conocía como: "el Despertar". Dicho Contenedor había llegado a manos de su clan poco después de su fundación, a finales del sangriento período del Sengoku. Cuando la constante ejecución de aquellos que creían en el único Dios, llegado de tierras lejanas, había obligado a unos pobres campesinos a formar un grupo de guerrilleros espías, su organización de aves sombra. Todo para apoyar a su misericordioso pastor, San Gerónimo Amakusa, "el mensajero de Dios" para todos los practicantes de la zona de Nagasaki. Un samurái que los había protegido de un batallón militar enviado por el Shogún para masacrar a su aldea de creyentes, demostrando habilidades más allá de cualquier mortal. Jurando así a todos los que siguieran a su Dios la libertad de su opresor y un camino a su tierra sagrada. Asegurando que todos podrían recibir bendiciones similares a la fuerza divina que él blandía. Lo que llamó como: "Kami E-Ru", el espíritu santo postrado por bautizo de fuego, ceremonia hecha con el Contenedor, el yelmo negro de Typhonio puro, que custodió hasta el final de sus días.
— Ikki, oye, Ikki —. Interrumpió el rito un hombre que se quitaba sus Ray-Bans oscuras, tocando el hombro del ninja con máscara plateada de guerrero Tengu, en inusual familiaridad. Dudaba al ver cómo colocaban la armadura en el mayor de los hermanos. — ¿Estamos seguros de esto? — Le preguntó el tembloroso hombre de Aztlán, con cola de caballo, que desentonaba entre la multitud de Shinobis fanáticos en uniforme azul marino. No solo su piel morena, sino también sus costosas ropas occidentales hacían resaltar al multimillonario entre aquella congregación subterránea.
— Tranquilo, Raines. Sus hijos van a sobrevivir al procedimiento —, aseguró un científico árabe, el mismo que había traído el resto de la armadura necesaria para poder descifrar este rito.
— Sí, Joaco. Después de lo que pasó con... Bueno, con mi Dorito, hicimos muchas pruebas. Estoy segura de que con el Suzaku completo y las fuertes lecturas de aura de sus niños, la experiencia debe ser más tranquila —, explicó la madre de Nazz, Adora "Doris" Cortés del Sol, la Aztlanteca compañera del doctor, de cabellera larga con plumas de urraca, negras, azules y blancas. Colocaba el traje en Shisa, para coronarlo con el yelmo del accidente.
— Debemos honrar el sacrificio de mi hermana, Joaquín Kun —, lo sujetó por los hombros Ikki, cuando lo retiró. — Hay que tener fe, ellos son los elegidos. La ardiente alma de tu amada Hikaru, nuestra sacerdotisa, vive en ellos —, aseguró a su hermano político al iniciar la ceremonia.