Thorium: La Era Del Heroe

El Proposito

Tal y como la Doctora Delgado había dicho, el siguiente día fue muy diferente.
Su alarma sonó temprano, apenas eran las 4 de la madrugada, la computadora del despertador marcaba la palabra “Chequeo” en la pantalla titilantemente. Th se duchó y cambió con aquel uniforme blanco. En el pasillo ya los enfermeros la esperaban a ella, y otros cuantos pacientes más a lo largo de los corredores de los dormitorios. Con los ojos pesados se movieron entre pisos y ahí empezaría su nueva rutina…
…entraba a una sala donde los doctores le colocarían unos aparatos a su muñecas, frente y tobillos, para luego meterla en una gran maquina escaneaba todo su cuerpo con distintos lentes y elementos. Después de ello, venía un extraña charla junto a la Doctora Delgado y otros médicos. Intentaban explicarle el procedimiento y los resultados pero, poco era lo que Th comprendió aquel primer día. La siguiente tarea era un poco más sencilla de alguna forma, pues era la toma de muestras de sangre, orina, saliva y viscosidad ocular. Seguido, entraba en un sesión deportiva, donde los hacían estirar el cuerpo, los músculos, calentar, meditar incluso trotar por el campo de recreación. Seguido cada uno de ellos debía estar informado sobre el doctor que vería antes de la hora de receso de la mañana, para cuando estén desayunando le informaran su siguiente tarea. Para Th aquel primer día fue con el Doctor Heimlich.
Su acento marcado, y tosco lo hacía sonar como un cruel militar, La Doctora Delgado parecía intentar darle confianza a Th desde la zona segura tras la pantalla de cristal reforzado.
—como te explicó el docto Heimlich, el Torio es algo que, para ti es como, imaginar, respirar, es… natural—se escuchó por el parlante, Th se hizo una cola de caballo en el cabello mirando hacia el cristal—…no es necesario que te esfuerces demasiado en algo grande… solo intenta identificar el Torio dentro de ti.
La chica suspiró intentando suponer que lo que decía tenía sentido, aunque para ella no creía fuese algo tan natural en ella como se creía. Sin embargo, la duda siempre estaba presente para Th, no por inseguridad, sino por la constante tortura de no recordar quien era ella.
Cerró sus ojos tratando de ignorar ese sentimiento tan aturdidor, siguiendo los consejos de los doctores. Aquella enorme bola metálica de la maquina estaba justo sobre la muchacha que comenzaba a resplandecer, tras algunos destellos la maquina pitó, las luces parpadearon y le pidieron que parara.
En la hora del almuerzo, los brabucones aquellos sacaron a unos niños de una mesa. Th podía verlos desde la mesa en la que tomaba lugar, la chica de cabellos dorados a veces resplandecía como diamante.
Contempló su bandeja de almuerzo, al frente, más allá de un par de mesas ocupadas. Arthur Chang seguía espiándola, casi juraría que le estaba leyendo la mente. Las voces de Aurora, Cristian, Carla y el supuesto Gato la hacen reaccionar, se sentaban junto a ella.
—¡Hola, Th!—sonrió Cristian mostrando sus colmillos.
—¡Hey, Cristian!—le sonrió—que bueno verte de nuevo.
—¡Mañana tocaran los juegos!—soltó. —¡mañana podremos compartir más rato!
—¿Los juegos?
—Los juegos realmente son una forma de domesticarnos, adiestrarnos para convertirnos en campeones—interrumpió Gato con frialdad. Th lo observó.
—Es divertido—dijo Cristian con una sonrisa más pequeña y la cola caída.
—No se dejen engañar este lugar solo pretende querer protegernos, pero solo buscan darnos utilidad—agregó Gato comiendo una cucharada de arroz después.
Th guardó silencio para entender comentario con mayor profundidad. Pero la sorprende ver que una chica aparece de pronto sentándose con notoria molestia. —¡Que ladilla!—refunfuñaba.
—hola, María—sonrió Carla. María pareció desvanecer parcialmente alzando la mirada, Th comprendió que se hacía invisible o algo por el estilo.
—Hola—resopló— ¡lo siento, niños! La estúpida de Annie me disparó uno de sus rayos… me siento muy mal—se frotó la cabeza.
—¿rayos?—se le escapó a Th. La chica la miró y luego se volvió a frotar.
—Sí, de esos multicolores, deben tener algo, por que siento enferma—respondió. María tenía 17 años de edad, era apenas un poco más baja que Th, morena y de cabello ondulado.
