Me despertó una patada en la espinilla de alguien que corría por encima. Me incorporé y me froté los ojos.
—¿Ivette, a dónde vas?
—¡Busco el baño, mamá, aguas menores!
Parpadeé. ¿Quién le había enseñado esa expresión tan vieja?
—¡Vale, vale! —alcé las manos y me dispuse a acompañarla al cuarto de baño.
Buscamos el baño que pertenecía a la zona donde estábamos y entramos a trompicones.
—¿Quién anda ahí? —se oyó desde la ducha.
—¡Aguas menores! —soltó Ivette sin miramientos.
—¡Vale, pasa! —era Evan Osborne en la ducha. Genial, lo que me faltaba para darle más razones para odiarme.
—Lo siento, es que tenía mucha agua dentro —se excusó Ivette.
—Qué educada eres, Ivette. Eso es bueno —se tomó un segundo—. Creo.
Evan abrió la puerta de la ducha un poco para coger una toalla. Procuró que Ivette no viera nada indecente, pero yo, que me había mantenido en silencio en todo momento, podía intuir toda su esculpida anatomía.
—¿Crees...? ¿Qué crees? —dije mientras giraba levemente la cabeza.
Se asustó. Mucho.
—¡Avery, joder! —tiró rápido de la toalla y se la puso como pudo—. ¿Qué haces aquí?
—¿Disculpa? Acompañar a mi hija al baño —me irrité.
—Pues... —se le notó muy nervioso de repente, solo por descubrir que yo también estaba en el baño—. ¡Daos prisa!
Nos salimos al terminar.
—Ya nos vamos —avisé—. ¡Perdón! —y cerré la puerta tras de mí.
Nos volvimos a meter en el cubículo y nos miramos Ivette y yo. Nos echamos a reír. Le habíamos puesto en una situación divertida. Pero Ivette se dio cuenta de algo:
—Mamá, te llamó por el nombre.
—¿Ah sí? —reí entre aires—. Ni me di cuenta.
—Al final sí que lo dijo.
—Ya lo has dicho, cariño, ya me he enterado —le repliqué con dulzura.
—No, mamá. Ayer le preguntaste si aún no decía tu nombre. Y lo ha hecho.
Estaba despierta anoche cuando Evan y yo nos sinceramos. Escuchó todo. Incluso mi contradicción ante su padre. Me paré a pensar. Quizás no me pregunta por su padre por no hacerme daño. ¿Tanto me protege?
Suspiré sin saber cómo reaccionar. No pude más que darle un fuerte abrazo.
—Pues no sé si Evan va a estar de humor para desayunar con nosotras después de haberle pillado en la ducha.
—¡A mí me lo perdona! —soltó orgullosa.
Yo la miré de soslayo y sonreí. He de admitir que en eso estaba de acuerdo con ella.
Nos apresuramos a ir a la zona de asientos donde comemos. Allí nos esperaba Evan. Al parecer, José aún dormía pese a ser ya pasadas las nueve de la mañana, y por mucho.
—Evan —Ivette se acercó a él—, si me enseñas el avión, no volverá a pasar —se intentó sentar encima de él y como no pudo, le extendió la mano con el puño cerrado pero con el meñique extendido—. ¡Prometido!
—¡Vaya, una promesa de meñique! —Evan sonrió con dulzura—. ¡Esa sí que la conozco!
Ivette me miró desconcertada. Yo me encogí de hombros.
—¿Empezamos despertando a José?
Tras la sugerencia de Ivette, los tres nos echamos a reír. Una carcajada sincera y limpia. Sin malos entendidos.
Con cara de complicidad, Evan le extendió la mano y la niña la cogió. Según les vi de espaldas, me pareció que el mundo se detenía y mi cara era pura ternura.
Decidí dejarle un mensaje a Christopher en el móvil que leería cuando tomáramos tierra por fin en China.
Tomé el smartphone, pero antes de ni siquiera abrir la aplicación de mensajería, el piloto requirió mi presencia. Me sorprendió ver que también era el chófer.
—Avery, quizás tú me puedas resolver la duda.
—Dime, Louie —pedí.
—¿Sabes si podremos repostar en Guangzhou? —comentó con algo de miedo, sin apartar la vista del frente—. Porque vamos a ir muy justos de combustible yendo directamente a Shanghái.
Obré mi magia: las matemáticas. Miré en los monitores el combustible restante, la velocidad, y con la distancia hasta el destino calculé mentalmente:
—Por dos litros de combustible no te arriesgues —le tranquilicé, poniendo la mano en su hombro—. Hacer escala es la mejor opción —me acerqué a su oído y le susurré—: Esto no es como un coche al que puedas llevar hasta la última gota.
Louie me pareció un auténtico kamikaze en ese preciso momento. Y me olvidé por completo del mensaje a Christopher.
—¡Evan! —me dirigí a él con severidad.
Por su cara sé que le sorprendí. Bien, porque no me iba a andar con rodeos. Llegué a él y le agarré fuertemente del cuello de la camisa.
—No te basta con poner la vida de media docena de personas en peligro —mi rabia brotó por mis ojos en forma de lágrimas—. ¡Que incluso me incluyes a mí y a Ivette!
—No sé de qué me hablas —apenas llegó a decir.
—¿Cómo se te ocurre poner de piloto a alguien tan inexperto como Louie? —estaba rabiosa.
—¿Qué? —apartó un momento la vista de mí para mirar hacia la cabina y luego me volvió a mirar—. ¡No, yo no haría eso! —tragó saliva—. ¡Louie fue el mejor piloto de su promoción y después se sacó el carnet de conducir, el orden es al revés de como tú crees!
—¡Pues pretendía agotar el depósito hasta la reserva! —le advertí, soltándole de mala gana.
—¡Joder! —Evan corrió hacia la cabina.
Se oyó una discusión y también movimiento. El otro piloto tomó el control y, por megafonía, se oyó que Louie tomaba el lugar de copiloto para informar que pararíamos en Guangzhou en un tiempo estimado de cuatro horas y media.