The saint "Shark Crime"

Cap 7 "Mat se prepara"

2020 - Bronx, Nueva York

1.

Mat estaba listo.

El traje nuevo ajustaba perfectamente a su cuerpo. Las mini bombas de electricidad estaban cargadas y listas en su muñeca. El USB con el virus descansaba en su bolsillo, esperando el momento exacto para ser utilizado. Todo estaba en su lugar.

Todo, excepto una cosa.

—Oye —dijo Mat, mientras se ajustaba la máscara—. ¿Me prestas tus audífonos?

Zasha levantó la vista de su computadora, confundida.

—¿Mis audífonos? ¿Para qué?

—Para el viaje. Necesito música.

Zasha soltó una risa.

—¿Música? ¿Vas a saltar entre edificios y vas a escuchar música?

—Sí. Me ayuda a concentrarme.

—¿Y no te da miedo que te distraiga?

—No. Me da energía.

Zasha negó con la cabeza, sonriendo. Se levantó y tomó sus audífonos de la mesa. Eran blancos, con un cable largo y una almohadilla suave en los oídos.

—Toma. Pero no los pierdas, ¿eh? Son caros.

—No los perderé —dijo Mat, tomándolos y colocándolos alrededor de su cuello—. Te lo prometo.

—Si los pierdes, te cobro.

—Lo sé.

Mat se puso los audífonos y conectó su teléfono. Escogió una canción rápida, con ritmo y energía. Subió el volumen. La música llenó sus oídos.

Y entonces, saltó por la ventana.

2.

El mundo cambió.

De repente, todo se movía al ritmo de la música. Sus saltos se sincronizaban con los golpes de la batería. Su respiración seguía el compás de la melodía. Cada movimiento era fluido, natural, como si su cuerpo estuviera bailando en el aire.

Saltó de un edificio a otro. El viento golpeaba su rostro. La ciudad pasaba a su alrededor como un borrón de luces y sombras. Se sintió ligero, libre, como si nada pudiera detenerlo.

—¡Esto es increíble! —gritó, aunque nadie podía escucharlo.

La música lo envolvía. Cada salto era un paso de baile. Cada aterrizaje era un golpe perfecto. Nunca había sentido tanta energía. Era como si la música le diera alas.

Llegó a un callejón y aterrizó con suavidad. Se quitó los audífonos y los guardó con cuidado. Sacó su mochila de una esquina y se cambió rápidamente. Guardó el traje, se puso ropa normal, y salió del callejón como un chico cualquiera.

Caminó hasta una hamburguesería cercana. Compró dos hamburguesas. Una para él. Una para Zasha.

Luego volvió al callejón, se puso el traje, se ajustó la máscara y saltó de nuevo.

3.

Llegó al departamento de Zasha en minutos.

Entró por la ventana, con las hamburguesas en la mano. Zasha lo miró con sorpresa.

—¿Trajiste comida?

—Claro —dijo Mat, quitándose la máscara y dejándola sobre la mesa—. No podía dejar que trabajaras con hambre.

Zasha tomó la hamburguesa y la olió.

—Huele bien. ¿De dónde es?

—De la esquina. La mejor del Bronx.

Zasha dio un mordisco y sus ojos se iluminaron.

—Está buena. No sabía que habías hecho una pausa para comer.

—No fue una pausa. Fue una misión secundaria.

Zasha se rió. Se sentaron en el suelo, apoyados contra la pared, y comieron en silencio por un momento. La noche entraba por la ventana, trayendo el rumor de la ciudad.

—Oye —dijo Mat, con la boca llena—. Gracias por todo. Por el traje, por las bombas, por el virus... por ayudarme.

Zasha lo miró. Había algo en sus ojos, un brillo que no era solo curiosidad.

—No tienes que agradecerme. Es lo que hago.

—Pero no tenías que hacerlo. Podrías haberme dicho que no. Podrías haberme ignorado.

—Y no lo hice.

—¿Por qué?

Zasha se quedó en silencio por un momento. Luego sonrió.

—Porque alguien tiene que ayudar al héroe. Y porque... no sé. Creo que todos necesitamos a alguien. Incluso los que creen que pueden hacerlo solos.

Mat la miró. No sabía qué decir. Solo asintió.

—Gracias —dijo de nuevo.

—Ya te lo dije. No me des las gracias.

—Entonces... ¿qué te doy?

Zasha sonrió.

—Otra hamburguesa. Mañana.

—Trato hecho.

4.

Zasha se levantó y volvió a su computadora.

—El virus ya está listo —dijo, señalando la pantalla—. El traje también. Las bombas también. Solo falta una cosa.

—¿Qué?

—Localizar a Tiburón.

Mat se sentó en el borde de la cama de Zasha.

—¿Cómo vamos a hacerlo?

Zasha se quedó en silencio por un momento. Luego, una idea cruzó su rostro.

—Esas armaduras robóticas... son demo de los CC, ¿verdad?

—Supongo que sí.

—Las armaduras demo siempre tienen un localizador integrado. Por si alguien las roba.

Mat se incorporó.

—¿Y entonces por qué los CC no han venido a recuperarla?

—Buena pregunta —dijo Zasha, frunciendo el ceño—. Tal vez no saben que fue robada. Tal vez no les importa. Tal vez están ocupados con algo más importante.

—¿O tal vez Tiburón encontró la forma de desactivar el localizador?

Zasha lo miró con sorpresa.

—Eso sería muy inteligente para un pandillero.

—Tiburón no es un pandillero cualquiera. Tiene contactos. Tiene dinero. Tiene recursos.

Zasha asintió.

—Pero voy a intentarlo. Tal vez pueda hackear la ubicación de la armadura sin que él lo note.

—¿Puedes hacer eso?

—Puedo intentarlo. Pero necesito tiempo.

Mat se recostó en la cama de Zasha.

—Tómate el tiempo que necesites. Yo espero.

Zasha se rió.

—¿Vas a quedarte ahí todo el rato?

—No, no. Oye, préstame tu baño. Quiero bañarme. Huelo fatal.

Zasha lo miró con una sonrisa burlona.

—¿Fatal? Concuerdo. Apestas.

—Gracias por ser tan directa.

—De nada.

Mat se levantó y caminó hacia el baño. Antes de entrar, se giró.

—No vayas a cerrar la puerta, ¿eh?

—No cierro la puerta. Solo me ducho.

—No me mires mientras me cambio —dijo Mat, con una sonrisa tímida.

Zasha se rió.

—No te preocupes. No voy a mirar.

5.

Mat entró al baño. Cerró la puerta. El agua caliente cayó sobre su cuerpo.



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En el texto hay: accion, superhroes, héroe callejero

Editado: 07.08.2026

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