Thrice

Capítulo 11: Siempre es “hablamos luego”

Estaba planeando con José los próximos viajes programados. Era martes, y el primero era ese viernes: tres días para recorrer cuatro países asiáticos. ¡Tres días!

—Pero... ¿cómo voy a estar todo el fin de semana sin ver a mi hija?

José rió y me enseñó facturas cargadas a la empresa. Facturas de una juguetería, de tiendas de ropa infantil y de alimentación infantil.

—Creo que se sentía culpable y decidió que también viniera tu hija con nosotros al viaje —me susurró.

—¿Qué? —Me ofendí, quizás demasiado—. ¡No, ni de coña, vamos, me niego!

—Avery, así la tendrás contigo —rogó José.

—¿Y rodeada de al menos cuatro adultos que no conoce? No, señor.

Miró a la puerta de la oficina. Después a mí. Puso los ojos en blanco. Desde luego quería ser conciliador.

—Como quieras —se acercó a mi oído y volvió a bajar el volumen—. Esto considéralo un... ¿por si acaso?

Afirmé con la cabeza un sencillo “vale”.

Ese día me quedé un ratito más familiarizándome con los gustos alimenticios del señor Osborne, hasta que recibí un mensaje de Christopher. Le envié otro en el que le decía que me pillaba trabajando. Y con un “entonces hablamos luego” se calló. Eso me sentó como un sorbo de vinagre: amargamente ácido.

—¿Acaso crees que no quiero hablar contigo y contarte por fin lo que siento por ti, o que tienes una hija? —Mi voz sonó rota cuando le hice esa pregunta al teléfono.

Desde el otro lado de la estancia me había escuchado un comprensivo José, que me miraba con lástima y comprensión.

—¿El padre no sabe que tiene una hija? —Se acercó a mí para preguntarme en voz baja.

Negué con la cabeza.

—Dejó claro que éramos solo amigos. ¿Cómo podía atarle así con algo que no pidió?

—Avery —me puso una mano en el hombro, comprensivo—, esas cosas minan las relaciones. Y tú estás enamorada de él.

Qué hombre más majo. Rompí a llorar en silencio tras apoyarme en su hombro, y me respondió acariciando mi espalda con cariño.

Oí una puerta, seguramente la del despacho de Evan Osborne. Oí un par de pasos hacia mí, que pararon en seco, y noté a José negar con la cabeza algo que no pronunció.

—¿Crees que estás de ánimo para volar mañana a Barcelona? —Oí a Evan decir con algo de dulzura.

Me aparté de los brazos de José con incomodidad. Mi mirada le preguntó por la sugerencia, aunque no fue él quien respondió.

—Señor —José se atusó un poco la camisa—, ¿esta vez no cogerá el A.V.E.?

Evan lo miró con severidad, en un gesto que le ordenaba no inmiscuirse.

Miré al señor Osborne y, con un brote de vergüenza espontánea, afirmé con la cabeza a su pregunta.

—Vete a casa, a estar con tu hija. Nos vemos mañana.

Una frase de tono seco con un gesto cariñoso: un toque suave de colegueo con el puño en mi hombro que me electrificó otra vez. Volví a asentir, y con eso me fui.

¿Por qué ese hombre me electrificaba cada vez que me tocaba? ¿Mi cuerpo me estaba avisando de que era peligroso? Contradictorio sí que lo era. Y esa mirada melosa que tenía, que inconscientemente me hacía apartar la vista de él... ¿Qué me estaba pasando?

Mandé un mensaje a Christopher. Debía decirle lo que sentía por él. Quizás fuera comprensivo y no me mandara a la mierda cuando se lo dijera.

<Tengo asuntos pendientes en el trabajo que requieren urgencia, no podré hablar con tranquilidad hasta mañana> me escribió.

Caray. ¿Ahora que me había envalentonado, en serio? Para el día siguiente quizás no me atrevería, o no podría hablar con él. Podría ser yo la ocupada entonces. Espera, sí. Al día siguiente iba a Barcelona con el señor Osborne.

Y la inercia me plantó en la puerta de mi casa justo en ese preciso momento.

Ivette me esperaba, acompañada de mi madre. Y raro era el día que no tuviera visita en casa si era mi madre quien se quedaba con la niña. Ese día solo estaba David.

—Tía Avery, ¿a que no sabes lo que haré en el cole?

Se me olvidaba que el niño de mis amigas ya estaba en primero de primaria.

—Dime, David.

—Mis mamás me han dicho que me apuntarán a baile y teatro —exclamó ilusionado—. ¡Así podré bailar bien con Ivette por siempre!

Afirmé conforme. Los niños siempre se han convertido en un bloque cuando están juntos. Si las clases de David iban a servirle a Ivette para aprender algo nuevo, bienvenido sería.

Mi madre se llevó a David consigo, y otra noche cenamos Ivette y yo solas.

Llevaba dos noches con la sensación de que faltaba alguien con nosotras, sentado a la mesa. Y era desde que le di a Evan Osborne las galletas celíacas que habíamos hecho Ivette y yo. Aquel encuentro marcó mi tranquila comodidad con una espinita acerca del padre de ella. Pero esa sensación no se iba del todo si me imaginaba a Christopher con nosotras, sentado a la mesa cenando. ¿Por qué? Era la persona que me venía a la mente de manera inmediata si pensaba de forma romántica. Y además, era el padre biológico de Ivette.

Oí un sonido de llamada que no reconocí, pero me acordé del teléfono analógico que me entregó José y lo busqué. Marcaba C. E. Osborne. Nombre compuesto. Genial. No tenía ni idea.

—Vamos a ver a un socio musulmán que tenemos en Barcelona. Se me olvidó comentarte que, de uniforme, uses el anterior. —Se tomó una pausa, y le llegó el rubor hasta la voz—. Y esta vez asegúrate de abrochar todos los botones de tu camisa.

Y me colgó.

¡Arg, le mataba!




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