Llegué al pie de José, ya había subido un par de escalones. Recibí una llamada al smartphone. El corazón me dio un vuelco al oír el tono de llamada mientras miraba a Evan Osborne, vestido como un jugador de golf. Me paré en las escaleras para buscar el teléfono dentro del bolso.
—¿Qué pasa, Avery? —me preguntó José, gritando entre los ruidos de la pista.
Me encogí de hombros y busqué el smartphone. Cuando lo encontré, tenía el móvil analógico en la mano.
—¿Cómo? —oí decir a Evan por encima del ruido. Al parecer, se debía pensar que él era el único en tener dos teléfonos.
Iba subiendo las escaleras mientras desbloqueaba el teléfono y preguntaba quién era.
—Señora Barnaby, le rogamos que acuda a recoger a Ivette al colegio.
Me puse histérica en décimas de segundo.
—¿Qué ha pasado? —Esperaba que no fuese un choque anafiláctico. Con la celiaquía, yo era relativamente nueva.
—Le ha provocado una reacción alérgica a un compañero.
Ya estaba dentro del avión. Tenía que sellar la puerta, pero al otro lado del teléfono esperaban mi respuesta.
José me vio parada, con cara de preocupación, y con una mano en el brazo llamó silenciosamente la atención de Evan, que se acercó a escuchar.
—¿Qué? —Estaba muy asustada—. ¿Qué ha pasado?
Evan preguntó con la mirada. Le moví la mano, levantada, pidiendo espera. Se acercó más.
—¿Quién ha tenido la reacción alérgica, Ivette? —solté por fin.
Con un gesto de Evan, José se acercó a la cabina y, en breve, los motores del avión fueron bajando su estruendo. La cara de Evan era de puro pavor mientras se iba acercando cada vez más a mí.
—Un compañero de clase le cogió una de las galletas caseras y le dio un ataque.
—¡Joder, vale, voy! Estoy allí en veinte minutos, media hora a lo sumo. —Y colgué.
—¿Qué pasó? —preguntó Evan con un tono preocupado que poco entendía de cargos.
—Ivette se llevó a escondidas galletas caseras celíacas y a un compañero suyo le han sentado mal —resumí.
Evan se ofreció a acompañarme. Me pareció que se estaba tomando demasiadas molestias, pero también se sumó José, por lo que mis dudas fueron apaciguadas por la preocupación por Ivette.
Llamó a su chófer y acudimos los tres al colegio, como una curiosa familia interracial.
Anuncié mi llegada a la conserje y nos condujo hasta la enfermería.
—¡Mamá! —lloró Ivette al verme—. ¡Yo no sabía que Víctor estaba malito por la leche!
—¡Ivette, frena un poco y explícate! —le ordené.
Pero cuando se iba a pronunciar, levantó la vista y observó a José y a Evan, deteniéndose especialmente en el jefe. Luego volvió hacia mí.
—Víctor cogió una de mis galletas y se puso malo; tosía mucho y se le hinchó la cara —la niña se llevó las manos a la cara, arrepentida.
—La abuela de Víctor se lo ha llevado al hospital más cercano, pero por lo que me han dicho, no ha pasado a mayores —nos informó la profesora que lo había visto todo.
—Mamá, yo no quería que Víctor muriera, lo juro —lloró—. ¡Yo no sabía que mis galletas solo las podía comer yo!
Me agaché y abracé a mi hija, que necesitaba consuelo desesperadamente.
José me sirvió su apoyo posando su mano en mi hombro, pero Evan se agachó y nos abrazó a las dos. Mi corazón se desbocó, y él lo debió notar porque se apartó despacio.
Ivette separó un poco la cabeza de mi pecho y levantó la vista hacia Evan:
—Sabía que eres bueno —y le sonrió.
Él respondió con una media sonrisa de afirmación y se dispuso a hablar:
—Ha dicho que el niño está estable, ¿cierto?
La profesora afirmó en silencio y nos hizo un ademán para que fuéramos a firmar el parte de salidas.
Me enderecé con la niña en brazos y José preguntó:
—¿Viene con nosotros?
Yo miré a Evan. No quería suplicar, y no lo haría, pero mi tranquilidad no era buena precisamente.
—No te dejaré dudar. Tómalo como una obligación si quieres dejarla en tierra.
Y él me derrumbó otra vez con sus palabras. Tan autoritario y dulce a la vez.
—No entiendo... —pidió Ivette.
—Te vienes con nosotros, pequeña —resolvió José.
Ivette le sacó la lengua, divertida, y luego le sonrió, cómplice.
—Tú también me caes bien —y tras eso, Ivette cayó rendida.
Salimos del colegio y teníamos que tomar el coche de la empresa rumbo al área privada del aeropuerto para coger el avión.
Evan chasqueó la lengua. Con algo de soberbia, abrió el maletero y sacó una silla para adecuar el asiento para Ivette. La colocó con maestría y me extendió los brazos para pasarle a Ivette.
—Ya puedo yo, gracias —dije con un hilo de voz y el rubor en la cara.
Me acerqué por su lado, aún con Ivette en brazos, y apenas rocé su brazo con el mío. Pero el escalofrío que provocó su piel al contacto con la mía me flojeó la fuerza con la que sostenía a mi hija. Tuvo que extender su esculpido brazo para sujetar a Ivette y acabó por sujetarme intencionadamente.
—Tienes los nervios a flor de piel, señorita Barnaby. Permíteme ayudarte.
La mirada de odio que le eché era para mí misma. Pero él se cohibió un poco y se sentó al lado del chófer.
El viaje en coche hasta el hangar cargaba con una tensión que se podía cortar con tijeras.