The saint "Shark Crime"

Cap 5 "Nuestro héroe ah caído"

EL SANTO - CAPÍTULO 5: LA ARMADURA

2020 - Bronx, Nueva York

1.

El banco estaba en llamas.

No literalmente, pero parecía. Los autos policiales estaban destrozados, volcados, humeando. La camioneta negra estaba estacionada frente a la entrada, con los hombres de Tiburón apostados alrededor, disparando rifles de plasma.

Tiburón estaba en el centro, con su armadura plateada y azul. Sus guantes, con forma de mandíbula de tiburón, se abrían y cerraban con un sonido metálico. Sus zapatos tenían propulsores que lo hacían moverse más rápido de lo que debería.

—¡El Santo! —gritó, con la voz amplificada por el casco—. ¡Te estoy esperando!

Mat llegó corriendo. Se detuvo frente a la entrada del banco, jadeando.

—Aquí estoy —dijo, con la voz distorsionada—. Suelta a la gente.

Tiburón se giró lentamente. El visor rojo se iluminó.

—Santo. Pensé que no vendrías.

—No podía perderme esto. ¿Un tipo con armadura de tiburón? Es demasiado bueno para ignorarlo.

—No te estoy tomando el pelo.

—Yo tampoco. ¿Dónde está la gente?

—Dentro. A salvo. Por ahora. Pero si quieres que salgan, tendrás que ganarme.

Tiburón levantó un puño. Los dientes metálicos de su guante se desplegaron, como una mandíbula mecánica lista para morder.

—¿Listo? —preguntó.

—Nunca —respondió Mat.

Y la pelea comenzó.

2.

Tiburón se lanzó hacia él con una velocidad que no esperaba. Los propulsores en sus zapatos rugieron, impulsándolo como un torpedo. Mat esquivó por milímetros, sintiendo el aire desplazarse a su lado.

—¡Rápido! —dijo Mat, rodando por el suelo y levantándose—. Pero no lo suficiente.

Tiburón giró con una agilidad que su armadura no debería permitir. La inteligencia artificial compensaba sus movimientos, calculando cada paso. Los guantes de Tiburón se activaron con un zumbido, los dientes metálicos relucientes bajo la luz de los faroles.

—¡Toma esto! —gritó, y lanzó un puñetazo directo al pecho de Mat.

Mat levantó los brazos para bloquear. El impacto fue como ser golpeado por un camión. Voló por el aire y se estrelló contra un coche policial. El metal se hundió bajo su peso, el cristal de las ventanas estalló en mil pedazos.

—Eso me dolió —dijo, escupiendo sangre.

Tiburón se acercó lentamente, con una pisada pesada que hacía vibrar el suelo. Las luces de la armadura parpadeaban, como si el propio traje estuviera disfrutando del espectáculo.

—¿Ya terminaste? —preguntó, con una risa metálica—. Pensé que los héroes duraban más. ¿Dónde está tu discurso motivacional?

Mat se levantó con esfuerzo. Su cuerpo dolía, pero no podía rendirse. No aún. Arrancó la puerta del coche destrozado y la usó como escudo. El metal estaba doblado, pero era lo único que tenía.

—No he terminado —dijo, con la voz entrecortada—. Todavía no.

—Entonces terminaré yo.

Tiburón levantó ambos puños. Los guantes comenzaron a brillar con una luz azul intensa, las mandíbulas metálicas vibrando con energía acumulada.

—¡Adiós, Santo!

La onda de choque explotó desde sus manos. Mat levantó la puerta para protegerse, pero la fuerza era demasiado. La puerta se dobló como papel, el metal se retorció y lo lanzó hacia atrás, enterrándolo contra el coche. El metal crujió a su alrededor, atrapándolo entre los restos retorcidos.

—¿Y ahora? —preguntó Tiburón, acercándose con pasos lentos.

Mat forcejeó para liberarse. Sus músculos ardían. La máscara se había corrido, dejando ver parte de su rostro. Logró salir justo cuando Tiburón lo agarraba por el cuello con uno de sus guantes metálicos.

—Eres terco —dijo Tiburón, apretando—. Pero terco no es lo mismo que fuerte.

Lo levantó por el cuello y lo lanzó contra la fachada del banco. Mat impactó contra el hormigón, rompiendo los ladrillos con un estruendo. Cayó al suelo entre los escombros, con el cuerpo destrozado, la sangre empapando su sudadera.

—Levántate, Santo —dijo Tiburón, levantando sus guantes—. Quiero verte sufrir. Quiero que todos vean que su héroe no es más que un chico con un traje barato.

Mat intentó levantarse, pero su cuerpo no respondía. Sus brazos temblaban, sus piernas no sostenían su peso. Tiburón disparó otra onda de choque, esta vez contra la fachada del banco. Los escombros cayeron sobre Mat, sepultándolo bajo toneladas de hormigón y polvo.

El silencio se extendió por la calle.

La gente miró, horrorizada. Algunas mujeres lloraban. Los niños se aferraban a sus padres. Los policías no se atrevían a moverse. Tiburón se quedó un momento, observando los escombros, con los puños aún humeando.

—El Santo —dijo, con desprecio—. Un héroe para los débiles. Mírenlo. Enterrado como un perro.

Subió a su camioneta. Sus hombres lo siguieron, cargando las bolsas de dinero. El motor rugió y se alejó, dejando tras de sí una estela de humo y desolación.

La gente comenzó a murmurar. Algunos lloraban. Otros miraban los escombros con incredulidad.

—Murió —susurró alguien.

—El Santo murió —dijo otro.

—No pudo con él.

Pero entonces, los escombros se movieron.

Una mano apareció entre los bloques de hormigón. Luego un brazo. Luego el rostro cubierto de polvo y sangre de Mat, con la máscara rota, la sudadera desgarrada, el chaleco carbonizado. Sus ojos estaban hinchados, su labio partido, su frente sangrando.

—No... todavía —susurró, empujando los escombros con toda su fuerza—. No puedo... rendirme.

Los bloques volaron a su alrededor. Se puso de pie tambaleándose, con una pierna medio doblada y el brazo derecho colgando inerte. La sangre goteaba de su mentón. Su visión se nublaba.

La camioneta de Tiburón se alejaba a lo lejos, apenas un punto negro en la distancia.

Y Mat corrió.

Saltó sobre un coche, luego sobre una valla, luego a la fachada de un edificio. Sus manos se aferraron al ladrillo y subió con una velocidad que no sabía que tenía. La adrenalina corría por sus venas, quemando cada fibra de su ser.



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En el texto hay: accion, superhroes, héroe callejero

Editado: 07.08.2026

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