Evan no quería mirarme. Había algo que no conseguía exteriorizar, o quizás ni siquiera lo quería admitir. Pero por mi parte, ya me había quedado claro que Ivette debería ser casi caucásica si su padre hubiera sido porcentualmente como Evan. Así que lo dejé estar.
Ahora tenía que lidiar con el enfado de mi jefe, que no entendía muy bien a qué era debido. En cierto momento, cuando aún no habíamos despegado de Cerdeña, Evan se levantó de su asiento para ir a la cocina.
Al pasar por mi lado, su mano rozó mi brazo y volvió a mí esa electricidad que me producía su tacto. Él también debió sentir los chispazos, pero por su parte apartó la mano, con ofensa, con asco.
No sabría decir bien si me sentí más ofendida o más triste, o siquiera decepcionada. Pero de seguro sé que me dolió.
Regresó con una pequeña bolsa con bolitas marrones rebozadas, que se comía como si fueran bolitas de arroz inflado.
—Uhm… —se interesó José—. ¿Tamarindo?
Evan afirmó con la cabeza.
—¿Perdón? —dije yo, sin ánimo de recibir respuesta.
—A mí no me va mucho —José se encogió de hombros—. Pero cuando hay hambre…
Evan extendió el brazo donde sujetaba la bolsa y le ofreció a José para que cogiera unas pocas bolas.
—¿Quieres? —José me ofreció las que tenía en la mano.
Vi de reojo cómo Evan se revolvía un poco. Aunque como yo no tenía hambre, rechacé su ofrecimiento. Y eso parece que hizo que Evan se relajara.
José se volvió a acercar a mi oído para susurrarme:
—Cuando Evan está nervioso y no para de darle vueltas a algo en su cabeza, necesita comer algo dulce y ácido que le guste para que también le distraiga, lo justo para pensar con perspectiva.
¡Genial, ahora yo era su quebradero de cabeza!
El piloto no tardó mucho en anunciarnos de nuevo el despegue desde Cerdeña para llegar a Dubái. El copiloto iba a tomar el relevo, lo que nos hizo darnos cuenta de que ya eran casi las doce de la noche y había que dormir.
José me indicó cuál era mi cubículo. Estaba cerca de donde Evan hace un rato había recostado a Ivette. Me di cuenta de que mi cubículo y el del piloto estaban apartados a un lado, mientras que Evan y todos sus invitados estaban al otro.
José, ni corto ni perezoso, fue el primero en entrar justo después del piloto. Y ya estábamos otra vez Evan y yo con la tensión visual.
La rompí para coger a Ivette en brazos, y justo cuando me disponía a entrar en mi cubículo con la niña, Evan dijo:
—Id a mi cama. Como es la más grande, estaréis más cómodas.
Era un gesto amable, pero sonó autoritario. Demasiado para ser confortable. Y con mi cara de resignación, por el bien de Ivette, ingresamos en su cubículo.
Sentada en la cama, desde mi posición, vi cómo él se metió en el de al lado. Sabía que me podía escuchar.
—Evan —comencé a entonar.
—¿Sí? —preguntó.
—¿Puedes decirme el motivo de tu molestia? —me sinceré.
—¿A qué te refieres?
—¿Te molesta algo de mí? —fui demasiado ambigua.
—Pues varias cosas que no están en tu mano —se le oyó suspirar—. Y nada en concreto por tu parte.
—¿Me puedes poner un ejemplo? —quise saber.
—Respecto a Ivette —comenzó—, ¿qué opina el padre?
—No lo sabe.
Evan se revolvió nervioso.
—¿Es algo deliberado? —le costó preguntar.
—Bueno —tomé aire—. No del todo, ya que él dejó claro que seríamos solo amigos. —Alargué la espera y concluí—. ¿Cómo podría atarle así?
Tardó en contestar, pero supongo que era porque se puso en ambas posiciones antes de añadir:
—¿Y si es la única oportunidad que tienes de decirle lo que sientes?
Me enmudeció con una pregunta. Decía tanto aquella pregunta, tanto de él como de mí, que me costó hilar todo lo que eso significaba.
Yo era consciente de lo que Christopher significaba para mí. Para Ivette también. Y Evan, con su pregunta, me dio el enfoque que me hacía falta para decirme sin entonar, que todos a mi alrededor sabían que estaba enamorada del padre de Ivette.
Por otro lado, también Evan se preocupaba por mí. Y la electricidad que recorre mi cuerpo cuando nos rozamos la piel es difícil de ignorar. Aparte de que demuestra preocuparse de Ivette como lo haría un padre. Y Evan estaba aquí, conmigo y con Ivette.
Al final me admití a mí misma que Evan me atraía. Y no solo físicamente.
Pensé en él. ¿Qué le pasaba a Evan por la cabeza cuando hablaba conmigo, o cuando nuestra piel se rozaba, o cuando recordaba mi nombre completo?
Me senté en la cama. Mi cuerpo quería mirarle a los ojos cuando me respondiera. Oí algo parecido desde el cubículo de al lado cuando pregunté:
—¿Aún no dices mi nombre?
Aquel silencio se hizo eterno. La adrenalina hervía en mi cabeza como agua en ebullición, y mi cuerpo pedía tranquilidad.
—Aún la quiero —por fin me abrió su corazón—. Tanto como la odio.
—¿A Avery? —pregunté.
—¿Cómo sabes su nombre?
—No sois muy discretos, precisamente, tú y José.
Oí que se volvía a recostar, y mi cuerpo se relajó. Aunque las agujetas de esa mañana aparecieron de pronto, y acordándome del motivo, chasqueé la lengua y suspiré.
—¿Decías algo? —se removió.
—El padre de Ivette me despierta sentimientos encontrados, como esa Avery te hace a ti.
—Yo al menos no oculto algo tan hermoso como Ivette —lección dada. Sin remilgos.
—Touché —dije antes de abrazar a mi hija y quedarme completamente dormida.