Thrice

Capítulo 23: La silenciosa luz de Shanghái

Acabábamos de tomar tierra y el piloto lo comentó por megafonía. Eran las siete de la tarde y tomamos los bártulos para acudir al hotel que había conseguido Evan.

Los dos pilotos tenían una habitación compartida, José y Evan otra, Erika se cogió una individual, y a mí me pusieron en una habitación de matrimonio para que durmiera con Ivette.

Dejamos las cosas y salimos a cenar. Evan se llevó a José a la cena de negocios, y los demás nos fuimos a un restaurante cerca del hotel.

Erika, al parecer, hablaba mandarín y cantonés con fluidez. Al ser de rasgos ligeramente asiáticos, supuse que era de ascendencia china, pero no más lejos de la realidad: era coreana y colombiana, afincada en Madrid.

Supuse que Evan tenía predilección por los mestizos como él. ¿Entonces por qué me había escogido a mí? Habría leído mi expediente y sabría que mi mestizaje era más desde los abuelos. Yo no tenía nada que ocultar, así que podía mirar lo que quisiera.

A Ivette le pusieron una ensalada wok con brócoli y un par de rollitos de primavera. Louie pidió un wok verde por completo que no tenía buena pinta. Pablo, el piloto mayor y conocido de Erika, se comió un pollo con almendras bastante generoso. Tanto Erika como yo pedimos una ración adulta del plato de Ivette.

Al vernos tan extranjeros, nos empezaron a ofrecer más y más cosas. Yo solo quería echar salsa de limón al rollito de primavera en vez de salsa agridulce, pero me quedé al final con los rollitos sin salsa. Y con ese tamaño tan lógico que tienen los autóctonos, estuvieron riquísimos.

Cuando ya estuvimos saciados —incluido el helado frito que nos regalaron de postre— quisieron que Erika les tradujera alguna anécdota nuestra, pero Ivette se quedaba dormida y nos sirvió como excusa.

Al llegar al hotel, Louie preguntó si José y Evan ya habían llegado. Su respuesta fue:

—The two men you are talking about have not yet left the hotel's VIP lounge.

Muy bien, la reunión había sido en el hotel. Nos habríamos ahorrado un par de centenas de yuanes si hubiéramos cenado allí.

—So when the gentlemen finish their meeting, could you please notify this gentleman's room —señalé a Louie— and mine?

Erika me miró de repaso, y la cortó Ivette cuando me preguntó:

—¿Evan aún no acabó la reunión? —se aferró a mi cuello—. Quiero desearle buenas noches.

Frente a la mirada acusadora de Erika, tras la frase de mi hija no pude más que sonreírle y encogerme de hombros. Creo que ella pensó que yo era una trepa o una cazafortunas con una niña como coartada. Nada más lejos de la realidad cuando la niña llamó a Evan por su nombre.

Recibí la llamada de recepción a la una de la madrugada, y no iba a despertar a Ivette para ver a Evan. Pero me asomé a la puerta y le vi llegar a su habitación solo, porque había dejado a José por el camino.

—Buenas noches —pronuncié por compromiso al ser descubierta.

—Buenas noches —me contestó con un tono fuera de él.

—Ivette se ha quedado dormida. Le diré que llegaste bien —no quería darle más conversación de la necesaria. No estaba bien.

—¿Por qué no puedo ser yo? —estaba frustrado de manera visceral, algo ajeno a él—. Avery Barnaby, ¿por qué no puedo ser yo?

—Evan —intenté tranquilizarle—. Estás ebrio. Si te despejas, lo hablamos.

—Si me despejo, no me atreveré —estaba como una cuba.

Me cogió de los hombros e intentó abrazarme… o algo más, quizás. Me zafé de él y le abofeteé.

—¡Estás borracho, Evan, coño!

—¿Por qué no puedo ser yo? —lloró esta vez.

Tiré por otra vía:

—¡José, ven aquí ahora mismo!

—¿Avery? —oí desde el fondo del pasillo. Y noté cómo su amigo corría hacia Evan.

—Evan, tío, ya te dije que no bebieras tanto.

Llegó justo a tiempo de evitar que me volviera a agarrar y le metió en la habitación.

Suspiré aliviada y entré en mi habitación. Pero tras cerrar la puerta, me moví instintivamente, girando sobre mis pies, y puse mi frente en la puerta. Con los ojos cerrados y en un hilo de voz contesté a su pregunta:

—Porque es Christopher.

Se me escapó una lágrima y, pesarosa, me tumbé en la cama sin poder dormir. Miré a la puerta desde la cama y dejé que pasara el tiempo.

Al cabo de un rato salí al pasillo a despejarme. La pared acristalada enfrente de las puertas mostraba una bella imagen de la ciudad: la línea celeste y la silueta llena de luces de colores.

El silencio del pasillo no me aportaba nada de paz. Contrastaba con el ruido de mi interior.

Observé el móvil en mi mano con desdén. Es el hecho de tener contacto con Christopher lo que dificulta todo.

Mientras observaba las silenciosas luces de Shanghái, sonó la puerta de la habitación de Evan y José detrás de mí.

—¿Avery Barnaby?

Me volteé hacia él. Evan estaba empapado y con el albornoz puesto, que dejaba ver la parte central de su pecho, alborotando más mi estabilidad de lo que ya lo estaba.

Me dije a mí misma que la reciprocidad iba en dos sentidos, y así se lo hice saber.

—¿Qué es lo que quieres ser? —me acerqué a él. No le tuve miedo, no como antes.

No me pudo mantener la mirada y la apartó.

—No sé a lo que te refieres —mintió.

Me crucé de brazos y me volví a acercar más.

—Di mi nombre, Evan. Solo mi nombre.

—No puedo.

Me acerqué a menos de un palmo de él.

—No me exijas nada personal si tú no eres capaz de dar nada a cambio.

Me alejé de él y, a continuación, ingresé en mi habitación.

Pegué mi espalda a la puerta. Mi corazón iba desbocado.




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