2020 - Bronx, Nueva York
1.
El despertador sonó a las 4:30 AM como un disparo en la oscuridad.
Mat abrió los ojos y sintió el peso de su propio cuerpo. Cuatro horas de sueño. Tal vez menos. Su espalda dolía por la pelea de la noche anterior. Su costado, donde el pandillero le había clavado el codo, palpitaba con un dolor sordo que se negaba a irse.
Se levantó. Se miró en el espejo del baño. Tenía una mancha violeta en el torso, del tamaño de un puño. No se curaba. No era como las películas. Sus poderes no lo hacían invencible. Solo le daban más resistencia, pero el dolor era real. Y se acumulaba.
—Otro día —susurró, y se puso la ropa de trabajo.
La obra estaba en el Bronx, a veinte minutos en metro. Una estructura de hormigón que crecía lentamente, como una planta de metal y cemento. El sol aún no había salido cuando Mat llegó, pero los obreros ya estaban allí. El ruido de las máquinas, el golpeteo de los martillos, el olor a polvo y sudor. Todo era normal. Excepto que Mat no se sentía normal.
—Vega, llegas temprano —dijo Héctor, el encargado, con una taza de café en la mano.
—Siempre llego temprano, jefe.
—Sí, pero hoy tienes cara de no haber dormido.
Mat se encogió de hombros. No tenía energía para inventar una excusa.
—Estudié hasta tarde.
—Claro. Los jóvenes y sus estudios.
Héctor no preguntó más. Eso era lo que Mat apreciaba del trabajo. Nadie hacía preguntas incómodas. Solo había que cargar, levantar, construir, callar.
El día se arrastró como siempre. Mat cargó sacos de cemento, subió andamios, mezcló mortero. Su cuerpo se movía por inercia, pero su mente estaba en otro lugar. En el moretón. En la pelea. En la chica a la que no pudo salvar la semana pasada, porque llegó tarde. En todas las veces que no había llegado a tiempo.
—Oye, Vega —dijo El Gordo Miguel, acercándose con una botella de agua—. ¿Te pasa algo? Llevas todo el día como ausente.
—No, Miguel. Solo cansado.
—Cansado es poco. Tienes cara de que te comió un perro y escupió los huesos.
Mat sonrió apenas.
—Gracias por la imagen.
Miguel se rió y le dio un golpe en el hombro.
—Échale ganas, muchacho. La vida es dura, pero tú eres más duro. ¿O no?
Mat no respondió. No sabía si era más duro. Solo sabía que estaba cansado.
2.
A las dos de la tarde, Mat salió de la obra. El sol caía vertical sobre el Bronx, calcinando el asfalto. Caminó hacia el metro con las manos en los bolsillos, los hombros caídos. Su mochila pesaba como si llevara ladrillos.
En el metro, se sentó junto a la ventana y apoyó la frente contra el vidrio. El túnel pasaba en un borrón de luces y sombras. Mat cerró los ojos. Solo por un momento.
Pero el momento se convirtió en un sueño.
Soñó que estaba en un callejón. Una chica grit. El corría, pero sus piernas no se movían. Las piernas eran de plomo, pesadas, inútiles. El grito se repetía. Una y otra vez.
—¡Vega! —una voz lo sacudió.
Mat abrió los ojos. Un hombre de traje lo miraba con desprecio.
—¿Te vas a bajar o piensas dormir todo el día?
Mat se levantó rápidamente. El tren se había detenido en su estación. Había perdido la parada.
—Lo siento —dijo, y salió del vagón.
Caminó hacia la universidad con el corazón acelerado. No por el susto. Por el sueño. Por ese grito que seguía escuchando en su cabeza.
3.
La universidad era un edificio gris y anónimo, igual que todos los demás en el Bronx. Mat entró y sintió el peso de las miradas. No todas eran hostiles. Pero las que lo eran, pesaban más.
—¡Oye, el nerd de los lentes! —la voz del Bulldog retumbó en el pasillo—. ¿Dónde está tu mochila? ¿La estás usando de almohada?
Mat no respondió. Caminó más rápido. Pero el Bulldog y su séquito lo alcanzaron.
—¿Qué pasa, Vega? ¿No tienes nada que decir?
Mat se detuvo. Se giró lentamente.
—Tengo mucho que decir —respondió, con voz baja—. Pero no vale la pena gastarlo contigo.
El Bulldog se rió. Sus amigos también.
—Miren al listo. Cree que es mejor que nosotros.
—No creo que soy mejor —dijo Mat—. Solo sé que no soy como ustedes.
Y se fue. Sin correr. Sin mirar atrás. Pero con los puños apretados.
En el aula, se sentó al fondo. El profesor comenzó la clase. Mat intentó concentrarse, pero su mente seguía en el sueño. En el grito. En la chica que no pudo salvar.
Al final de la clase, una chica se acercó a él. Era bajita, con el cabello recogido en una cola de caballo y una expresión amable en el rostro.
—Oye —dijo—, soy Valeria. ¿Te llamas Mateo, verdad?
—Mat —corrigió, sin levantar la vista—. Me llamo Mat.
—Mat. Bueno, Mat, te he visto en varias clases. Siempre estás al fondo, callado. ¿Por qué no te sientas con nosotros alguna vez?
Mat la miró. No esperaba esa invitación.
—No sé. Estoy ocupado. Trabajo, estudio...
—Yo también. Pero siempre hay tiempo para un café, ¿no?
Mat no respondió. No sabía qué decir.
—Piénsalo —dijo Valeria, sonriendo—. La próxima clase, si quieres, siéntate con nosotros.
Y se fue.
Mat se quedó solo en el aula, con su mochila pesada y un nudo en el estómago.
4.
Caminó de regreso a casa con el sol ya ocultándose. El Bronx se transformaba de noche: las luces de los letreros, las sombras en los callejones, la sensación de peligro flotando en el aire.
Mat no quería patrullar. Estaba agotado. Su cuerpo pedía descanso, su mente pedía paz. Pero algo lo empujaba. Algo que no podía ignorar.
Se detuvo en una esquina. Cerró los ojos. Escuchó.
Las sirenas lejanas. La música de un carro. Las risas de unos chicos en un callejón. El llanto de un bebé en un edificio cercano. El golpe seco de una puerta. Un grito.
Sus ojos se abrieron.
El grito venía de un callejón, a dos calles de distancia. Corrió.
Llegó en segundos. Una chica estaba contra la pared, con un hombre grande frente a ella. Tenía una mano sobre su boca y la otra apretándole el brazo. La chica forcejeaba. Sus ojos estaban llenos de lágrimas.