Thrice

Capítulo 19: Cobertura en Guangzhou

Tras poner a Louie en su sitio, Evan corrió hacia mí e Ivette. Le tomó la mano a José, que estaba desperezándose sin conocimiento, y nos abrazó. Como pudo, pero nos abrazó.

—¡Lo siento, de veras lo siento!

José carraspeó, Ivette rió, y Evan se dio cuenta de su propia reacción desmesurada. Se apartó precipitadamente con tanta fluidez que casi se cae de espaldas en uno de los asientos. Miró hacia un lado, y juraría que le vi sonrojarse desviando la mirada, si no fuera por el color de su piel.

—¡Eh! —le llamé la atención—. Ya está bien —le acaricié ligeramente el hombro, en señal de comprensión—. ¿Estamos bien, verdad?

Evan afirmó, y José nos miraba alternativamente con cara de estupefacción.

—¿Y esta confianza?

—José, yo te lo cuento —Ivette pareció pedir turno en la frutería.

—No es nada —respondimos al unísono, y Evan concluyó—. Nada nuevo en absoluto.

Mi cara, contrariada, miró a continuación a Ivette.

—¿Mamá, desayunamos?

Afirmé, y de la mano me la llevé a la cocina para que escogiera el desayuno.

De camino miré hacia atrás y vi cómo Evan se cruzaba de brazos mientras José sonreía ampliamente, gesticulando un abrazo. Supongo que rememorando el abrazo que le surgió a él desde dentro.

Saludamos a la chef. Erika no se cortó un pelo al tirarme la caña, hasta que Ivette saltó al mostrador y saludó.

—¿Tú también piensas que mi mamá es guapa?

—Sí —se acobardó.

El hecho de que yo sea heterosexual no quita importancia al hecho de que me sienta ofendida si les da asco que yo lleve "mochila".

—Soy Ivette —mi hija le extendió la mano.

—Soy Erika —sonrió por compromiso. Le gustaban poco los niños.

—Quiero cereales, fruta y leche. Mi amigo David dice que el día hay que empezarlo comiendo de todo para estar contento el resto del día.

—¿Un tazón de cereales con yogur y frutos rojos?

Ivette me miró y zanjó:

—Eso a mi mamá. ¿A mí me puedes poner una tostada con mermelada?

—¡Ok! —y miró a Ivette de manera distinta—. Sí, jefa.

Ivette se sorprendió, algo raro en ella, tan expectante como está siempre.

Miré a Erika. Su cambio me desconcertó. Pero en vez de preguntar, por si no debía escucharlo una niña pequeña, me dirigí al frigorífico a buscar algo que echarme a la boca mientras me preparaba ese tazón que le había sugerido a Ivette antes.

Una bolsa ZIP llamó mi atención y la cogí. Eran las bolas rebozadas de tamarindo que tranquilizaban a Evan. Mi intuición me hizo abrirla y olerla.

Un aroma familiar, sin ubicarlo en ningún momento concreto. ¿Así era el tamarindo? Cerré la bolsa, me encogí de hombros y la volví a dejar donde estaba.

Desayunamos tranquilamente hasta que José interrumpió. Tras mirar nuestros desayunos, pidió que le sirvieran lo mismo que Ivette. Evan acudió inmediatamente después, pero se fue directamente al frigorífico, cogió un par de bolitas de tamarindo y pidió lo mismo que tenía yo.

Tras terminar, y como señal de bandera blanca, le pedí a Erika que me preparara otro tazón de cereales con yogur para llevárselo al pobre Louie.

Me recorrí el avión de punta a punta con el tazón en la mano, y cuando llegué a la cabina se lo di.

—Gracias.

—Te tengo que pedir perdón, pero es que una madre no puede arriesgar la vida de su hija por muy segura que esté.

—Ya —empezó a comerse el yogur con cereales—. No sé en qué estaba pensando. Quizás intenté ahorrar un par de litros al jefe, pero no me excusa como acto inconsciente.

Volví con los demás. Ivette, Evan y José salían ya de la zona de cocina para sentarse en sus butacas hasta llegar a Guangzhou.

—El nombre de la ciudad es raro... —Ivette se llevó la mano a su carita y se empezó a pasar el dedito por la ceja—. Gansú.

—Es en chino, Ivette. No hay que buscarle más explicación —zanjó José.

La niña le sonrió. Eso le bastó para dejar a su cejita quieta.

Pasamos el viaje hablando de cosas triviales. Un poco antes de llegar, Evan comentó:

—¿Sabías que era un paso obligatorio en la Ruta de la Seda? —sonrió.

—¿Historia, Evan? —José le miró de reojo—. ¿Ese es el dato que le vas a contar a la niña?

—Bueno... —pasó de mirar a José a mirar a Ivette—. ¿Te gustan las flores?

Ivette hubiera escuchado todo lo que Evan le dijera. Tiene esa edad en la que son una esponja de información.

—¡Vale, dime! —pidió.

—La ciudad se llama "orquídea", pero las flores que más venden son rosas y lirios.

Ivette me miró con su particular curiosidad y se levantó de su asiento para decirle algo a Evan al oído.

El avión ya estaba descendiendo y pronto dejarían de funcionar los motores. Entre Evan y José hubo miradas cómplices, aunque alguna se fugó hacia mí, pero volvió a su conversación silenciosa.

Retomé mis anteriores intenciones y me aparté para escribirle a Christopher ese mensaje que aún no sabía cómo iba a redactar.

Lo primero que escribí hablaba de lo que dudaba entre él y otra persona. Lo borré.

Lo segundo que escribí fue un intento sincero de explicar lo que llegué a sentir por él cuando nos encontramos hacía seis años. Lo borré.

Lo tercero que escribí hablaba directamente de las consecuencias de lo que pasó y de Ivette. Lo borré.

<Tengo cosas que contarte y deberíamos vernos en persona> Le envié al fin, cuando ya estábamos tomando tierra.

El mensaje se envió al momento y me apareció en visto. Lo había leído. Ya solo había que esperar a que me respondiese.




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