Thrice

Capítulo 20: Ramos de lirios o rosas

Antes de pensarlo, ya se habían bajado del avión Evan y José. Mientras tanto, yo intentaba sacarle a Ivette la intención de lo último que le dijo a Evan al oído. Por suerte para ella, Louie me interrumpió:

—¡Hola, bonita! —exclamó al ver a Ivette.

—¡Hola, me llamo Ivette! —la niña le extendió la mano, y su cortesía le dijo más que sus palabras.

—¡Qué amor de niña! —soltó, llevando sus manos a la boca, casi adorándola.

Ivette me miró divertida tras la afirmación del inexperto copiloto. La propia Ivette sabía que la mayoría decía que se expresaba como una persona mayor, aunque en realidad lo que querían decir era como una persona del siglo pasado. Es lo que tiene que la mayor parte del tiempo te haya criado tu abuela si mamá trabaja.

Cuando Evan y José regresaron, trajeron un par de cajas muy grandes. Evan llamó a Ivette consigo y le enseñó una.

—¿Te gustan?

—¡Son perfectas! —se le oyó ilusionada—. Me encantan.

Su preciosa sonrisa le ocupaba toda la cara. Y posteriormente me miró a mí. Eso me hizo estremecer, y me temí lo peor por parte de mi hija.

—Mira la otra caja —le pidió Evan.

La niña miró el interior de la otra caja como le había ordenado, y el interior le iluminó la cara sin límites:

—¡Estas son mejores, Evan, estas sí son perfectas!

Ivette se puso a dar pequeños saltitos a la par mientras aplaudía ligeramente sus manitas.

—¿Qué capricho le habéis permitido? —pregunté.

—¿Capricho? —ironizó José—. ¡Ninguno! Solo le pedimos consejo.

—Parecía haber acertado —Sí, ya, seguro.

¿Para quién sería la otra caja? ¿Para la otra Avery, para su madre, para su primer diamante? La duda me hizo preguntar por la otra Ivette:

—Evan —le miré a la cara, solo pedía una respuesta sencilla—. ¿Tus padres siguen vivos?

—Hugh Osborne, mi padre, falleció de COVID, al principio de toda la pandemia, en casa —Evan abrió la cartera y, bajo un panfleto viejo y doblado, sacó una foto roída por el tiempo con una pareja en sepia—. Pero Ivette Fontaine, mi madre, se dejó apagar, sin ánimo de vivir, tres meses después, aunque más sana que una manzana —sonrió de soslayo con nostalgia—. Dejaron de amarse hace muchos años, pero no eran capaces de vivir uno sin el otro.

—¿Quieres mi punto de vista? —tenté mi suerte.

Me miró con ternura y pasó de completa tristeza a gestionar algo de curiosidad hacia mí. Le sonreí y dije:

—La necesidad mutua es una forma de cariño —mis dedos traquetearon levemente mi barbilla—. Ya no son gestos de amor propiamente dicho, pero el hecho de que no supieran vivir el uno sin el otro, como tú mismo has dicho, demuestra su dependencia.

Evan juntó las manos un momento y la izquierda se la llevó a la cara, acariciando la ceja. Estaba... ¿Asimilándolo? Ese gesto lo he visto en alguna parte, pero no me acuerdo dónde.

Ivette se acercó suavemente a Evan y apoyó sus bracitos sobre las piernas. Mirando con ternura a mi jefe a la cara, dijo:

—Yo estoy sola con mi mamá y no es ni malo, ni bueno —le acarició la cara—. Solo es una casa diferente. Tengo a mi abuela Nora, tía Cassidy y tío Tony, y también a las tías Izzy y Lola, y a David —se encogió de hombros y sonrió de soslayo—. Todas son familias diferentes y... ¡Entre las tres también hacemos otra!

Evan se dobló un poco y alargó sus brazos, rodeando a Ivette con cariño y afecto en un tierno abrazo que la levantó, poniéndola de pie.

Su cara transmitía tristeza y un anhelo silencioso cuando le miré por enésima vez con esa fachada que no quiere mostrar. Y le oí susurrar:

—Ojalá tu padre fuera yo.

Ivette me daba la espalda. No pude ver su cara ni escuchar si le contestó algo, pero tras la espera, le posó un beso a Evan en la frente, tan largo como sincero.

Supe que entre ellos se había creado un vínculo más allá de cualquier afecto. Pues no creo que ni el mismísimo Christopher consiguiera un enlace con su hija tan férreo como la empatía entre Ivette y Evan.

Por la megafonía del avión se oyó a Louie advertir que íbamos a despegar inmediatamente, rumbo a Beijing. O Pekín, da igual.

—Estas dos horas de vuelo —pregunté—. ¿Quién pilotará el avión?

José, extrañamente callado desde que subió con Evan las cajas, miró a cada uno de los adultos y soltó:

—¿Acaso eso importa?

Mi cara de desconcierto y la faz de Evan, con su expresión de compromiso descubierto, no le debieron de causar buena impresión, pues acudió raudo al puesto de mando.

Ivette, tan inconscientemente perspicaz como inocente, había seguido a José con la mirada mientras hacía mutis y concluyó:

—¿José y Louie son novios?

Yo me sorprendí, y Evan reflexionó en cuanto Ivette lo expresó.

—Eso parece —se encogió de hombros.

—Pues puede que yo haya metido la pata anoche —dudé.

—¡Nah! —Evan naturalizó mi preocupación—. Son buena gente. Louie quizás sea joven, pero es muy profesional.

Yo carraspeé. Definitivamente no opinaba lo mismo, sobre todo por lo ocurrido anoche. Pero no quita importancia al hecho de que puede que me excediera.

—Mamá —Ivette me tiró del pijama—. Empiezas tarde.

Mi hija había llamado la atención sobre mi indumentaria: un pijama largo de sencillo y fino raso, de un verde parecido al óxido de cobre que hacía juego con mis ojos. Pero que instintivamente me hizo cruzarme de brazos sobre el pecho y huir con esa estúpida postura hacia el cubículo donde habíamos pernoctado Ivette y yo.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.