Thrice

Capítulo 27: Aquí es diferente

Ahora que al fin me había concienciado de lo que mi instinto me estaba avisando, resulta que se calla, y hasta se cambian las tornas. ¡Que asco de perspectiva, de verdad! Era como si me avisara de algo que aún no sé y que ahora es Evan quien se ha de dar cuenta.
Nos fuimos sentando en una mesa alta, Evan sentó a Ivette a mi lado, la chaqueta de su traje se movió de manera involuntaria al rozar la manga de mi cárdigan y se asustó. Lo hizo con tiempo de haber dejado a Ivette sentada, pero su reacción alertó a todos.
—¡Evan, tío, la electricidad estática! —comentó José, divertido.
—Sí, ya. —se quitó la chaqueta y se terminó de quitar la corbata. Se sentó al otro lado de Ivette.
Estaba muy guapo con solo la camisa clara, no era atractivo porque ya se veía perfectamente, se le veía una soltura natural, que pese a no estar del todo desinhibido, estaba a gusto y relajado como no le había visto antes, y eso le sentaba bien, muy bien; a excepción del nerviosismo que yo le causaba.
Lo cierto es que yo también me quité el cárdigan y lo colgué del respaldo del asiento.
—Nanto utsukushī kazoku no shashindeshou! —Expresó Pablo con dulzura. —¿Os puedo hacer una foto?
Yo estaba ligeramente distraída con intentar coger los palillos correctamente cuando esa pregunta me pilló desprevenida. Pablo cogió su móvil y sin permiso nos hizo una foto a mí y Evan con Ivette en medio.
Evan se puso muy nervioso, le chapurreó lo que parecía una regañina en japonés y Se cruzó de brazos. Miré a Erika, su pasotismo ya no era tan evidente y miró a otro lado, como si le diera vergüenza. Louie, por su parte, se veía a la legua que no entendía nada de japonés, pero como la pregunta era en castellano, juntó las manos y se tapó la boca con ellas, riendo con dulzura mientras José, por su parte, abrió mucho los ojos, sorprendido.
En ese momento me dio la sensación de que nos estaban tratando como monos de feria.
Ivette, aunque no sabía japonés, la intención si la entendió:
—¡Quiero verla, quiero verla!- extendió hacia Pablo sus manos para que le mostrara el móvil.
—¡Kazoku! —Pablo mostró la pantalla de su móvil.
—¡Kazoku! —respondió Ivette con los pulgares hacia arriba.
Creo que entendí lo que quería transmitir esa palabra que a Ivette le encantaría, yo empezaba a asumir y Evan le daba vergüenza admitir, familia.
Nos repartieron los platos, y Pablo hizo prácticamente de anfitrión indicándole a la mesera a quién le tenía que dar los platos de udon y a quién el plato de wok.
Evan, Erika y Pablo empezaron a hacer mucho ruido al sorber sus platos, José les siguió como quien se acuerda de algún dato escondido en la memoria.
Las poquísimas veces que yo había venido a este país previamente lo que hice fue comer sushi así que me pilló de nuevas, cuando José me animó con la mano a que hiciera lo mismo.
—En Japón es una señal de respeto hacer ruido mientras comes —Puntualizó Evan.
Atónita, probé la sopa y me pareció lógico hacer ruido.
Al terminar de comer acudimos al aeropuerto y tomamos rumbo a Kioto.
—Es divertido comer en este país, mamá. —rió Ivette mientras se abrochaba el cinturón.
—Sí, aquí es diferente. —le sonreí.
Ivette se puso a enredar con unas cuerdas y un paipái, ociosa. Y ya volvíamos a quedarnos en nuestros asientos, José, Evan y yo.
Me sentí extraña, después de admitir en mi corazón lo que Evan Osborne ya había despertado en mí. Apenas sería una hora de viaje, así que fui a la zona de cocina a por zumos. Debía decirle a Evan dónde me dirigía, y me salió solo, le puse mi mano en su muñeca, piel con piel. A mí, su contacto, ya lo había naturalizado; pero a él le hizo saltar en su asiento, y José lo notó.
—Traeré zumo, ahora vengo. —y fui a la zona de cocina.
Se debieron creer que, según me alejaba, yo ya no les escuchaba, pero es que la conversación se podía oír hasta la mismísima puerta.
—Evan, ¿Qué haces?
—¿Qué hago de qué? —estaba muy nervioso —¿a qué te refieres?
—¿Por qué te asustas cada vez que te toca? —oí algo parecido a una leve palmada que supuse que sería un toque de atención en el hombro de Evan. —¡En Tokio te pasó lo mismo!
—¡No sé de qué hablas, yo estoy bien! —estaba intentando autoconvencerse y Evan mentía muy mal.
—¿Y ese cambio que tuviste en la reunión, a que se debió? —José y sus ataques de cruda realidad, ¡je! —Mis palabras textuales fueron: ¡Ivette y Avery te desean suerte!; y nada más decirlo, tu seguridad subió de cero a cien!
¿Pero estos hombres no se daban cuenta de que la niña lo estaba escuchando todo?
—Mamá dice que mis besitos le dan buena suerte. —Y ya salía la otra oportuna del grupo: Ivette.
Dejó sus quehaceres sobre la mesita y se levantó hacia Evan poniéndose ante él.
—¿Sí?
La niña, con mucho mimo, le tomó la cara y le besó, en una sien, en el centro de la frente y en la otra sien. Era el mismo ritual que le hacía yo cuando me iba a trabajar las veces que tenía que pasar demasiadas horas fuera de casa.
—"tres besitos de buena suerte te dan cobijo y te hacen fuerte". —Exactamente, lo mismo que le decía yo antes de salir de casa.
—¡Yo también los quiero! —pidió José.
Ivette parecía un poco extrañada, pero también le hizo el ritual.
—¿Y tú para qué quieres buena suerte?
—Estoy cansado de ser Pepito grillo. —me di cuenta que miraba directamente a Evan con esa frase.




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