The Prophet.3: Vigilante

Capítulo 19: Stigma spiralis vitis in Spinneret

Destino, nuestro gran tejido unificador. Ángela María Belmonte tenía bien remendado en su cabeza y corazón que "Dios" tenía un lugar especial para cada uno de sus hijos. Desde bebé, su guardiana le susurraba con cariño en la cuna, todas las noches la misma oración:

— Oh, Virgen de la Cabeza, tejedora clara y dulce. Zurce mi vida con tu amor que me induce. Ayúdame a seguir tu hilo del destino, sin miedo al futuro, donde guardas un tramo para mí, en lo divino —, le cantaba con ternura y preocupación, para que la pequeña pudiera enfrentar el difícil sendero que le aguardaba.

Año tras año, satanizada y negada, pateada de un refugio de huérfanos alterados a otro, y otro, hasta terminar en un pobre instituto al sur de Hispania. Confiando en todo momento que la maraña de su vida, el tejido del creador que su mentora le había idealizado, la llevaría al verdadero hogar. Como su maestra siempre le decía, todo lo que sentía y pasaba no era más que una línea de premios y castigos dirigidos a transformarla en lo que siempre debió ser.

— ¡No le pegues, que te lo digo de verdad! — Empujaba con enojo a dos niños de cuatro y cinco años, con partes de lince y ardilla, que jalaban las orejas de una compañerita, una conejita con moños, en el patio de la guardería llena de híbridos en la que había caído.

— ¡Maestra! — Los pequeños Beta lloraban al caer al suelo, mientras ella les hacía frente defendiendo a su colega. A esa tierna edad, solo habían mutado los iris en sus ojos; pequeñas joyas que comenzaban a mostrar su espectral fulgor de insecto, helando la sangre de todos.

— Otra vez, señorita Belmonte. Ya se lo habíamos avisado —, la tomó por su brazo la cuidadora del patio para arrastrarla. Poco le importaba que ella estuviera defendiendo a la más pequeña.

— No, no quiero que me metan en el cuarto, por... ¡Por favor! — Temió al ver la instalación médica que se acercaba. La impotencia acumulada de tantas pruebas y análisis se transformaba en un enojo desbordante que no podía contener. — ¡No me encierre! — Sus ojos se volvían de un intenso esmeralda y su cabello se erizaba, como patas de insecto, listas para atacar.

— ¿Pero qué estás haciendo? ¡Dios mío! — Horrorizó la maestra al soltarla con un empujón. Llamando la atención de sus compañeros guardias, que corrieron a ayudarla con bastones de descarga eléctrica. Era la primera vez que veían un Alfa con sus propios ojos.

— Le dije que no quiero que... ¡NO QUIERO IR! — Ángela ordenó, en el momento en que su cabello enredó a la mujer, construyendo un capullo de tejidos con el color de la sangre.

— ¡Es la hija del diablo! — La señalaron todos, niños y trabajadores, huyendo por el patio cuando se manifestó. Ya existía el rumor de que su Despertar era muy inestable y peligroso, y por lo mismo la mantenían encerrada de tiempo en tiempo, para tratar de descubrir los supuestos arranques de sus habilidades únicas, nunca vistas en el modesto refugio, hasta ese día.

Cuatro enfermeros se arrojaron en su contra, llenándola de descargas eléctricas. Tenían terror de la niña de cinco años y no descansaron hasta verla inconsciente y humeando. Hasta que soltó a la cuidadora, ahora con la mirada perdida, babeando y sin movimiento alguno.

Días después, su única amiga y tutora, la maestra psicóloga pediatra Celina Cruz, llegaba al instituto para dejarla libre. Estaba furiosa por el incidente y cómo lo habían manejado. Nadie había seguido los protocolos que ella les dio para atender a niños Alfa, como su protegida.

— No es culpa de ella, ¿lo entendéis? — Discutían dos siluetas con acento andaluz, detrás de una gran ventana con una persiana cerrada, horas después de haber salido de esa última institución.

Ángela la esperaba, temblando y en shock, observando los hematomas frescos en su piel. Su búsqueda de igualdad ya la había metido en muchos líos últimamente. La oficina de su amiga Celina, su primer recuerdo desde bebé, era el único lugar que ella sentía como un hogar. Desde pequeña, la apodaron "la hija del diablo" mientras la reubicaron en varios refugios de híbridos. A pesar de ser amable y empática, su Despertar le había tejido una telaraña de víctimas, doctores y maestras en un estado catatónico tras intentar controlarla. Una tragedia que se repetía por toda Hispania, desde que sus mentores la encontraron.

— Necesita moverse, saltar y compartir. Aislarla... ¡Se los dije! ¡Esto no es nuevo, ya ha pasado en tres refugios! — La defendía con gran pasión, azotando su móvil contra el escritorio. — ¡Es que son unos inútiles, de verdad! Les doy las instrucciones paso a paso, y nada. ¡Qué vamos a hacer, Raymundo!

— Y yo qué sé, Celina... —. Suspiraba la silueta de un hombre con sombrero militar, retrocediendo un poco para rascar su calva frente. — Mira, que tú no deberías estar metida en esto. Fue un riesgo muy grande dejarte encargada de su caso, mujer.

— Lo sabes muy bien. Solo yo puedo entender lo que le pasa, sus feromonas y su Despertar. ¡Que no podemos seguir así! Esconderla en el sistema fue mala idea. Le prometimos a su padre que la ibas a cuidar, ¿lo recuerdas?

— Sí, sí —, le dio la espalda para descansar en una de las sillas de su despacho. — Eres la mejor de todo el país, chiquilla, por eso eres la directora de los Refugios. ¿Qué se te ocurre a ti? ¿Qué hay que hacer? Son demasiados accidentes y nos van a pedir una solución "definitiva". ¡Ya verás!

— Bueno. Si tú de verdad piensas que soy la mejor. Si de verdad lo piensas, corazón mío. Como la máxima autoridad te lo digo: ella es la híbrida más complicada y poderosa que hemos encontrado —, meditó al tomar una fotografía de su escritorio. — Solo el cariño constante de una familia puede darle la vida medio normal que les prometiste... "Nuestra familia".

— ¿Nuestra familia? — Cayó de la silla, por la locura.

Sin más, la puerta se abrió y la discusión acabó. La niña, pensando en el próximo paso de su hilo divino, solo se cubrió temiendo otro maltrato. Quedó petrificada al sentir a su amiga, la única persona que la había arropado, abrazándola y anunciando que pronto sería ¡su mamá!




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