Haber dormido sin sostén no era algo que habitualmente me preocupara. Pero sí aparecer ante mi jefe marcando algo que las luces de la mañana dejaban intuir bajo esa tela tan reveladora como ligera: el satén.
Aquel lunes ya me había pasado con el dichoso botón rebelde que se desabrochaba solo. Este fin de semana, ya podía intuir la dirección de mis senos. ¡Joder!
Me aparté el cabello con una horquilla a juego con el uniforme, me puse el sujetador —obviamente— y, con la sutileza de un obrador, me coloqué estratégicamente hacia el lado contrario del alfiler del pelo. Uniforme y maquillaje, y ya estaba lista para trabajar.
Ivette se quitó su ropa de colegio y se puso uno de los vestidos que habían comprado Evan y José para ella. Un bonito vestido de volantes cortos, turquesa, con estampado aleatorio de peces blancos y amarillos. Estaba muy bonita.
Ya estaban cada uno sentados en su asiento y charlaban entre todos de manera distendida.
—¿Pero no dijiste que las galletas las cogió él? —curioseó José.
—Porque yo se las quise dar —se excusó Ivette.
—Eso no descarta el hecho de que una alergia tan severa a la lactosa se debe decir, sobre todo por evitar accidentes de ese tipo —zanjó Evan.
—Ese niño debía de saberlo —observó José—. Y aun así cogió una galleta.
—¿Víctor? —cuestionó Ivette.
—¿Es que le ofreciste las galletas a alguien más? —pregunté preocupada.
Ivette se lo pensó un momento y narró:
—Yo abrí mi caja del desayuno que llevo siempre —dudó un momento y prosiguió—. Me llevé unos picos especiales y palitos de jamón. Pero también me llevé dos galletas especiales porque sabía que Evan también se iba a comer las suyas —Ivette le miró según le nombró—. Pero Víctor lo vio y me preguntó si podía coger una y yo le dije que sí.
—¿Y sabes si ese niño ha tomado otras veces leche, queso o yogur? —se interesó Evan.
—Suele traer queso al recreo cuando le toca —informó Ivette, encogiéndose de hombros.
Evan puso una sonrisa a medias de suficiencia y resolvió:
—Las alergias súbitas suelen darse en adultos, pero en niños también, aunque es más raro —la sonrisa le alcanzó la cara entera—. Pero a partir de ahora, tu compañero no podrá tomar nada de leche, y tampoco nada que lo tenga, como las galletas celíacas con grageas de chocolate, porque el chocolate tiene leche.
Ivette se entristeció y una sombra de culpabilidad asomó:
—¿Entonces Víctor se puso malo solo porque los puntitos de colores de mis galletas tienen leche?
Evan, con cara de pena, afirmó en respuesta y se cruzó de brazos.
—Mamá, no vuelvo a llevar al colegio nada que no se pueda —me miró Ivette con la cara de haber aprendido la lección.
Yo sonreí, comprensiva. Es duro que alguien como Ivette tenga que aprender una lección como esa bajo el yugo de que podía haber incluso matado a su compañero.
Se aproximaba la hora de ese momento en el que los niños toman su tentempié y los adultos más modernos lo llamamos brunch. El almuerzo de toda la vida.
Me puse juguetona y empecé a improvisar un vuelo comercial como teatro. Se me daba muy bien en el instituto.
Me puse la mano en la boca e intenté una burda imitación de Beat Box para simular el ruido de megafonía de un avión:
—Señores pasajeros, a continuación ponemos a su disposición un tentempié para aminorar la espera de la hora de llegada.
Todos se echaron a reír.
José pidió una bolsita de cacahuetes, Ivette se acopló a la tendencia, y Evan, sin embargo, me tomó de la muñeca y con cara indescifrable me pidió tamarindo.
En una décima de segundo, me vino a la mente el olor de la bolsa que hay en el frigorífico. Y la electricidad que me provocaba el roce de su piel en la mía se volvió un calambrazo que me recorrió el brazo entero.
Me asusté mucho. Tenía pánico de tocarle.
Acudí a Erika y, con una fingida tranquilidad, le pedí dos bolsitas de cacahuetes y una de tamarindo.
Erika se extrañó de la petición exacta de Evan, pero me lo dio igualmente.
—No lo suele pedir como fruto seco —apuntó, y se metió en la cocina.
La bolsita no era de lo que había en el frigorífico. Eran los verdines secos del tamarindo. Parecían cacahuetes más oscuros, pequeños y redondos, pero desde luego no eran bolas rebozadas.
Cada uno se abrió la bolsa y me vino un olor familiar otra vez. Era más acertado que el de las bolitas rebozadas, pero parecido al fin y al cabo.
Evan le ofreció probarlo a Ivette, y la niña lo comió con gusto:
—Está rico. ¿Cómo se llama?
—Tamarindo —sonrió Evan al compartir sus gustos.
—Mamá, está casi tan bueno como los dátiles que trae tío Tony —matizó Ivette.
—Tendré que probar esos dátiles —marcó Evan.
—Luego te digo cuáles son —comenté seca. Aún no entendía qué me había dicho mi propio cuerpo con el calambrazo anterior. Y pese a que intenté ser profesional, sé que se dieron cuenta.
—Si mejora esos tamarindos, bienvenido sea —comentó José.
En media hora más llegamos a Pekín. José, Erika y Louie dijeron que iban a hacer turismo. Yo preferí quedarme en el aeropuerto con Ivette por el dutifry.
—¿Venderán tamarindo en alguna tienda del aeropuerto, mamá?
Yo me encogí de hombros y paseamos por las tiendas que había. No vi ninguna en el dutifry. Pero, sin embargo, vimos una bola de nieve muy bonita con el skyline de Pekín. La compré como recuerdo.
En mi anterior puesto de trabajo apenas tenía tiempo para poder bajar a esta zona y comprar alguno, y es una pieza muy coleccionable.
—Mamá —me preguntó Ivette—. ¿Comemos algo?