The Prophet.3: Vigilante

Capítulo 20: Al final

Empezó con una reacción. No supo cómo. Ni siquiera importó el porqué. Pero, con el veneno que habían derramado en su espalda, Jim Sainz apenas pudo percibir al alacrán acechando a Ángela. Con cada respiro que luchaba, acercándose más y más a ella, en una velocidad que superaba con creces los reflejos de la prodigiosa atleta.

— ¡Ángela! — Con eso en su mente, él la llamó sin poder gritar, para que las entidades, los tentáculos que explotaban de sus muñecas, diseñaran en su lugar la respuesta. La forma de evitarlo.

A su debido tiempo, todo lo que supo y sintió, fue la sangre del Otomitl cubriéndolo. Fijando los temblorosos ojos de Ángela, que lo veían ahora, como: un Monstruo.

Era tan irreal. Sin control. Todo lo que sabía: Era que la vida era algo valioso. Un tesoro que había que cuidar. El lema de su madre como un péndulo en su cabeza recriminando. Pero sus serpientes sobreprotectoras habían sido veloces, un relámpago en busca de una salida. Su mamá le había enseñado mejor, puso toda su confianza en él, pero al final, poco importó.

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Jim se desmoronaba. Y, para evitar que la vergüenza y el arrepentimiento lo devoraran por completo, un destello ocre capturó sus sentidos, forzándolo a abrir sus ojos viperinos.

— Cuidado, Nazz —, deslumbrado por la fuerza de su amigo, susurró al recuperar el aliento.

El Cuervo desataba toda su fuerza para detener al narco que había mutilado a Jim, sin importar el dolor de sus nudillos rotos. Nazz se lanzaba al aire con explosiones bajo sus pies, saltando y esquivando como un ave de presa, mostrando una agilidad asombrosa. Sus explosiones color óxido le daban tal velocidad que lograba rodear a Gaspar Junior, impidiendo que este pudiera manipular la neblina de polvos rojos sobre la iglesia-orfanato.

— ¿Jim? — Nazz lo vio desde el filo de sus ojos, sin descuidar la pelea, concentrado en terminarla. Un solo error podría convertirlo en esclavo del narco.

— Tengo que... ¡Graaaah! — Chilló Jim al recibir la ola de agonía en sus brazos desechos, con sus pulsantes músculos intentando sanar los huecos que dejaron la extracción de sus serpientes.

— Tranquilo, ¡relájate, insecto! — Kyóko se acercó rápido, sujetándolo con fuerza para detener sus espasmos, intentando no hacerle más daño, mientras ignoraba el dolor de sus propias heridas. — Rayos, se acabó la medicina —, dijo, sin ninguna hipodérmica extra en las bolsas de su chaleco. — ¿Qué debo hacer contigo? — Se murmuró, notando cómo Nazz perdía el ritmo. Cada golpe que daba no importaba; todo era rápidamente curado por el Elfo. Y supo que no aguantarían mucho más. — Hybrid, tengo que ir a salvarlo. Así que... ¡No mueras! — Le rogó, usando el alias que le había asignado para la misión.

Kyóko conocía cuando una batalla estaba perdida. Encendió una de sus colas de fuego y se lanzó en un ataque feroz, capaz de convertir a cualquier híbrido en cenizas.

El intenso calor y el dolor de sus heridas reclamaron a Jim una vez más, llevándolo a guardarlo dentro de sus recuerdos, donde intentó protegerse en lo profundo de su mente.

— ¡Ya, por favor! No puedes seguir así. ¡Quédate quieto, Jimmy! — Ahora veía a su madre, mientras intentaba levantarse de una fría mesa de aluminio. Tres mini drones esféricos recorrían su cuerpo, analizando el secreto debajo de su piel, con escamas de negro obsidiana en las muñecas, el esternón, los hombros y la boca abdominal. — Ves, funciona. Los resultados de Sarita fueron... —. Se detuvo la doctora al notar una marca en su espalda, la costra de un latigazo que el niño de ocho años trataba de esconder desde el inicio de su revisión semanal. — ¿Qué es esto? — Intentó tocar su herida, casi sufriendo el mismo dolor que él había tenido que soportar.

— Me volví a pelear... ¡Okey! — Se levantó de golpe, ajustándose la camisa del uniforme, con el cuerpo marcado por las cicatrices de una brutal golpiza que le habían dado diez compañeros, con varas y cables. Aunque el daño había sido fuerte, su adormilado Despertar hizo que, en solo media hora, la golpiza se redujera a esa marca solitaria. — Me hartaron, te estaban diciendo bruja y... ¿Por qué nos metiste aquí? ¿Por qué quieres ayudarlos? ¡Todos son tan malos y tontos! — Jim pateó y lloró, mientras sus colmillos de serpiente comenzaban a afilarse. Su frustración quería liberar el salvajismo que la medicina de su madre estaba tratando de controlar.

— Ya, ya —, contuvo la tormenta en su cabeza, al sujetarlo en un abrazo—. Nadie puede imaginar lo que vas a hacer, Jimmy. Tú estás encima de sus groserías —tomó su carita—. Dios, eres igualito a él... Yo también le preguntaba lo mismo. Y, ¿sabes qué me decía el menso de tu padre?

— ¿Mi papá? — Se sorprendió. A ella le costaba mucho hablar de él; era su tabú.

— Porque solo yo puedo, muñeca —, imitó a su esposo, su voz y pose de superhéroe que la hacían sentir tan segura. — Ji, ji. Solo porque él podía. El presumido creía que era el único capaz de mejorarlo todo —, se detuvo a llorar, al recordarlo. — Ay, Jimmy. Personas como él, como nuestra familia, podemos cambiarlo todo. Porque... — Jim corrió a darle un pañuelo.

— ¡Porque somos más listos que todos ellos, mamá! — La interrumpió, secando sus lágrimas y apretando su puño. Estaba harto de dar la otra mejilla, como ella tanto le pedía.

— No... No, mi vida —, Mari sujetó sus manitas vibrando, asustada por su coraje.




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