—¿Annie lanza rayos?—preguntó Th, y luego hizo una breve mirada hacia donde estaba ella, junto a los brabucones.
—Annie tiene distintos dones, llegó aquí con una piel de diamante y ahora refracta distintos tipo de rayos—respondió María y luego bebió jugo intentando calmar aquellas nauseas.
—Sus colores cambian y tienen manchas—soltó Carla, Aurora la miró en ese momento tragando un poco de arroz.
—¿Qué significa eso?—preguntó la pequeña y Carla la miró también respondiendo:—No lo sé, es como los reflejos sobre el agua. Y motas negras.
—esos rayos provienen de la luz… no he escuchado que hablen que tipo de origen tienen sus habilidades…—se frotó meditando—…es curioso, pero parece una mezcla. Eso sería loquísimo, aún más hablando de Annie—miró a la chica en cuestión, pero desvió la mirada rápidamente cuando esta también lo miró a él.
—¿Mezcla?— preguntó Th tras unos segundos de silencio incomodo.
—Gato se refiere a una mezcla de genes, pero eso es ridículo, solo sigue conspiraciones locas de la Tv—argumentó María con una incredulidad que contrataba con lo rojo que se puso el rostro de Gato mientras sus ojos rayados destellaron tras los anteojos redondos.
—la confianza en exceso es debilidad—soltó tras suspirar y mover un poco de su almuerzo calmándose.
Pasaron grupos de enfermeros y médicos, acompañados por unos agentes de seguridad, que Th no había podido notar antes.
Llevaban un uniforme casi blindado con patrones antibalas ultra delgados y resistentes, una tela protectora cubría sus cuerpos, incluso usaban unos extraños visores. Tenían las siglas “A.P.S.”
Llegaron directo hacia donde estaba Arthur Chang, el comedor rompió en un silencio de solo murmullos. Solo volvió a la normalidad minutos después de que salieran acompañados por el paciente Arthur Chang.
Th comenzó a preocuparse de lo que realmente pasaba dentro de aquel lugar, de cuando en cuando se sentía como un lugar peligroso. La tarde la mantuvo ocupada entrando y saliendo a maquinas de gran tamaño. Durante los minutos de descanso o traslado veía a los otros pacientes. Carla parecía bastante tranquila, Th se calmó al ver Arthur Chang seguía estando bien, aunque igual de callado que siempre, su rostro lo delataba como que algo lo había hecho enojar.
Por la noche, en su habitación, tomó aquel cuaderno, el lápiz y se sentó en la peinadora blanca mirándose al espejo.
Gastó varios minutos considerando que escribir podría ayudarla. Escribió saludando, como si fuese una carta… su mano estaba temblorosa pero la letra no era fea, solo tosca pero rígida.
Tenía demasiadas ganas de escribir lo que sentía, pero no sabía por donde empezar, se apoyo sobre su mano golpeando el papel con la borra del lápiz.
—Ni siquiera sé que decir—suspiró echándose atrás arrastrando la silla, y poniéndose de pie. Se tiró a la cama, cayó como si pesara media tonelada.
Suspiró, y se cruzó los brazos sobre la cabeza sintiéndose vacía. —Ni siquiera sé que quiero.
Aquella frase se mantuvo con el paso de los días, practicas, estudios, se volvió rutina, ya no eran tan agotadoras, su destreza física mejoraba, el control de sus poderes era notable. Los doctores se lo decían... Pero ese tipo de logro la aliviaba temporalmente, como un analgésico de mala calidad. En los tiempos libres, los niños (Aurora, Cristian, Carla, Mónica) y los otros como Gato, María, entretenían la mente de Th, pero la soledad, era un constante recordatorio de vacío.
Th estaba viendo las caricaturas en la sala de la Tv, pasaba de media noche. Algunos se habían quedado dormidos en los asientos. Las enfermeras levantaban a Cristian, como si no pudiese despertar.
Th, se incorporó estirándose y bostezando—¡Estoy cansada! Que tengan buenas noches.—
—Al fin—dijo Gato tomando el control del suelo donde estaba Th.
Un Agente APS la acompañaba a los dormitorios, y antes de cruzar en una esquina se topo Arthur Chang, quien también era escoltado.
Ambos se miraron por unos segundos, jamás habían estado tan cerca. Arthur dedicó una mirada extraña, compasiva, y susurró— ¡Espero sean dulces sueños!
—ah, eh, igual—respondió Th torpemente, miró al joven alejarse y luego siguió su camino.
