The saint "Shark Crime"

Cap 3 "Atraco al Banco"

2020 - Bronx, Nueva York

1.

El día había sido tranquilo.

Mat lo había notado desde que despertó. Una calma extraña, como el silencio antes de una tormenta. En la obra, Héctor le había dicho que trabajaba bien. En la universidad, las clases habían pasado sin incidentes. Incluso el Bulldog lo había dejado en paz.

—Algo va a pasar —susurró mientras caminaba a casa.

No sabía qué. Pero lo sentía.

2.

Esa noche, Mat se puso el traje.

La sudadera negra, el chaleco táctico, el pasamontañas con los dos agujeros oscuros para los ojos. Se miró en el espejo. La figura oscura que lo miraba ya no era un extraño. Era él. O una parte de él.

—El Santo —susurró.

Y saltó por la ventana.

El Bronx estaba tranquilo. Demasiado tranquilo. Mat patrulló durante una hora sin encontrar nada. Un perro callejero. Una pareja discutiendo. Un gato en una azotea.

—Tal vez hoy es un día aburrido —pensó.

Y entonces, escuchó el motor.

Un rugido profundo, potente, que no pertenecía a un coche normal. Mat se giró y vio una camioneta negra, sin placas, avanzando a toda velocidad por la calle. Detrás de ella, tres hombres con pasamontañas y armas que brillaban con una luz azulada.

—Tecnología CC —susurró Mat.

Los había visto en las noticias. Armas de la Organización C. Los guantes de choque. Los rifles de plasma. El tipo de cosas que no deberían estar en manos de pandilleros.

La camioneta se detuvo frente a un banco. Los tres hombres bajaron. Uno de ellos llevaba un guante metálico en cada mano. Los otros dos, rifles que zumbaban con energía.

Mat saltó de la azotea y aterrizó en el techo de un coche estacionado.

—Oye —dijo, con la voz distorsionada—. El banco está cerrado.

Los tres hombres se giraron.

El del centro, el más grande, llevaba un pasamontañas con una calavera dibujada. Se rió.

—¿Y tú eres el santo?

—Si lo soy, y también soy el q te va romper la cara.

El hombre levantó el guante. Una onda de energía azul se formó alrededor de su puño.

—¿Quieres probar esto, Santo?

Mat no esperó. Saltó hacia un lado. La onda de choque impactó contra el coche que había estado detrás de él. El vehículo salió volando y se estrelló contra una pared.

—¡Guau! —dijo Mat, con una sonrisa nerviosa—. Eso es nuevo.

Los otros dos levantaron sus rifles. Dispararon.

Mat esquivó. Saltó sobre un contenedor de basura, rodó por el suelo, se levantó y corrió hacia ellos. Era rápido, más rápido de lo que esperaban.

—¡Mátalo! —gritó el del guante.

Los rifles dispararon. Mat se movió entre los disparos como si estuviera bailando. Uno de los hombres lo miró con los ojos abiertos.

—¿Qué carajo eres?

—Soy un chico con suerte —respondió Mat, y lo golpeó en la mandíbula.

El hombre cayó. El segundo intentó disparar, pero Mat le arrancó el rifle de las manos y lo golpeó con la culata. Cayó al suelo.

El del guante se quedó solo.

—¿Quieres pelear? —preguntó Mat.

El hombre levantó ambos guantes. Una onda de choque más grande se formó frente a él.

—Tú no eres un héroe —dijo el hombre—. Eres un chico muerto.

Disparó. Mat saltó hacia la izquierda. La onda impactó contra el banco, rompiendo los vidrios de la entrada. Mat rodó y se levantó.

—¿Eso es todo? —preguntó, con la voz entrecortada—. He visto mejores golpes en...

El hombre disparó de nuevo. Mat no pudo esquivar completamente. La onda de choque lo golpeó en el costado y lo lanzó contra la pared.

El dolor era real. Su costado ardía. Se levantó lentamente.

—Eso sí dolió —dijo.

El hombre se rió. Levantó los guantes para disparar de nuevo.

Pero Mat ya se estaba moviendo.

Corrió hacia él en zigzag, esquivando las ondas de choque. Una pasó rozando su cabeza. Otra impactó contra el suelo a su lado. Mat saltó por encima de la tercera y se lanzó contra el hombre.

El hombre intentó golpearlo con el guante. Mat se agachó y le dio un puñetazo en el estómago. El hombre se dobló. Mat aprovechó y le golpeó la mandíbula.

El hombre cayó al suelo. Inconsciente.

Mat se quedó de pie, jadeando. Su costado ardía, pero estaba vivo.

—Bueno —dijo—. Eso fue...

Y entonces, escuchó el motor.

La camioneta negra arrancó. Los otros dos hombres, que Mat había noqueado, estaban dentro. Uno de ellos apuntaba un rifle de plasma.

Mat no tuvo tiempo de reaccionar. Dispararon. La explosión de plasma impactó contra el banco, derribando las columnas de la entrada. Los vidrios volaron por todas partes. Las personas que habían estado dentro salieron corriendo, gritando.

Mat corrió hacia ellos.

—¡Salgan! —gritó—. ¡Salgan rápido!

Sacó a dos ancianos que estaban atrapados bajo los escombros. Ayudó a una mujer con un niño a salir por la ventana rota. Mientras el banco se derrumbaba a su alrededor, Mat seguía sacando personas.

Cuando terminó, estaba agotado. Tenía el cuerpo lleno de cortes y magulladuras. Pero todos estaban a salvo.

Las sirenas llegaron. Bomberos, policía, ambulancias.

Mat se quedó un momento, observando. Uno de los bomberos se acercó a él.

—¿Quién eres?

Mat se quedó callado. Luego, sin saber por qué, respondió:

—Me llamo Santo, señor...

El bombero lo miró con respeto.

—Pues muchas gracias, Santo.

Mat asintió y saltó a la azotea más cercana.

3.

Al día siguiente, en la obra, todos hablaban de lo mismo.

—¿Viste lo que pasó en el banco? —preguntó El Gordo Miguel—. Dijeron que apareció El Santo y salvó a un montón de gente.

—¿Y los ladrones? —preguntó Carlos El Bori.

—Huyeron. Pero El Santo los noqueó a tres. Dicen que eran tipos armados con tecnología avanzada.

Mat escuchaba en silencio, cargando sacos de cemento. No dijo nada.

Héctor se acercó a él.

—Vega, ¿qué te pasó en el costado? Te veo como si te hubiera atropellado un tren.



#1592 en Otros
#302 en Acción
#64 en Aventura

En el texto hay: accion, superhroes, héroe callejero

Editado: 07.08.2026

Añadir a la biblioteca


Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.