The Prophet.3: Vigilante

Capítulo 22: Tabula Rasa

Destino. El gran unificador había girado su rueda implacable, aplastando todo a su paso. Con un estallido frenético, un destello de bronce que silenció el hipnótico zumbido del Elfo, dejando a los tres nuevos Vigilantes cubiertos de cenizas y escombros. Jim Sainz, exhausto, apenas logró ver a la comandante Kyóko, serena y segura sobre sus piernas. La viborilla había evitado que la prueba que ella misma había diseñado, se convirtiera en su final.

— Me... Menos mal, Sensei —, suspiró al quedar dormido, contento por ver a todos vivos.

— No, no puede ser... ¿Sigues respirando? — Se dio cuenta Nazz, al observar al Elfo tirado en el centro. Su cuerpo, carbonizado, mostraba su forma original, un gordo de veinte años con quemaduras de tercer grado cubiertas por lo que quedaba de su disfraz de Peter Pan. Sin su pierna y brazo derecho. — Desgracia.. —. El cuervo se desvaneció, vencido por su gran fiebre, pensando que habían sido muy suaves con él.

— Chicos, lo... lo hicimos —, sonrió Ángela, soltando lágrimas al ver a los sobrevivientes acercarse. Amaya la saludaba, y los niños del padre Iram estaban atrás, emocionados. — Gracias, Virgencita de la... Cabeza —, se quedó dormida, calmando su punzante jaqueca.

— Fui muy duro con ustedes, hijo —, reconoció el padre Romeros, ahora sin su piel metálica, con su complexión cotidiana. Mientras uno de sus niños Beta le ayudaba a caminar. — Joaco debe estar muy orgulloso de ustedes —, se dirigió a Shisha Hinotori como mirándolo, a pesar de la venda en sus ojos.

— ¿Lo conoce? — Sorprendió el halcón junto a la grulla muda, al escuchar el nombre de su padre, cuando las sirenas los rodearon.

En su inconsciencia, la mente de Ángela purgaba los lazos que había tenido que forzar los días anteriores, refugiándose en un recuerdo reciente: la fogata que Kyóko había encendido en el patio de la iglesia, para ellos. Una velada en honor del nivel alcanzado, antes de su examen final.

— Es cierto, los Alfas estamos hechos para sobrevivir... ¡Jo, jo! — Las risas de su maestra dominaban esa noche, orgullosa de los primeros alumnos que había logrado formar. — Y si quieren controlarse por completo, deben conocerse. Pero eso, incluso a mí, me tomó años.

—¿Controlarnos? — Se ofendió Jim—. Pero si esto, ¡es una maldita peste! — Gruñó al alzar sus garras inquietas.

— No, Jimbo Dono... ¡Tú eres tú Despertar! — La mirada asesina de Kyóko lo detuvo, evitando que estallara otro enfrentamiento. — Basta. No quiero manchar esta ceremonia con tus quejas —, lo ignoró, obligándolo a sentarse, sobando sus muñecas, inquieto y concentrado en mantener a las entidades dormidas. Dejando a Ángela preocupada, ella conocía muy bien la intensidad de sus entidades. Al momento en que Nazz sonreía, sus hermanos postizos aparecían, como sombras vivientes, cargando tres largos collares ceremoniales. — Ahora, para que puedan conocerse, primero deben aprender su propio nombre. Y nosotros vamos a ayudarlos.

— ¿Esos son rosarios? No, no. ¡Soy católica! — La atleta se levantó, reconociendo las reliquias.

— Tranquila, Belmonte San. Esto no es algo religioso —, sonrió el halcón para relajarla.

— Ni creas que voy a ser tu soldadito, Kyóko —, dejó claro Nazz, pensando en salir de allí.

— Ruidoso. Ya siéntate y escucha —, le dijo la grulla dándole una condescendiente patada.

— En nuestro hogar, darle nombre a algo significa "hacerlo realidad". Para nosotros, los hijos del clan Hinotori: Tsuru, Hawk y Kitsune, será un honor apadrinar su camino —, Kyóko tomó uno de los tres largos collares que cargaban los hermanos. — Permítannos forjar su Kotodama.

— ¿Koto qué? — Nazz giró su cabeza, cuando Vanessa se puso frente a él, con sus brazos extendidos.

— Esta es la ceremonia que íbamos a hacer antes de que te fueras, Asim —, le colocó un collar en su hombro derecho, con ciento ocho cuencas rojas sobre una gruesa cuerda blanca. La grulla sonreía en una mezcla de orgullo y timidez. — Asim Al-Nasr, te regalo el Kotodama: Overdrive, la Explosiva Sobremarcha... ¿Lo aceptas? —, le dijo, dándole un beso en la mejilla.

— Es la canción que no terminamos, ¿no? —, conmovido, lo aprobó.— ¡Está genial, gracias! — Contempló el regalo, mientras Kyóko avanzaba a ofrecer otro collar Nenju a la viborilla regañada.

— Santiago "Jim" Sainz, yo te honro Kotodama: Hybrid, la Bestia del Equilibrio... ¿Aceptas el reto?

— ¿Híbrido? Ese fue el término que mi mamá le dio a los alterados —, recordó a su principal ídolo, apretando sus puños vendados. — Está bien. Pero solo para recordar la promesa que le hice... ¡Yo voy a ser el último alterado! — Agachó la cabeza mientras recibía el collar, con las cuencas brillando con los kanjis de su nuevo nombre clave, igual que Nazz—. Yo, ¡el Doctor Hybrid! — Exclamó Jim con emoción, como presumiendo su nuevo título a su inspiración, esperándolo en casa.

— ¿Híbrido, cómo los coches? ¿Ahora vas a ser ecológico, Jim? — Se burló su compadre.

— ¡Estúpido cuervo! — Le dio un coscorrón la maestra—. El nombre es perfecto, a mí se me ocurrió.

— Tú no eres doctor, pequeño —, enseguida lo codeó la atleta, molesta por su ego.

— Pero, Angie —, rascó su cabeza con vergüenza. — Yo tengo ese nivel... Je, je. Cuando termine nuestra cura, de seguro el señor Bondel me dará un honoris causa.

— ¡Ángela María Belmonte! — La nombraron en voz alta para interrumpirlos, cuando Shisa marchó militarmente frente a ella. — Te honramos con el Kotodama: Spinneret, Tejedora Carmesí... ¿Aceptas la carga? — Le ofreció su reliquia, junto con el aplastante peso que conllevaba.

La obligación ahora pesaba sobre sus espaldas. A pesar de la regeneración acelerada de la viborilla, les tomó una semana recuperarse de esa decisión. Ángela, Nazz y Jim no tuvieron la oportunidad de despedirse de quienes los habían ayudado. Su sensei, la bruja zorro, no tuvo tiempo para decir adiós, al igual que los hermanos de Nazz. No pudieron ver a su padre ni a los habitantes del Pueblito, que ahora los consideraban héroes. Mucho menos al reportero y su sobrina, a quienes Angie tanto deseaba tener cerca. Su paseo había terminado, y era hora de regresar a su enclaustrada realidad. De vuelta a la jaula, la función había terminado.




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