Thrice

Capítulo 25: Detalle a detalle

El cansancio mental hizo mella y dormí un par de horas para retomar el vuelo. ¡Rumbo a Tokio!

Empacamos todo y acudimos al aeropuerto de Shanghái. Evan no me dirigió la palabra en todo el trayecto. Iba inmerso en unos informes de gastos de la compañía que le había dado por imprimir a última hora para evitar hablar conmigo.

Miré a José esperando alguna pista, pero apenas levantó la vista de lo que le mostraba Evan. Erika tenía la mirada perdida en el paisaje cambiante de la ventana, y como ella estaban los pilotos. ¿Y yo? Ivette dormitaba en mi regazo, pero mi instinto me alertaba de Evan, de su reciente manera de evitarme… y la duda de si iba a continuar.

Embarcamos todos, cada uno se fue a su puesto y alzamos el vuelo.

Tres horas y media, planteadas tranquilas… a excepción de cómo actuara Ivette. Eso podía controlarlo.

Ya llevábamos media hora de vuelo cuando una despierta Ivette se acercó a José:

—¿Evan está enfadado conmigo?

José iba a responder, pero el aludido se adelantó:

—Ivette, estoy con unos papeles que me ayudarán a convencer a unos señores muy tozudos para que me ayuden en mi trabajo.

—Yo pensé que el jefe es el que manda —soltó.

—Y yo ordeno en mi empresa —rió—, pero no mando a nadie que no trabaje para mí. Y ese señor que tengo que convencer es de otra empresa igual que la mía.

—¿Quieres que tu empresa y la de ese señor sean hermanitas?

Todos nos quedamos asombrados por su lógica infantil, tan milimétricamente acertada.

—Exacto —concluyó Evan.

Algo de Ivette le inspiró, y apuntó a mano un par de cosas en esos papeles que no eran tan “excusa” como yo había creído previamente.

Me acerqué a mirar y su letra me pareció realmente bonita y elegante, como él. Eso me hizo sonreír.

Mi hija me vio y me llamó como una pasajera más:

—Disculpe, señorita.

Según lo dijo, los hombres levantaron la vista de sus papeles y nos observaron.

—Dígame, señora, ¿en qué puedo ayudarla? —le seguí el juego.

—Quiero un cafecito infantil con una gominola de adorno.

Me había pedido un vaso de leche chocolateada fría con un malvavisco encima. Las contraseñas familiares pueden servir de ayuda a la hora de aliviar tensiones.

—¡Marchando! —jugué.

Fui a pedir a Erika el encargo de Ivette y no me esperaba lo que me dijo.

—Tu hija me pidió que te entretuviera si te pedía la gominola.

—¿Cuándo has hablado tú con Ivette? —me extrañé.

—Esta mañana, mientras guardabas las cosas en tu taquilla —Erika se encogió de hombros, con pasotismo.

—Pues si no te importa, me pondré a husmear —le advertí.

—Me da igual.

Y con esas, me fui a colocar en un sitio desde donde no me vieran Evan, José o Ivette, y pudiera escuchar lo que tramaba mi hija.

—¿Estás enfadado con mi mamá?

—No estoy enfadado con ninguna de vosotras —Evan levantó la vista, miraba a Ivette directamente—. ¿Por qué lo dices, Ivette?

La niña miró a José pidiéndole ayuda para expresarse, pero él no apartaba la mirada de los papeles.

—¿Dijiste que querías ser mi papá, pero mi mamá ya no te gusta?

—¿Qué te ha dado esa impresión? —noté sorpresa y ofensa a la vez en su voz.

—No has hablado con ella —la vi acercarse a él, con tanta autoridad como seguridad—. ¡Y es mi mamá!

Quería darle la independencia de poder hablar con soltura de lo que ella quisiera, pero defenderme de esa manera tan agresiva y dulce era como empezar una pelea de almohadas sin avisar. Así que hice lo que una madre tiene que hacer: interrumpir disimuladamente con otra cosa.

Me acerqué a Erika y cogí la leche chocolateada con una nube, justo lo que había pedido.

—Aquí tiene, señora, su cafecito infantil con gominola, como usted pidió —se lo entregué.

Se quedó en silencio mirándome con la cara de quien es interrumpida. Y me dio un escueto “gracias”.

Me giré levemente hacia Evan y José. Evan me sonrió, ligeramente agradecido, y José seguía enfrascado en esos papeles que compartía con su jefe.

Después de la escenita que conseguí evitar, llegábamos a Tokio a tiempo para comer, mientras Evan y José volvían a tener una reunión.

Llegando al Conrad Tokio vimos un hermoso parque con amplios árboles: Hamarikyu.

Esta vez, se incorporó al paseo el otro piloto, Pablo. Bajito, algo mayor, y proveniente de otra de las empresas adquiridas por Evan Osborne antes que la mía. Era español, aunque por su madre japonesa parecía sudamericano.

Pablo tenía un sentido del humor muy especial, y que nos hiciera de anfitrión resultó curioso por no llamarlo chocante.

Nos habló de los árboles de Hamarikyu mientras ingresábamos en el parque. Erika se apartó levemente sin perdernos de vista y estuvo con un cuaderno y un lápiz todo el tiempo. Louie quizás estuvo observando a Ivette por curiosidad, porque no dijo nada en todo el rato. Y yo jugaba con Ivette a las palmas, al escondite o al disco, según le apeteciera a la niña.

Llegamos a un trozo de jardín amplio sin árboles, desde donde se veía perfectamente el hotel Conrad Tokio. Miré y sonreí. No sabía en qué planta era la reunión, no sabía si la sala ni siquiera daba hacia este lado del hotel, pero me sentí levemente observada. Y no me sentí incómoda en absoluto.




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