Thrice

Capítulo 26: Dejar de engañarme

Observé un rato el edificio. La sensación de sentirse observada era extrañamente agradable, y la sonrisa me aparecía sola en la cara, sin provocarla, sin forzarla.

La curiosa Ivette se acercó a mí:

—¿Qué miras, mamá? —y se colocó mirando hacia la misma zona que yo.

—En ese edificio está la reunión de Evan.

Sonrió con sinceridad e improvisó un saludo al edificio. A continuación me observó lentamente y puntualizó:

—No le has dado un beso de buena suerte —pestañeó como hacía su tía Cassidy, tan irritante.

—Espera, ¿qué? —sorpresa y rubor se mezclaron en mi cara—. ¿De qué hablas?

¿Desde cuándo podía ser tan incisiva?

—No lo has hecho, mamá, como me haces en las excursiones.

Volví a mirar hacia el hotel y, al volver la vista a Ivette, me encogí de hombros:

—No creo que le haga falta, Ivette. No exageres, pillina.

—¡Mamá, tenemos que darle suerte! —se enfadó conmigo sin motivo.

Pero me contagió su fe, y por ello intenté llamar a Evan… pero lo descarté. Quizás si José nos hacía de mensajero...

—¿José? —era una estupidez, pero Ivette me había sembrado la duda—. ¿Qué tal os va la reunión?

—¿Qué? —se le oía distraído—. ¿Que cómo nos va, dices? ¡Genial! —tragó saliva—. La empresaria es dura de roer y a Evan ya no se le ocurre ninguna idea para enfocar la conversación —ironizó.

—¿Cómo van? —me preguntó Ivette, al pie de mí. La pregunta parecía hablar de fútbol, pero nada más lejos de la realidad.

Negué con la cabeza. Iban mal. Pero volví con José.

—Dile que Ivette le desea buena suerte —miré a mi hija con complicidad—. Bueno, y yo también.

Colgué sin darle tiempo a responder y proseguí a jugar con Ivette. Un frisbee que tenía Pablo en su mochila ayudó bastante, y media hora más tarde volví a hablar con José. La reunión había concluido satisfactoriamente.

Me acerqué a José y le comenté:

—Pensé que antes me lo decías con ironía...

—¡Y así era! Pero le transmití tu mensaje y le insufló seguridad —creo que ni él se lo creía, y aun así lo había vivido.

Un rubor, ya conocido, me subió por el cuerpo. Qué repelús me llegaba a dar a mí misma cuando salía a relucir mi Avery adolescente. Y todo por recordar ese “y yo también” que seguramente también habría utilizado José en su mensaje.

—Me alegra haber ayudado —musité.

—¡Chicos! —un Evan lleno de energía nos llamó a todos la atención—. ¿Quién quiere comer udon?

Su espontaneidad nos descolocó un poco, pero todos aceptamos de buen grado.

Ya estábamos todos en el restaurante, a las afueras del aeropuerto, cuando caí en la intolerancia que unía a Ivette y Evan.

—El udon es de trigo —le comenté al tomarle del brazo. Y esta vez no hubo ninguna chispa.

Abrió mucho sus ojos, mostrando esa miel que me embriagaba. Y entonces me di cuenta de que ahora era a él a quien le daba esa chispa con mi tacto. ¿Se había dado la vuelta a la situación?

—Yo me comeré un plato de wok —parpadeó, inquieto—. Son fideos de arroz, y lo puedo compartir con Ivette —miró a la niña—. Porque en este local son generosos con las raciones.

A la niña le hizo especial ilusión poder compartir un plato con Evan, y saltaba al caminar de felicidad.

—No tiene sentido el rol que ha tomado Evan con la niña —oí comentar a Erika ante Pablo, en un susurro.

—Nunca sabes dónde puedes encontrar algún amigo —en la comprensión de Pablo noté nostalgia.

—¿Por qué hará de padre de una niña de la que no sabía nada hasta hace una semana? —Erika seguía sin entender.

—Erika, no seas quejica. Se llevan bien y eso es lo que importa —Pablo era más comprensivo que ella.

—No estoy diciendo que sea malo —se excusó—. Estoy diciendo que es raro.

Louie, que estaba al lado mío al caminar, le rozó a José la mano y se giró, para oír a los rezagados sus chismorreos.

—Alguien se está buscando un expediente disciplinario —advirtió José.

Al entrar al local, Evan se dio la vuelta y, con tono autoritario y una amplia sonrisa en su cara, informó:

—El hecho de que me sienta afín a una persona desde el primer momento —me miró primero a mí y, a continuación, mantuvo su vista en Ivette—, tiene de extraño solamente la mente de la persona que lo piense.

¿Qué puedo decir al respecto? Me daba vueltas la cabeza. No sé si era una declaración de intenciones, o una manera muy elegante de pedir permiso, pero definitivamente eso me remató.

Poco a poco me había ido cautivando con su manera de ser. Su tímida y férrea seguridad me sobrecogía desde la espina dorsal con cada chispa que notaba en mi piel al contacto con la suya.

No podía negar ya que me había enamorado. La primera vez, de un niño con el que compartí un libro sobre viajes y detalles ancestrales sobre nuestro linaje. La segunda vez, de un melancólico hombre de negocios que me regaló, sin saberlo, el mayor tesoro que tengo en la vida: Ivette. Y la tercera vez, de un empresario tan duro por fuera como tierno por dentro, y al que mi cuerpo se rindió desde el primer momento.

Lo más curioso es que me di cuenta también de que aún seguía enamorada del príncipe. Aún seguía enamorada de Christopher. Y estaba enamorada de Evan.




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