De nuevo en aquella habitación, sola, con el cuaderno en el pecho, acostada en la cama.
Tenía algunas pocas páginas, en ellas, ahora identificaba a una chica curiosa, con determinación y un poder por descubrir. Escribió un poco de lo que había experimentado en el día…
… lo mismo de todos los días, un deseo inexplicable de recordar… se sentía mareada, y comenzaba tener un dolor de cabeza que crecía progresivamente, hasta que finalmente se quedó dormida.
Los días se volvieron rutina, pero dentro de esa repetición, algo en Th comenzaba a cambiar. Las prácticas médicas y físicas ya no eran una tortura: su cuerpo respondía con agilidad, su mente con mayor claridad. Los doctores lo notaban. La energía que antes la desbordaba, ahora parecía obedecerla.
Durante una sesión de control, los sensores marcaron un pico inusual. Th había absorbido la energía de una descarga controlada, y sin proponérselo, la devolvió en forma de impulso lumínico. El impacto fue tal que los aparatos se apagaron por segundos. Desde entonces, los estudios se intensificaron.
—Es como si el Thorium en tu cuerpo funcionara como un catalizador solar —explicó el Doctor Heimlich, mientras la doctora Delgado asentía desde la zona segura—. Absorbes energía, la metabolizas, y la rediriges. No solo eso… tu resistencia ha aumentado. Tu piel, tus músculos… están cambiando.
Th podía sentirlo. En los entrenamientos, corría más rápido, soportaba impactos, y ahora lanzaba rayos de energía que extraía del entorno: luz solar, calor, incluso la electricidad de los aparatos cercanos. Su cuerpo era un reactor. Un canal.
Entre prácticas, seguía compartiendo con Aurora, Cristian, Carla, María y Gato. Las risas con los niños eran bálsamo. Pero en las noches, los sueños la perseguían: una guerra sin nombre, ciudades en ruinas, destellos esmeralda cruzando cielos estrellados, fuego que devoraba estructuras imposibles. Pesadilla aparecía entre los escombros, saltando como sombra viva.
Una noche, Th se presentó ante la doctora Delgado, con los ojos cansados y la voz quebrada.
—Necesito saber quién soy… no puedo seguir sin saberlo.
La doctora la miró en silencio, como si ya esperara ese momento. Le entregó los folletos de colores, los mismos que antes le parecían inútiles.
—Un paso a la vez, Th. Empieza por entender lo que eres… luego lo que fuiste.
Esa noche, en su habitación blanca, Th leyó. El primer folleto hablaba de las Peculiaridades: seres conectados atómicamente a elementos o energías del universo. Inrepetibles. Sus poderes podían escalar, pero los estudios apenas comenzaban. Ella era una de ellos.
El segundo hablaba de los Variantes G: humanos que, por evolución o trauma, despertaban habilidades dormidas. Mutaciones complejas, provocadas por el avance humano sin conciencia de su impacto.
El último, sobre los Muto: personas alteradas por agentes externos. Sus dones eran adquiridos, no innatos.
Th cerró los ojos. No sabía cuál era ella. ¿Peculiaridad? ¿Variante? ¿Muto? ¿Todas?
Desde ese día, se propuso dominar aún más. En cinco meses, su progreso era tal que los doctores la mencionaban como uno de los pacientes más destacados. Pero su mente seguía mostrándole ciudades que no podía nombrar, rostros que no podía recordar.
Una tarde, como siempre, Gato tenía el control del televisor. Las noticias interrumpieron la programación. Un reportaje anunciaba que la familia Chang había abierto un caso legal para sacar a su hijo de la A.G.E.N.E.H.
—¿Arthur?—susurró Th.
El video de seguridad era claro. Arthur comía helado con un amigo en una heladería de Ciudad Metropolitana. Un ladrón armado irrumpió, amenazando a ambos. Arthur reaccionó. Usó sus poderes telequinéticos y arrojó al criminal por la ventana. El hombre quedó gravemente herido.
La sala quedó en silencio. Todos miraron a Arthur. Él se levantó y salió sin decir palabra.
Esa noche, Th soñó con Pesadilla saltando entre explosiones, con fuego devorando estructuras, y una luz esmeralda que parecía llamar por un nombre.
Una tarde, cuando estaban libre Aurora jugaba con todos usando sus dones. Los hacia caer, los alzaba, y Th moría de risa con los gestos de sus amigos, María no podía resistirse incluso siendo la más seria.
—¡No te burles!—Chilló Gato apenas toco tierra firme, salió corriendo a abrazar el árbol cercano mientras temblaba.—¡Cárgala a ella!—señaló a Th. Ella se burlaba y negaba con la cabeza sin aliento.
