Thrice

Capítulo 16: Fresas a diez mil metros

Cuando le puse a Ivette la bandeja en su asiento, Evan miraba con recelo la gelatina que le puse a la niña. Después le puse su bandeja y se apaciguó. Supongo que le tranquilizó saber que no era el único de gustos tan específicos.

—Evan —inició la conversación Ivette—, ¿puede venir mi mamá a comer con nosotros?

José le miró intrigado, pero Evan respondió sin ninguna malicia:

—Que venga —miró en mi dirección y me sonrió—. Nadie la obliga a quedarse sentada en su puesto.

—¡Mamá! —esta vez, la frase era para mí—. ¡Ya lo has oído!

Tomé mi bandeja y me senté al lado de José, enfrente de Ivette y en diagonal a Evan.

El pollo estaba exquisito y fue lo primero que nos comimos todos. Pero José tomó los bastones de zanahoria y los incrustó en la mousse de fresa que tenía en su bandeja.

Todos los demás nos miramos atónitos. Bueno, en realidad nosotras, porque Evan tenía cara de saberlo de antemano.

—¡Puaj, qué asco! —soltó Ivette, arrugando la nariz ante el gesto de José.

Él parecía contrariado, como si fuera algo normal, y siguió con sus zanahorias mojadas en mousse de fresa.

Evan soltó un soplido y concluyó:

—Te llevo diciendo eones que así es el menú del chef —zanjó—. No improvises, José.

—¡A mí me gusta más la gelatina! —resolvió Ivette, alzando el vasito de postre para empezar a comérselo.

—Es mi marca favorita... —soltó sin pensar Evan.

—¡La mía también! —se sinceró Ivette.

Yo casi me atraganté con la primera cucharada de la mousse, pero preferí no decir nada. José se dio cuenta, pero no dijo nada; estaba demasiado inmerso en sus bastones de zanahoria pringados en mousse de fresa como para desviar la atención sobre él.

Ya empezábamos a sobrevolar el Mediterráneo. Ivette empezó a contar chistes malos, y a explicarlos, como todos los niños de su edad.

El piloto anunció que habría que repostar en Cerdeña para proseguir el viaje.

Así hicimos. Ivette ya estaba somnolienta, pues ya eran las nueve de la noche, y Evan se ofreció para llevarla a uno de los asientos reclinables que hay en la cola del avión.

Me acerqué por detrás y le seguí con la niña en brazos. Inició el asiento y, cuando estuvo horizontal, la tumbó. Tomó una de las mantas con el logo de la empresa y arropó a Ivette.

Yo estaba como un flan, pero pagaría oro por haber visto lo que vi.

—Evan —le llamó Ivette—, ¿me cuentas algo?

—Ivette —suspiró con cariño—, ¿no prefieres que sea mamá?

—Los cuentos de mamá me los sé —Ivette sonreía con complicidad—. Y tú puedes contarme algún cuento nuevo.

—Soy muy malo, pero te puedo contar mi versión de alguno que ya conozcas —se le notó en el tono todo el cariño que pondría un padre, y se me escapó una lágrima fugaz.

—Mamá los inventa. Me gusta mucho el cuento de la princesa viajera, pero ese cuento no lo sabes.

Decidí dejarles tranquilos, hasta que oí a Evan pedírselo:

—Quizás quieras contarme esos cuentos otro día, pero por ahora prefiero contarte algún cuento clásico, yo a ti.

—Te puedo contar el cuento de “Morado Plastilina” —la voz de Ivette estaba cada vez más apagada por el sueño.

Me acordé del cuento del que hablaba. Era para explicar cómo los niños se parecen a sus padres. ¿Qué pretendía Ivette con eso?

—¿Es muy largo, Ivette? —oí susurrarle—. Porque te estás quedando dormida...

—Seguro que mi azul es muy parecido a ti... —E Ivette se quedó dormida al fin.

Evan se inclinó y le dio un cálido beso en la frente a mi hija. Después se levantó y se giró para volver a su asiento.

Me encontré cerca. Muy cerca. Nuestros cuerpos estaban apenas a unos pocos centímetros de distancia, y mi ritmo cardíaco demostraba que mi corazón se quería salir del pecho. Estuve tentada de ponerle la mano a él por si le pasaba lo mismo, pero me contuve.

Evan estaba nervioso. Su pecho también se movía con ritmo acelerado, pero su cara mostraba seriedad.

Con su gran mano me agarró del brazo y tiró de mí hacia la zona principal, donde José estaba cabeceando también. Las chispas que siempre me producían su tacto eran apaciguadas por la ira contenida de su tono autoritario al agarrarme de esa manera.

—¿El padre de Ivette se parece a mí?

¡La primera, en la frente, joder!

—¿Físicamente, dices? —me zafé de su agarre, ofendida—. Pues es obvio que sí. —Me separé un poco—. Mírame, yo soy pelirroja y de piel blanca. Ivette se ve a la legua que es mulata... ¿De qué tono de piel iba a ser el padre si no?

—¿No te habías dado cuenta, “tres cuartos”? —le preguntó José desde detrás de mí.

—No caí en la cuenta de que podía ser hija biológica —susurró Evan.

—Evan, tío... Avery e Ivette tienen la misma mandíbula, la misma nariz y la misma caída de hombros —José era muy observador, caray—. Y la voz, es muy parecida.

—Espera —me giré hacia José—, ¿la mandíbula también? —Instintivamente me toqué la barbilla.

José se encogió de hombros y afirmó con la cabeza.

Evan se descompuso. Se sentó en su asiento del avión y no pronunció nada. Si José o yo pretendíamos decirle algo, él simplemente apartaba la vista de mí o le hacía un ademán a José para que se apartara.

No sé si mi corazón quería darle explicaciones o si me inspiraba lástima. Me senté al lado de José, y le observamos con una nostalgia rota.

Caí en algo y se lo pregunté al oído:

—¿Por qué le llamas “tres cuartos”?

Él me respondió al oído también:

—Su madre, Ivette Fontaine, era mulata también.

No sé si me sentí aliviada o decepcionada. Y es que esa cuarta parte le separa de ser el padre de Ivette.




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