Thrice

Capítulo 22: Aniversario silencioso

Me señaló un restaurante de comida rápida al final de uno de los amplios pasillos del dutifry. Comimos, y al mirar la hora, ya debíamos regresar al avión.

—¿No nos dejarán en Pekín, verdad? —denoté un atisbo de miedo en su voz.

—Tú pareces conocer mejor a Evan que yo. ¿Crees que haría algo parecido?

—¡No, para nada! —se insufló energía renovada que me contagió.

Íbamos corriendo cogidas de la mano por el dutifry, y al llegar a la zona que creí de embarque… no era la nuestra. Nos habíamos perdido.

Pero justo en el momento en que me di cuenta, recibí la llamada de José, que también nos estaba buscando.

Por ese incidente se retrasó media hora el despegue, pero solo quedó en un susto. La consecuencia fue que decidí que iría con ellos allá donde fuesen.

Teníamos que llegar al filo del horario laboral en Shanghái. Por lo visto, Evan tenía una cena de negocios en la ciudad china más cosmopolita, y por fin haríamos noche en un hotel decente en vez de los cubículos del avión privado.

Cada uno se había encerrado en su propia manera de pasar el rato. Ivette estaba viendo una película en la pantalla de ruta que tiene cada asiento. Evan había sacado de un maletín unos papeles para repasar, probablemente algo de la cena. Y José miraba su móvil, abstraído, hasta que se sorprendió de algo que vio.

—Evan, mira —le enseñó algo en la parte superior de su móvil—. HOY —remarcó.

La faz de Evan se ensombreció de manera súbita. No habló en lo que quedó de viaje. Apenas hacía algún sonido que afirmaba o negaba lo que José le proponía.

Justo antes de aterrizar, Ivette se le acercó.

—¿Estás bien? —preguntó.

Evan esbozó una leve sonrisa en su cara y afirmó. Desde luego, era mentira. La fecha le marcaba demasiado, y José seguramente la sabía.

—Ivette, ven —le indiqué a mi hija.

La niña acudió a mí, y le sugerí que hablara con José para saber la razón de la apatía de Evan.

—No quiere decirlo, lo siento —se encogió de hombros. Pero se inclinó hacia mí y en voz baja concluyó—: conoció a esa Avery el día que tuvo que acudir al velatorio de su madre. Y hoy hace seis años de aquello.

—Pues ya es mala suerte —observé.

—¿Por?

—Enterrar a tu madre y que te rompan el corazón el mismo día —puntualicé.

—A ver, a la larga, sí —José sonrió—. Pero Avery era un oasis en el desierto, al menos en ese momento.

Afirmé con media sonrisa. Esa otra mujer que tiene el mismo nombre que yo le partió el corazón.

—Ivette, ¿juegas con Evan? —le sugerí.

La niña se emocionó y se dirigió a hacer lo que le propuse. Y a José le indiqué que me pusiera en antecedentes con la otra Avery.

—No hay mucho que contar. Hubo una noche de pasión y se dieron el contacto. De vez en cuando se escriben, pero él no es capaz de admitirle a ella que esa noche le caló hasta el fondo del corazón.

—¿Se sigue hablando con ella? —no podía creerlo—. ¡Qué masoquista!

—¿Verdad?

Yo resoplé. No entendía cómo alguien que te marcó tanto y que no te corresponde aún le deja una ventana abierta.

Esa ventana abierta, al pensarlo, me dio una pequeña punzada de celos. ¿Por qué ahora tenía ese sentimiento tan inoportuno? ¡Joder!

Caí en la cuenta de la confesión que tuve con Evan la noche anterior y comparé su historia con la mía. Me dije que no tenía derecho sobre Evan Osborne porque yo tenía un cabo suelto por mi parte llamado Christopher. Un cabo suelto con dos opciones: o lo agarraba o lo soltaba. Y aún no conseguía decidirme.

Y que haya esta tensión adolescente entre Evan y yo no me ayuda precisamente.

—A mí me pasa algo parecido con el padre de Ivette.

—¿En serio?

—Le conocí en un pub. Había quedado con una amiga, le surgió un problema y no pudo acudir. Quedé con otra, y esa ya tenía planes. Al final no pudieron ninguna, y para no haber salido en vano, me tomé una copa yo sola. Y él se me acercó.

Nos sentamos en la zona del avión donde está mi puesto y proseguimos.

—¡Qué directo!

—Bueno, a ver. Al principio pensé que se había sentido incómodo porque le había mirado descaradamente.

—Avery, no te pega nada —José sonrió—. Lo de observar a lo bestia, digo.

—Bueno, fue hace seis años. La gente cambia —miré a Ivette—. Y me dio algo que no cambiaría por nada en el mundo.

—Ivette es un amor de niña —José la miraba con ternura y con admiración—. Y es muy lista.

Sonreí por el halago.

—Pero me transmitió una languidez al hablar que quise curarle las heridas que parecía tener. Y eso, unido a que era físicamente un dios pulido para mí… pues no me contuve.

José, con malicia, me miró de arriba a abajo, miró a Ivette y luego me volvió a mirar a mí.

—Y te gustan los hombres esculpidos de piel oscura... ¿Me equivoco?

Puse los ojos en blanco mientras se dibujaba una sonrisa en mi rostro y el rubor en mis mejillas.

—El padre de Ivette es así, sí —admití.

—Y Evan también —se le encendió la mirada.

—Hay muchos hombres así. No son los únicos —escurrí el bulto.

—¿A qué te refieres?

—Con trece años me enamoré de un canalla juguetón con la misma apariencia también. Recuerdo que le encantaba viajar. Eso me lo dejó.

—Lo tuyo es patrón, Avery. Sigues un modelo y no te bajas de él, caray.

Me encogí de hombros. Al fin y al cabo, tenía razón.




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