The saint "Shark Crime"

Cap 6 "El santo se prepara"

2020 - Bronx, Nueva York

1.

Al día siguiente, Mat fue al trabajo como si nada hubiera pasado.

Los moretones en su rostro habían sanado más rápido de lo normal. Apenas se notaban. Su cuerpo aún dolía, pero ocultaba el dolor bajo la rutina de siempre: cargar sacos de cemento, mezclar mortero, subir andamios. La obra seguía su curso, indiferente a su derrota.

Pero los obreros no estaban indiferentes.

—¿Viste lo del banco? —preguntó El Gordo Miguel, mientras almorzaban—. El Santo cayó. Tiburón lo enterró vivo.

—Lo vi —respondió Carlos El Bori, con la voz baja—. Fue duro de ver. Ese tipo con la armadura... era demasiado.

—Pero el Santo volverá —dijo Héctor, con una seguridad que sorprendió a todos—. Ese chico no se rinde. Se le vio levantarse de los escombros. Intentó perseguir la camioneta. Eso no lo hace un cobarde.

Mat escuchaba en silencio, con la cabeza gacha. No podía evitar sonreír detrás de su máscara de normalidad.

—¿Vos crees, jefe? —preguntó El Gordo.

—Claro que sí —respondió Héctor—. Los héroes de verdad no se rinden. Y el Santo es un héroe de verdad. Lo he visto. Lo he sentido. Volverá.

Mat tragó saliva. Sentía un nudo en la garganta. No sabía si merecía esa confianza. Pero sabía que no podía defraudarlos.

—Ojalá vuelva pronto —dijo Carlos—. El barrio lo necesita.

Mat asintió en silencio. Y siguió trabajando.

2.

Salió de la obra y fue directo a su casa.

El apartamento estaba vacío. Elena seguía fuera por el encargo. La nota seguía en la mesita de noche, como un recordatorio de su soledad.

Subió a su habitación y abrió el armario. Su traje estaba allí. Lo había cosido durante horas la noche anterior. No era perfecto, pero era funcional. Las costuras eran firmes, los desgarros estaban cubiertos, las manchas de sangre casi no se notaban.

Se lo puso. Se miró al espejo.

La figura oscura que lo miraba ya no era la misma de antes. Tenía marcas. Tenía cicatrices. Tenía la mirada de alguien que había sido derrotado, pero que había decidido levantarse.

—Hora de buscar ayuda —susurró.

Saltó por la ventana.

3.

Llegó a la universidad en minutos.

Saltó entre edificios como si hubiera nacido en las alturas. Cada salto era más preciso, más seguro. La práctica y el dolor lo habían vuelto más hábil. La derrota lo había hecho más fuerte.

Llegó a la residencia estudiantil, en el tercer piso. Escaló la fachada con una facilidad que lo sorprendió a sí mismo. Llegó a la ventana de Zasha y tocó el vidrio.

Toc. Toc.

Dentro de la habitación, Zasha levantó la cabeza. Estaba sentada frente a su computadora, con unos auriculares puestos y una expresión de concentración. Al ver la figura oscura en su ventana, saltó de la silla, asustada.

—¿Quién eres?

Mat levantó las manos en señal de paz.

—Tranquila. Soy yo.

—¿Yo? ¿Quién es "yo"?

Mat se quitó la máscara. Su rostro apareció detrás de la tela negra: magullado, pero reconocible.

Zasha se quedó en silencio, con los ojos abiertos.

—Tú eres...

—Sí, soy yo. Y vine a pedirte ayuda.

—¿Por qué yo? —preguntó Zasha, recobrando la compostura—. ¿No tienes al gobierno de tu lado? ¿No te apoyan los héroes de la Organización C?

Mat soltó una risa amarga.

—Eh... no. No tengo a nadie. Solo a mí mismo. Pero sé que estudias robótica, y necesito tu ayuda.

—¿Para qué?

Mat contó todo. Los guantes de choque, la armadura de Tiburón, la tecnología robada. Zasha lo escuchó en silencio, con los brazos cruzados.

—Te pagaré si quieres —dijo Mat al final.

Zasha negó con la cabeza.

—No quiero dinero. Ayudar a un héroe es genial. Acepto. ¿En qué hay que trabajar?

Mat sonrió. Sin la máscara, era una sonrisa cansada y genuina.

—Gracias

4.

Zasha pensó durante unos minutos. Se mordía el labio mientras procesaba la información.

—La armadura de Tiburón tiene un sistema de control —dijo finalmente—. Puedo apagarlo, pero necesito que conectes un USB directamente en la armadura. En algún lugar accesible. Una vez conectado, puedo acceder a su sistema y desactivarlo.

Mat asintió.

—¿Y cómo puedo acercarme lo suficiente?

—Eso es problema tuyo. Yo solo hago la tecnología.

Mat sonrió.

—Lo haré.

Zasha se levantó.

—En mi apartamento tengo herramientas mejores para fabricar el virus. Vamos en autobús.

Mat se puso la máscara de nuevo.

—¿Así? —preguntó Zasha—. ¿Vas a ir en autobús con esa pinta?

—Tranquila. Nadie me reconoce sin el traje completo. Esto es solo la máscara.

Zasha lo miró con una ceja levantada.

—Tú decides.

5.

Llegaron al apartamento de Zasha.

Era pequeño, pero estaba lleno de dispositivos, cables, soldadores y placas de circuito. Oliá a metal caliente y a electricidad.

Mat se sentó en el suelo y se recostó contra la pared. No podía evitar jugar con una pelotita de goma que encontró cerca. La hacía rebotar contra el suelo, una y otra vez. Le ayudaba a pensar.

—Oye —dijo, mientras observaba la pelotita—. ¿Podrías tomarme algunas cosas para hacer unas bombas de electricidad? Para sobrecargar el sistema de Tiburón.

Zasha lo miró desde su mesa de trabajo.

—¿Bombas de electricidad?

—Sí. Pequeñas. Que quepan en mi muñeca. Y un lanzador para ellas.

Zasha sonrió.

—¿Y por qué no me lo pediste antes?

Se levantó y comenzó a buscar entre sus cajas de componentes.

—Toma, aquí tienes lo necesario. Pero si te metes en problemas, no digas que fui yo.

Mat se rió.

—No creo que tenga tiempo de decir nada si me atrapan.

6.

Mat se sentó en una silla y comenzó a fabricar.

Conectó cables, soldó piezas, ensambló los componentes. Sus manos se movían con una precisión que sorprendió a Zasha. Las mini bombas de electricidad comenzaron a tomar forma: pequeñas esferas plateadas, con un interruptor microscópico.



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En el texto hay: accion, superhroes, héroe callejero

Editado: 07.08.2026

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