Dos gigantescas hormigas pretorianas, con exoesqueletos rojos que crujían, se contorsionaban con furia al liberar sus musculosos cuerpos emplumados de águila. Ángela hacía piruetas y patadas voladoras, feroces y rápidas, para mantener a raya a uno de los Alfas artificiales, mientras un chillido infernal retumbaba en el aire. A su lado, Fray Arcángel montaba al otro insecto como si fuera un corcel salvaje, sujetando su cabeza con una legendaria llave de lucha que hacía a la Quimera doblegarse hacia atrás.
— ¡Por aquí, aquí, comadrita! — Amaya, con su magullado tío en una silla de oficina con ruedas, y cuatro huérfanos Beta, observaban a Angie curando a los dos alumnos favoritos de Iram, al mantenerlos cerca de la desagradable frecuencia del altavoz supresor, que su amigo Jim les había fabricado, sostenido encima de la cabeza de su orgulloso tutor reportero.
— Vamos, vamos muchacho. Un poco más –. Ángela pedía al afligido Alfa artificial, que temblaba de agonía al recuperar su verdadera forma. La atleta llena de esperanza, no podía creer que por fin, Jim lo había descifrado. Apenas habían pasado veinte días desde que lo conoció, desde que le había hablado de la cura. — Pequeño, eres milagroso —. Le sonrió a punto de liberar al aguilucho.
Solo faltaban un par de minutos para curarlos. Pero, un derrumbe en la entrada de la iglesia desató una explosión sónica brutal, un trueno que lanzó a todos al suelo, dejándolos aturdidos, mientras sus cuerpos vibraban hasta sus huesos. El fantasmal aullido hacía polvo de manera instantánea el exoesqueleto carmesí de los "Cadetes del Aire", junto a todo el Typhonio artificial que mantenía esclavizados a los niños, cercanos a la zona de impacto del inesperado estallido.
Minutos después, cuando el eco del alarido espectral se desvaneció por completo. Vanessa abrió los ojos, jadeando. Su hermano, agotado y de rodillas, la revisaba con ojos de halcón, llenos de nervios. A su alrededor, entre rocas y oficiales liberados, los destellos que iluminaban el cielo color rojo, mostraban que la tormenta del Elfo no daba señales de terminar.
— Despacio Tsuru Chan, despacio —. Hawk suplicaba a la grulla, que luchaba con desesperación por hacer el más mínimo sonido. Su voz se negaba a salir. — Tranquila. Eres un orgullo para nuestra familia. Nos salvaste a todos —, le explicó al señalar a los policías ilesos. Una sábana blanca manchada de sangre cubría un gran montículo a sus espaldas. — Por desgracia, el señor armadillo no lo logró —, suspiró, sufriendo profundos rasguños que sangraban por todo su cuerpo. El sudor en su frente le indicaba a su hermana que él tambien batallaba por mantenerse en pie. La grulla se levantó, su corazón latiendo a mil, para revisarlo preocupada.
— Shisa, ¡muchachos! — De inmediato, Angie saltó a abrazarlos, seguida por su familia y Fray Arcángel, con los aguiluchos apoyados en el padre para caminar. Leo Montoya, desde su silla, discutía con él, qué debían hacer ahora. Vanessa, muda, solo giró los ojos al sentir el apretón de su nueva compañera. Su hermana saludaba tímidamente a Hawk, que apenas levantaba la mirada. — Les dije que traería ayuda — , señaló la atleta a la bocina en manos del tío Leo.
— ¿Pero qué fue ese trueno? — La güera preguntó, resintiendo sus oídos. — ¡Eso los curó más rápido que el altavoz de su colega! — Se detuvo a mirar a los aguiluchos, que sonriendo le mostraban su recuperación. Cuando Vane trató de explicarle todo, pero el dolor la detuvo.
— Relájate Tsuru. Yo lo hago —. Hawk la sujetó, evitando que siguiera forzando su garganta. — Su Despertar, es un canto puede destrozar el hormigón.
— Como dijo tu colega comadrita —, Amaya volteó a su hermana. — El sonido, un chillido fuerte puede acabar con la droga, tía—, sus ojos brillaron al ver una solución. — ¡Que esta mujer puede acabar con todo esto! — Dio una fuerte y confiada palmada en la grulla Vigilante, que, en su condición, no pudo más que escupir otra bocanada de sangre.
— ¡Tenga cuidado, Montoya San! — Hawk sujetó a Vanessa. — Tsuru no puede continuar así —. Recostó a la grulla, que avergonzada movía su cabeza tratando de ocultar lo mal que estaba. Mortificando a la rubia por su descuido.
— Soy una tonta. Oficiales, una camilla ya. ¡Por favor! — Con la voz de Amaya, los policías que quedaron vivos llamaron a las ambulancias para salvar a los heridos. Cuando un huérfano Beta empujó a Leo, que silbaba tan fuerte que todos se giraron sorprendidos.
— ¡Atención, gente! El niño ha hecho unas cosas increíbles para curar a los críos que el Elfo envenenó —, exclamó, levantando el altavoz de Jim. — Y ahora está ahí, arriesgando su pellejo por todos nosotros. Así que, no hay otra. ¡Tenemos que ayudarlo a acabar con ese cabrón!
Como si sus palabras fueran el detonador, el Polvo de Hadas comenzó a moverse en el aire, retrocediendo y limpiando el cielo, hasta revelar un atardecer de nubes negras. Los ojos metálicos de Ángela captaron una intención color olivo, arrinconada e iracunda, que la llenó de terror. Era la misma presencia que la había estado acechando en su mente durante todo ese día.
— ¡Jim... Nazz! — Apretó los ojos, sintiendo un intenso dolor. — Tenemos que ayudarlos... ¡Aieee!.
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Momentos bastaron para que un invencible destello cobrizo emergiera del vórtice de polvos, detonado por la reunión de toda esa sustancia. Quería incendiarlo todo.
— Nazz, eso no va a servir. ¡No seas tonto! — Gritaba Jim, apretando el ojo de cristal que el espectro de la cabra le había facilitado para contemplar el exterior de su mente. — ¡Déjame salir! Ese tarado se va a volar en mil pedazos —, exigía a la entidad de sombras, tratando de entender las acciones del cuervo, cuya valentía disfrazaba su deseo de muerte. ¿Cómo podía pensar que su vida era menos valiosa que la de Kyóko o la suya?. — ¡Todos tenemos que vivir! — Chilló, elevando el orbe de mineral, listo para destrozarlo. Mientras cuernos formados por humo gris comenzaban a coronar su frente. Su preocupación se convertía en un punzante apetito, demandando por ser satisfecho.