—ven—se acercó Aurora extendiendo la mano hacia la muchacha. Th se negó pero la niña de cabello rubio insistió hasta convencerla.
Th sujetó la mano de Aurora, y sintió aquel extraño cosquilleo. —¡Ay, coño!—se escapó ante la extraña vibración a su alrededor.
Aurora sonrió diciendo—tranquila—poco después se alzaron en el aire. Th respiraba aceleradamente y repetía “No puede ser”
—¡Tranquila!—balbuceó Aurora aun sujetando a la chica mayor, que parecía preocuparse de la caída. —no me estoy sintiendo bien—agregó después como si estuviese ebria. Th la miró sorprendida y preocupada.
—¿Qué?—solo pudo decir antes de ver a Aurora desplomarse, Th pareció caer solo segundos después.
Hubo un grito entre sus amigos, pero Cristian saltó rápidamente a recibir a Aurora entre sus brazos. María cayó al suelo en su intento de atrapar a Th.
Los enfermeros llegaron rápidamente y las internaron varios días en observación. Th salió primero, y visitaba a Aurora con frecuencia, mientras en el patio todos teorizaban que había sido un ataque terrorista.
—¿ataque terrorista?—María arrugó la nariz cuando escuchó a Tom el de chico que alguna vez tuvo branquias.
—Supuestamente Annie está teniendo visiones—comentó susurrando—y había premunido un ataque a la A.G.E.N.E.H.
—¿Visiones? ¿Eso se puede?—preguntó Th.
—su poder no es convencional, va desde la fragmentación de luz, hasta la frecuencias magnéticas, incluso psíquicas…está chica es…—explicó Gato.
—¿Rara?—cuestionó Cristian echando el ojo hacia donde la mencionada estaba.
—…Peligrosa—concluyó Gato.
Th, la observó y en el mismo instante, Annie la miró a ella, con un gesto desafiante que no sabría explicar de donde venía tanto odio.
—¡nah! Debe estar mintiendo… a Annie le gusta la atención—dijo Tom intentando calmarse con el pan que se guardó del almuerzo.
Th miró a tiempo hacia Gato para verlo torcer los ojos.
Esa noche después de visitar a Aurora a su habitación, regresaba a los dormitorios. Arrastraba los pies preguntándose si el padre de Aurora pensará tanto en su amiga, como su amiga lo estaba haciendo, no dejaba de hablar de la sopa que su padre le hacia cuando se sentía mal.
En medio de la sala de tv estaba un grupo reunido viendo las noticias que siempre pone Gato en la TV, Th escucha que hablan de un enfrentamiento entre vigilantes y pandilleros pero pierde el interés al notar que Arthur la vigilaba desde la oscuridad.
¿Qué tanto me mira? (Se preguntó Th) arrugó la cara y siguió su camino meditando sobre la actitud del tal Arthur Chang.
“Capaz es un psicópata y solo le gusta curiosear en la cabeza de los demás” refunfuñó casi abriendo la puerta de su habitación con el escolta en el pasillo.
Ahí se le ocurrió. (¿Leer la mente? ¿eso podría funcionar?) Hizo la mirada al corredor preguntándose como llegarle a Arthur.
El vigilante la miró. Ella sonrió con vergüenza y cerró de nuevo la puerta de su habitación, dio un par de pasos pero se detuvo; jamás había hablado con Arthur Chang… ¿cómo le pediría el favor?
El vigilante enfermero y Th se miraron de nuevo.
—¿todo bien?—le preguntó ella asintió sonriente y regresó hacia el pasillo principal.
Su mente le decía que lo intentara, su alma también. —¿y si se molesta?—soltó al aire frenándose.
Sacudió la cabeza y siguió hacia el siguiente corredor, muchos regresaban a su habitación, al llegar a la sala. Solo estaba Gato y un par de los amigos de Tom, y Tom: el Variante que tenía la habilidad de adaptar su cuerpo.
—¿Qué hay?—saludó el amigo de Tom que tenía piel de reptil.
—¿y Arthur?
—¿Qué Arthur?—preguntó el mismo de piel de reptil. Tom y Gato miraron a Th, como si fuese extraño preguntar por el chico rico.
—¿Cuál más? Arthur Chang el pelirrojo—respondió.
—creo que ya se fue—dijo Tom buscando entre los muebles.
—Sí, ya se fue—certificó Gato sin quitar los ojos de la Tv.




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