Thrice

Capítulo 12: Casualidades oportunas

Recogí la cena. Me había cabreado en menos de un minuto con lo que había dicho mi jefe.

—Mamá, ¿te puedo preguntar una cosa?

—Dime, cielo. —Me senté con ella en su cama.

—¿Puedo conocer a tu jefe?

Me pilló por sorpresa.

—Supongo que puede darse la coincidencia, pero más allá de ahí, creo que no es lógico.

—David me ha dicho que cuando le gusta alguna niña de su clase, intenta que le mire.

—¡Qué listo es y qué claro lo tiene!

Ivette sonrió, orgullosa de su amigo. A continuación tomó un papel y me lo dio.

—Dáselo a tu jefe, mamá.

Lo miré por un lado y por el otro. No había nada, a excepción de su nombre escrito con una letra que no era la suya.

—¿Qué es? —Me picaba la curiosidad.

—Quiero que se aprenda mi nombre si se porta mal contigo.

¿Mi hija pretendía hacer una vendetta? ¿Quién le metió esa idea?

Me vio cara de desconfianza y acabó por quitarle importancia:

—¡Y si se porta bien también! —exclamó.

—Ya se sabe tu nombre. Te llamas como su mamá.

Ivette apartó la vista. Estaba dándole vueltas a su cabecita con algo. No dijo más hasta que se recostó y la cubrí con las sábanas de corazones de su cama.

—No me gusta la palabra “casualidad”. Es muy pesada, está demasiado por todas partes —sentenció.

El día siguiente y el viaje a Barcelona me esperaban.

Apenas hice falta en el vuelo de ida. Vi de lejos al socio del señor Osborne y no parecía musulmán. El hombre lucía el cabello largo, marcado y lleno de mechas, un traje azul celeste que parecía heredado de Julio Iglesias, y más apariencia de surfista que de seguidor de Alá.

Estuvieron hora y media en esa reunión, y Evan volvió al avión con cara seria.

—Tengo una sugerencia —me comentó casi llegando al hangar en Madrid—. He estado comprando alguna cosilla para tu hija.

Pretendía admitir lo que ya me había dicho José.

—¿Ah, sí? —Me hice la tonta—. ¿Para qué?

—Me tranquilizaría saber que te doy la opción de que la niña pase contigo el mayor tiempo posible del que te exijo.

—¿Es un “por si acaso”?

Afirmó inclinando levemente la cabeza, y le di las gracias. Dudé, pero al final le di la hoja en blanco que me había dado Ivette para él.

—Huele a limón —acabó soltando.

—Espera, ¿qué?

Sabía lo que significaba. No le podía quitar la hoja que le había dado, y me temía lo peor por parte de Ivette si lo había ocultado a mi vista.

Evan tomó un encendedor de la guantera de su asiento y, con tranquilidad, fue revelando un dibujo.

Había tres monigotes, dos más grandes y uno pequeño en medio, todos dándose la mano. Con una frase que rezaba: Gracias por cuidar de mi mamá Avery.

Evan leyó en voz alta la frase y me miró.

Aguanté la respiración por un momento, hasta que José interrumpió golpeando la puerta y abriéndola.

—¿Muhammad te ayudó, jefe?

—Me proporcionó poca información relevante para el tema principal, pero bastantes datos sobre posibles clientes futuros.

—¡Ok! —Nos miró a ambos y se sorprendió de algo—. ¿He interrumpido algo?

Evan se levantó de muy mala gana y dobló la hoja de Ivette, metiéndola en el bolsillo de su chaqueta.

—¡En absoluto, José, no te metas! —le gritó.

Yo me dispuse a recoger mi pequeño macuto y salí del avión tan rápido como pude. Pero me resultó evidente todo el calor que había acudido a mi cara en el momento en que José nos encontró. Y eso que apenas nos estábamos mirando a los ojos. ¿Por qué me estaba pasando esto como si fuera una estúpida adolescente?

Regresé a la oficina, donde tenía una pequeña taquilla para guardar el macuto del trabajo. E inoportunamente me vi escuchando una conversación que no debía, otra vez.

—Evan... —comenzó José—. ¿Qué pasó en el avión?

—¡Nada! —Le gritó—. ¡No pasó nada!

José debió intuir algún atisbo de sentimiento reprimido y decidió corregir su propia pregunta.

—Vale, ¿qué es lo que hubiera estado a punto de ocurrir?

La desesperación se apoderó de Evan:

—¡No lo sé! —Oí un pequeño golpe, como una palmada o una cachetada—. ¿Por qué tiene que parecerse a ella también? ¿Por qué Avery Barnaby me tiene que evocar un diamante, como hacen ellas?

¡No, no, no! Eso no era bueno. Espera... ¿Ellas?

No solo la Avery que le rompió el corazón. También hay otra mujer en su mente.

¿Y cómo ha llegado a meterme en el grupo de sus “diamantes”? ¿Qué tengo yo que ver con esas mujeres?

Creí que debería informarme mejor y me puse unos auriculares en las orejas para no parecer indiscreta. Eso me incluía, y sé que debía tener la mayor información posible. Qué sensación de maruja me di a mí misma.

—Tu diamante siempre fue una ilusión adolescente —comentó José—. Y respecto a esa Avery de hace seis años, creo que ya te ha dejado claro que no eres para ella más que un amigo... ¡No ha querido ni siquiera volverte a ver en persona!

—Aquella noche fue mágica... —Evan arrastró las palabras con lástima.

—¡Mírate! —José le acusó con un movimiento de manos—. Añorando algo que nunca pasará y, en cambio... —estaban lejos, pero me sentí observada a través de un espejo, como estaba haciendo yo con ellos— tienes la oportunidad de pasar página con una mujer que está a mano, que te gusta y además es tu tipo.

—¿Lo dices por Avery Barnaby? —preguntó con tono ofendido—. ¡Tiene una hija con otro, por dios!

José levantó las manos y contestó:

—Te lo dijo ella en su día: es madre soltera. —Sonrió con picardía—. Y no hay ningún anillo en su mano.

Solamente pude pensar: Tierra, trágame.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.