El ruido en el hangar despertó a Ivette, y José le dio un pirulí para silbar.
—Según soplas, suena —explicó—. Y además es como una piruleta, porque este silbato está hecho de caramelo.
La niña le devolvió el caramelo y le sonrió:
—Solo me gustan las galletas que hago con mamá y las patatas fritas con sabor a ketchup.
—¡Qué claro lo tienes!
—Lo probé con mi tía Cassidy y mi tío Tony, que me llevaron el otro día a un sitio con muchas cosas que se podían probar.
Evan carraspeó, se paró en seco y me miró con expresión severa.
—Se la llevaron al FITUR —me excusé—. Supongo que acudirían al pabellón de alimentos internacionales.
—¡Pero si eso fue hace dos meses! —exclamó José.
—La percepción del tiempo que puede tener una niña de cinco años es distinta a la que tiene cualquier adulto —la defendió Evan.
Evan y José se sentaron en los mismos asientos que en el viaje a Barcelona, dos días antes. Yo debía sentarme en el asiento de mi puesto, pero Ivette, ni corta ni perezosa, se sentó al lado de Evan y le sostuvo la mirada.
—Yo soy Ivette, ¿y tú?
Me dispuse a abrochar su cinturón cuando Evan le respondió:
—Tengo un nombre muy largo, pero puedes llamarme Evan.
—¿Largo?
—Compuesto —respondió José por él.
—¡Ah, como los príncipes de verdad! —Ivette aplaudió flojito—. ¿También tienes corona como los príncipes de los cuentos?
Evan rió ante la espontaneidad de Ivette y con voz dulce dijo:
—Mi mamá me dijo cuando era pequeñito que para ser el príncipe de la casa no me hacía falta tener corona.
Ivette me miró, le miró a él, volvió a mirarme a mí y se giró de nuevo hacia él, ladeando la cabeza. Pude adivinar la intención que tenía a continuación:
—¿Tú eres el hijo de Ivette?
Evan abrió los ojos con asombro, divertido, y a continuación volvió a mí.
—¿Sabes cómo se llamaba mi mamá? —dijo al girar de nuevo hacia Ivette.
Puse en mi cara el gesto más inocente que pude y añadí:
—Le cuento todo lo que puedo del trabajo —me encogí de hombros.
Evan estiró su cara, divertido. Se burlaba de mí y miró a Ivette mientras me acariciaba el brazo sutilmente. Me estremecí de nuevo con su tacto y pegué un brinquito que hizo reír a Ivette con su particular “ji ju jé”, lo que llamó la atención de José, que también rió.
—Eso no —dije. ¿Cómo lo iba a comentar si no lo entendía ni yo?
José llamó con la mano a Ivette, que se giró hacia él por primera vez en lo que llevábamos de viaje, y le susurró algo al oído que le debió de agradar.
—¡Sí! —Ivette estaba entusiasmada—. Me gusta, me gusta. —Y volvió a aplaudir suavemente, pero parecía algo más maliciosa que antes, y me puse en alerta momentánea.
—¿Qué tramáis vosotros dos ahora? —dijimos Evan y yo al unísono. Nos miramos, y me pareció que el tiempo se detuvo.
—Mira, peque —José nos señalaba a Evan y a mí, risueño—. Así les encontré anteayer.
—Eso es bueno —Ivette me observó orgullosa. ¿Por qué?
José levantó la mano y chocaron la mano, cómplices.
Miré por la ventanilla. Íbamos sobrevolando el límite entre Teruel y Castellón, ya lo conocía de tanto tiempo en el aire.
—El embalse Arenós lo veremos en breve por las ventanillas al norte —cambié de tema.
Todos se asomaron. Incluso Ivette ocupó una ventanilla entera ella sola.
—Eso no es la muralla china —alegó José con un poco de decepción.
—Aún no hemos salido del espacio aéreo español —le informé.
Ivette y Evan se miraron y rieron juntos a costa de José. Rieron tan similares que parecían una sola carcajada.
—No sé cómo aprobaste geografía cuando eras pequeño, José —ironizó Evan—. Ya sé, te copiabas de mí.
Ivette, que miraba a Evan, se giró hacia José y, enfadada, le recriminó:
—¡Eso no se hace, José, es hacer trampas! —Le apretó el brazo con sus manitas—. ¡Así no se aprende nada!
—Oye, que en matemáticas era al revés —acabó soltando como defensa—. Tú me copiabas a mí.
—Pero en el instituto ya no me hacía falta —entonó Evan con burla.
José le sacó la lengua. Evan contestó con el mismo gesto. Todos estábamos en modo distendido.
Ivette bostezó moviendo los pies, que colgaban en su asiento. Hacía tiempo que no le veía ese gesto de complicidad.
—Ivette —la llamé—, ¿tienes hambre?
Los tres respondieron un “sí” rotundo. Mi estómago rugió dándoles la razón, y con una sonrisa de disculpa me acerqué a la zona del comedor, donde estaba la nevera de abastecimiento.
Iba a preguntar a la cocinera qué había para comer mientras me disponía a tomar una botella de agua, cuando mi vista se paró en algo que vi en la nevera: gelatina de fresa de una marca blanca muy específica. La misma que le pirra a Ivette. ¡Otra cosa en común!
Esto me estaba desquiciando, pero de verdad.
La chef me fue preparando bandejas, una por una. Me comentó que Evan quería esa gelatina de fresa cuando iba en avión, y que eso le bastaba.
Me dio primero la bandeja del piloto y, por último, la mía.
El menú rezaba: pollo europeo al limón, con crudités de zanahoria y postre de fresa. Miré mi postre. Era mousse de fresa. No era mi favorito, pero estaba bueno, así que se agradece.