Thrice

Capítulo 13: La misma opinión

José mostraba su cara más divertida y traviesa. Le gustaba la situación de poner a Evan Osborne contra las cuerdas. Al menos, eso parecía.

—¿Te parece gracioso? —Evan estaba crispando sus nervios un poco más—. ¿A mi costa?

—¡Oh, venga, Evan! —José volvió a reír—. ¡Al menos admite que te gusta!

Evan se irritó mucho al oír eso de boca de su secretario y amigo, tanto que gritó:

—¡No digas eso ni en broma! —Se dio cuenta y bajó la voz—. Admitiré que es atractiva, y que tiene ese brillo limpio y dureza extrema de un diamante... ¡pero no me gusta!

—¡Claro que no! —suspiró José—. Es pelirroja, de ojos verdes, y de una dureza y belleza radiante como un diamante.

—¿Perdona? —Evan se sentía juzgado—. ¿Qué insinúas?

—No insinúo nada. Es la evidencia de tus palabras. —Se cruzó de brazos.

No podía dejar que discutieran por mí, así que me hice la sorprendida para que no me tildaran de cotilla.

—¡Al final me habéis alcanzado! —Y me coloqué a su altura.

Evan hirvió de rabia y me dio la espalda. José sonrió de manera condescendiente y me tomó del brazo.

—¡Este fin de semana podré ver la muralla china!

—Yo la he visto un par de veces y apenas se ve porque es del color del terreno —dije como quien narra el tiempo.

Oí un ruido proveniente de Evan, parecido al sonido de presionar los labios. Le resultó contraproducente aguantarse la risa. Cogí mi bolso de la taquilla y sonreí con graciosa satisfacción. Había salido indemne.

Aún no me había dado tiempo de salir de allí cuando Evan, que aún me daba la espalda, se giró levemente para verme desde el ángulo de su hombro. Sonreía, con gratitud.

—Gracias —expresaron los dos al unísono.

Afirmé con reciprocidad y me fui. Los colores me volvieron a subir a las mejillas. Soy una maldita adolescente... con treinta y un años ya.

Ese viernes tocaba visitar Asia. Calculé la ruta para minimizar gastos. No es mi cometido, pero se me dan bien los cálculos. Supongo que será de familia paterna. Como mi padre falleció cuando tenía doce años, no estoy segura. Mi madre es mujer de letras, no de números.

Antes de salir de casa con Ivette, tenía que decirle los planes de Evan y José, para que estuviera prevenida.

—... Y si no puedes quedarte con ninguna de las tías ni con la abuela, podrías venir conmigo y jugar en la oficina que hay en el avión del señor Osborne.

—No me conoce —razonó Ivette—. ¿Por qué me compró tantas cosas?

Eso mismo había pensado yo cuando me lo dijo José, y también cuando me lo dijo Evan. Le di la explicación que ellos me dieron:

—Dice que es para que yo pueda estar tranquila en el trabajo y no me preocupe por ti, porque estarás a mi lado.

—Se porta muy bien. No sé por qué le tienes miedo —se mordió levemente el labio—. Es como un príncipe cuidando de su princesa.

—¿Cómo has dicho, cariño? —Puse los ojos como platos, en una cara de alarma que llegó a asustar a la niña.

—¿O como un rey cuida de su princesita? —Esta vez lo decía por ella.

Tragué saliva, y me costó. Deseché esas ideas para después y me centré en Ivette.

—Siente que eres una colega de fatigas o algo así... como ambos tenéis intolerancia al gluten...

—¡Oh, claro! —Cayó en la cuenta de su celiaquía—. ¡Las galletas arcoíris!

Yo sonreí como pude, llevando a Ivette al parvulario. Pero su frase me había estrujado el corazón.

Vino a mi mente una imagen vaga del primer amor, aquel al que yo llamaba príncipe. Y una duda me invadió: ¿Los príncipes cuidan diamantes?

Una chorrada algo alocada. Busqué en mi memoria algún retazo que aclarara esa duda, pero aparte del color de piel y de ojos, no encontré nada significativo que acercara o alejara las sospechas.

Me pareció que las coincidencias se estaban haciendo de plomo. Muy pesadas para dejarlas estar sin tenerlas en cuenta. Y me esperaba un fin de semana entero con él. No iba a poder centrarme en el trabajo.

Un par de camisas de mi nuevo uniforme y un par de faldas metí en una pequeña maleta de cabina. Los puse encima de un par de polos azules y mis leggings negros favoritos. Rematé con unas zapatillas sencillas y cerré la maleta. Un pequeño rímel marrón y un pintalabios nude que metí en el bolsillo completarían mi look.

Sonó el teléfono de la empresa. José estaba al otro lado. Al parecer, Evan había retrasado el despegue un par de horas porque había recibido información que debía contrastar en un asunto privado.

Supuse que sería por la otra Avery de su vida. Miré mi smartphone y esperé a que sonara, aunque no estaba segura del motivo o la respuesta que daría al coger la llamada.

No sonó. Aunque estuve en tensión toda la mañana y acabé con unas pequeñas agujetas en los hombros como consecuencia de ello.

Acudí al hangar, a tomar ese jet privado de Evan Osborne donde trabajo como auxiliar de vuelo.

Ya estaba llegando a la pista, donde José me esperaba al pie de las escaleras. Evan asomaba por la puerta con el teléfono en la cara. Y sonó mi teléfono analógico de la empresa.

—¡Ya estoy llegando, me deberíais de ver! —Dije al aparato y moví la mano saludando como muestra.

Me colgaron sin contestar. Y vi a Evan bajar la mano. Era él quien me había llamado.

Mete prisas.




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