The saint "Shark Crime"

Cap 4 "El tiburón reta al santo"

2020 - Bronx, Nueva York

1.

En un almacén abandonado al norte del Bronx, Tiburón observaba su creación con una sonrisa de satisfacción.

La armadura robótica se alzaba frente a él, imponente. Era plateada, con paneles azul eléctrico que cubrían el torso, los brazos y las piernas. En el pecho, un logo de tiburón blanco con la boca abierta, listo para devorar. Los puños tenían guantes con forma de mandíbula retráctil, dientes metálicos que podían desplegarse para desgarrar el acero. El casco era moderno, con un visor rojo y una inteligencia artificial básica que sus ayudantes habían programado con partes robadas.

—Es hermoso —dijo uno de sus hombres.

—Es una bestia —corrigió Tiburón—. Y va a destrozar al Santo.

Se puso la armadura. Los servomotores zumbaron al ajustarse a su cuerpo. Sintió el poder recorrer sus venas. Levantó un puño y golpeó una columna de concreto.

La columna explotó en pedazos.

—Perfecto —susurró.

Salió del almacén y subió a su camioneta negra. Sus hombres lo seguían. El motor rugió y la camioneta se lanzó a la calle.

—Vamos por el banco —dijo—. Y esta vez, El Santo va a venir a buscarme.

2.

En la universidad, Mat estaba en el descanso.

Había llegado temprano, con su mochila y su uniforme de El Santo guardado en el fondo. Siempre lo llevaba. Por si acaso. Por si pasaba algo.

Nunca pasaba nada.

Se sentó frente al televisor de la cafetería, con una botella de agua en la mano y la cabeza en otro lugar. Las noticias pasaban sin que él las mirara realmente. Noticias de política, de economía, del clima.

Y entonces, la pantalla cambió.

—Interrumpimos este programa para traerles una noticia de última hora —dijo el presentador, con la voz tensa—. Un grupo armado está asaltando el Banco del Bronx. Los atacantes llevan armas avanzadas y han destruido varios vehículos policiales.

La cámara enfocó la escena. La camioneta negra, los hombres armados, los policías en el suelo. Y en medio de todo, una figura plateada y azul que se movía como una máquina de guerra.

—El líder de los atacantes —continuó el presentador—, identificado como "Tiburón", ha lanzado un desafío directo a El Santo. Pide que se presente para enfrentarlo.

Mat se puso de pie.

La botella de agua cayó al suelo. No la recogió.

—¡El Santo, ven a buscarme! —gritó Tiburón en la pantalla, con la voz distorsionada por el casco—. ¡O destruiré todo el banco!

Mat sintió el corazón latir con fuerza. No era miedo. Era algo más. Una urgencia. Una necesidad.

Miró a su alrededor. Los estudiantes estaban pegados al televisor, horrorizados. Nadie lo miraba a él.

—Tengo que ir —susurró.

Salió corriendo de la cafetería. Los pasillos de la universidad pasaron a su alrededor como un borrón. Entró al baño, cerró la puerta con llave y abrió su mochila con manos temblorosas.

Se quitó la camisa y se puso la sudadera negra. El chaleco táctico. Las botas. Los guantes. Y finalmente, el pasamontañas.

Se miró al espejo.

La figura oscura que lo miraba tenía los ojos de alguien que estaba a punto de hacer algo terrible. O maravilloso. No sabía cuál.

—Tranquilo —se dijo—. Solo eres un chico con un traje. Nada que no puedas manejar.

Se puso la máscara.

Y abrió la ventana.

El tercer piso no era nada. Saltó y aterrizó en el suelo como si hubiera dado un paso. Corrió. Las calles pasaban a su alrededor. La gente se apartaba, sorprendida. Algunos gritaban su nombre: "¡Es El Santo!" Pero él no se detuvo.

Solo corría.

3.

El banco estaba en llamas.

No literalmente, pero parecía. Los autos policiales estaban destrozados, volcados, humeando. La camioneta negra estaba estacionada frente a la entrada, con los hombres de Tiburón apostados alrededor, disparando rifles de plasma.

Tiburón estaba en el centro, con su armadura plateada y azul. Sus guantes, con forma de mandíbula de tiburón, se abrían y cerraban con un sonido metálico. Sus zapatos tenían propulsores que lo hacían moverse más rápido de lo que debería.

—¡El Santo! —gritó, con la voz amplificada por el casco—. ¡Te estoy esperando!

Mat llegó corriendo. Se detuvo frente a la entrada del banco, jadeando.

—Aquí estoy —dijo, con la voz distorsionada—. Suelta a la gente.

Tiburón se giró lentamente. El visor rojo se iluminó.

—Santo. Pensé que no vendrías.

—No podía perderme esto. ¿Un tipo con armadura de tiburón? Es demasiado bueno para ignorarlo.

—No te estoy tomando el pelo.

—Yo tampoco. ¿Dónde está la gente?

—Dentro. A salvo. Por ahora. Pero si quieres que salgan, tendrás que ganarme.

Tiburón levantó un puño. Los dientes metálicos de su guante se desplegaron, como una mandíbula mecánica lista para morder.

—¿Listo? —preguntó.

—Nunca —respondió Mat.



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En el texto hay: accion, superhroes, héroe callejero

Editado: 07.08.2026

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