Me hacía falta comentárselo a alguien. ¿Dónde están las amigas cuando se las necesita? La crudeza de Cassidy, la madurez de Isabel o la imaginación de Lola me vendrían muy bien para lidiar con mi situación... ¿Las podría llamar?
Miré el móvil y, con el reloj, calculé la hora de Madrid. Estando yo en Shanghái... son siete horas antes. Vale, las nueve de la noche en Madrid. Puedo llamarles.
<Mensajes nuevos: 1 Christopher>
¡Qué oportuno eres, guapo!
<Me cansé de ser solo tu amigo. Si no has estado dispuesta a hablar hasta ahora de lo que pasó aquella noche, quizás no debería haber ocurrido>
Quise gritar, pero Ivette estaba acostada y la iba a despertar.
¿Que tú te cansaste? ¡Pero si fuiste tú quien lo dejó así desde el principio! Y con una niña. ¡La madre que te trajo, malnacido!
Me detuve un momento, borré lo que llevaba escrito y pensé con perspectiva.
<Yo no dije nada porque entendí que eras tú el que quería que fuéramos solo amigos. De todas maneras, si quieres, hablamos por teléfono mejor y así no se hace tan difícil>
Enviado.
Oí un trompazo al otro lado de la puerta y me asomé por la mirilla. Evan estaba caído en el suelo, y justo cuando iba a salir para ayudarle, vi cómo José lo hacía. Sentí una pizca de envidia.
—¡La mato, José, la mato!
—¿De qué hablas?
Vi cómo Evan le acercaba la mano a José en una pose extraña, y caí en la cuenta de que sería un reloj inteligente mostrándole un mensaje.
José debió de sonreír, y se metieron en la habitación mientras replicaba a Evan que debía calmarse.
<Si he entendido bien lo que has dejado en el mensaje, ¿es que me he estado conteniendo de repetir aquella noche contigo durante seis años, sin que hiciera falta?>
¿Qué estaba pasando? Tan pronto me vi con la opción de dejar que fluyera lo latente con Evan, como que Christopher se expresó torpemente y desde entonces podríamos haber sido una familia.
Espera, Ivette. He de hablarle de Ivette.
<Ahora me pillas en pleno trabajo, pero en cuanto regrese a Madrid, te llamo y hablamos>
Enviar.
Trabajo, sí, trabajo. Ojalá fuera solo trabajo lo que tenía ahora entre manos. Miré el móvil como si fuera otra cosa, un libro, por ejemplo, y me sentí frustrada por la situación.
Dejé el móvil en la mesita de noche y volví a salir al pasillo. No más distracciones hasta que me entrara sueño.
Y el destino, por llamarlo de alguna forma, no me dejó en paz. Salía Evan por tercera vez de su habitación.
—Hola, Avery Barnaby.
¿Ahora sí decía mi nombre? ¿Qué había pasado? Miré su puerta por si José estaba esperando o algo así, pero la puerta estaba cerrada.
—Evan... —le sonreí por compromiso. No quería ver a nadie, y menos a él, por lo de antes.
—Siento haber reaccionado así antes —se disculpó.
—Al menos sé que te sienta mal el alcohol —comenté.
—Sí, mal —se acercó a la cristalera que mostraba la silueta de Shanghái.
Me puse a su altura y me incliné para apoyarme en la barandilla, con tan mala suerte que la primera mano me patinó. Me sentí como una Marie Sue cuando Evan me sujetó de caerme de bruces. Y volví a sentir esa electricidad que me daba su tacto, pero ahora ya era hasta confortable.
Cuando le quise mirar a la cara, mi propio cabello me había aparecido ante la vista. Y él, con una sonrisa amable y un gesto lleno de cariño, apartó mi melena de la cara. Yo, instintivamente, tomé mi pelo de su mano y continué el recorrido hasta colocármelo detrás de la oreja.
Él pasó de mirarme con cariño a otra cosa. Y justo cuando se acercaba a mí, tomando suavemente mi barbilla —supongo que para darme un beso— susurró:
—Ese gesto con la oreja...
Me aparté y le miré a los ojos. Le contuve la mirada.
—¿De qué me hablas?
—¿Perdón? —parpadeó.
—¿Qué has dicho de mi oreja? —mi cara pedía explicaciones a gritos. Aun cuando las yemas de nuestros dedos se rozaban, ya sin electricidad, a apenas un par de centímetros de mi mejilla.
Y como si despertara de un trance, me tomó bien la mano y la otra acabó en mi hombro.
—Eres el diamante que más brilla de todos —y lo concluyó con un beso en mi frente, para irse tal cual a su habitación.
Según cerró, mi corazón se aceleró como el motor de un Ferrari en una sesión de prueba. Y me puse a asimilar lo que acababa de pasar.
Al final admitió que yo soy un “diamante” para él... ¿Entonces por qué me había sonado más como una queja que como un halago?
Lo de la oreja lo dijo con melancolía, o con añoranza. Supongo que lo hará otra de sus “diamantes”. Pues qué bien.
Pero lo peor de todo es que me ha dejado con una sensación de deseo contenido enorme. ¡Qué rabia!
Entré en la habitación y me tumbé en la cama, encima del edredón. Bastante calor llevaba yo ya en el cuerpo como para abrir la colcha.
Al otro lado de la pared oí quejas inconclusas de la voz de José y la voz de Evan riéndose. De verdad deseé que no fuera de mí, pero esa sensación de “cobra” que tenía tan reciente me decía lo contrario.