Thrice

Capítulo 28: El galán de noche

A la insinuación de José le siguió que Evan se tapara la cara con una mano y le palmeara la cabecita a Ivette con la otra mientras él reía.
—¿Evan sería Pinocho? —Ivette le siguió el juego.
Yo me asomé, si Ivette se incorporaba a la conversación, debía de preguntarle si también quería un zumo.
—Hay naranja, melocotón o piña. —Elevé el tono para que me oyeran desde la puerta —¿Qué os llevo?
Evan se volvió a asustar, si hubiera tenido algo en la mano de seguro se habría caído. Ivette y José empezaron a reírse a su costa.
—Tío, eres un libro abierto. —anotó José en voz alta.
Evan levantó la mano sin girarse:
—Piña.
—¡A mí tráeme un zumo de naranja! —me miró José entre los asientos.
—Yo quiero melocotón, mamá.
Y me volví a por los zumos.
No tardamos mucho en llegar a Kioto. La reunión era en el Fushimi Inari Taisha, el famoso pasillo de Torís de Kioto.
Al bajar del avión, me fijé en que Evan prefirió llevar un atuendo más casual sin la corbata y sus elegantes zapatos habían sido sustituidos por unas zapatillas blancas. Aunque no soltó su maletín en ningún momento.
Esta vez era tan corta la reunión que no quisieron bajar ni los pilotos ni la chef; es más, a esa reunión no acudió José, que se quedó con Ivette y conmigo, paseando entre los Torís.
Ivette improvisó un eslalon en zigzag entre los arcos. Los lugareños la miraban con recelo.
—Louie me habló de esto —Jose tocó una Tori. —al parecer son deseos y promesas a la vez.
Me gustó la metáfora y admirada por su tamaño me quedé en silencio. Pero caí en la cuenta de que faltaba una persona y me giré.
—¿En esta reunión tú no haces falta? —cuestioné.
—Un antiguo cliente, de cuando saneaba empresas, le ha pedido un favor personal.
—¿Antes trabajaba de eso? —ese trabajo me sonaba mucho.
—¡Oh, sí! -—José volvió a narrar la vida de Evan como quien se la sabe de memoria —Dejó ese trabajo y con el dinero ahorrado se hizo accionista de pequeñas aerolíneas haciéndolas resurgir y absorbiendo a otras por el camino. —Paró su marcha en seco y señaló a Evan con su barbilla -—cuando decidió pasar de ser el accionista mayoritario al director de la empresa, me contrató como secretario porque yo fui su mejor amigo desde la infancia.
—¡Por eso tenéis tanta complicidad!
Una sonrisa amplia y sincera llenó su cara.
Vi como una niña se acercaba a Ivette y le entregaba un pequeño papel marrón con un hilo. Mi hija se sorprendió y como no entendía lo que aquella niña le estaba diciendo se lo intento devolver, haciendo que la niña huyera.
Ivette vino a mí y me lo mostró:
—¿Esto para qué es, mamá?
—Escribes un deseo y luego lo atas a uno de esos paneles del templo, después rezas con incienso pidiendo que se te cumpla.
—¡Este país me gusta mucho! —ensanchó su sonrisa más allá de su cara. —¿Cómo se dice "gracias" en su idioma?
—Hay que inclinarse un poco, —se lo mostré para que me imitara —y mientras, dices "arigatô".
Ivette corrió hacia la niña y replicó lo que yo le acababa de enseñar.
Escribió algo con esa letra precoz de un párvulo y la niña japonesa le enseñó donde debía colgar el deseo.
Para ser consecuentes, José y yo acudimos al templo y encendimos un incienso junto a Ivette para rogar ese pequeño anhelo de mi hija. No me picó la curiosidad, pero José se acercó disimuladamente para verlo y lo que leyó le debió de gustar, se acercó a Ivette y agachándose le bisbiseó:
—Comparto tu deseo, con fuerza. —se enderezó y mostró una sonrisa radiante todo el paseo.
Evan no tardó en aparecer, estaba feliz:
—¿Sabéis qué? —se agachó a darle un beso en la frente a Ivette —Das suerte, de verdad.
—¿Ah, sí? —mi curiosidad me sonó melosa, ¡puaj!
—El inversor ha quedado encantado con mi propuesta. Y... —le puso una tensión dramática que no supo mantener. —le veremos esta noche, en la embajada de España en Seúl. —me miraba directamente a mí.
—ah, eso está bien, —caí en la cuenta de su intención. —espera, ¿Por qué hablas es plural?
—¿No puedo invitarte a una fiesta, o qué? —Se había puesto vacilón.
—¿Y los papeles? —se preocupó José.
—Los tiene el señor Takahashi.
—¿Pero yo que pinto en una reunión de esas sí no entiendo nada del tema? —intenté huir del compromiso. —aparte de que no tengo nada mínimamente decente que ponerme para ese tipo de eventos.
—He pensado en todo, no te preocupes. —alargó su mano y me entregó una bolsa.
—¿Esto qué es?
—un regalo para ti —se giró hacia unos felices Ivette y José. —pero aún nos queda ir a Seúl.
Ir al embarque, despegar y volar, pero yo tenía el corazón en un puño. Le di indicaciones alimenticias a Erika respecto a Ivette y le hizo la cena. Todo mientras yo me probaba el vestido que me había regalado Evan.
Me miré en el espejo que había en el cuarto de baño de la zona de los cubículos. Un bellísimo vestido de color verde esmeralda con una flor de color verde aguamarina sujetando el tirante.
El vestido ensalzaba mi figura de manera elegantemente sublime y reforzaba el color de mis ojos.
Tras maquillarme con lo poco que tenía, ya habíamos aterrizado y acudí a su encuentro.
Evan no estaba en el cubículo, pero sí que había un galán de noche con un esmoquin de color gris oscuro y una fina línea plateada en la solapa.
¿Dónde había visto yo antes esa chaqueta?




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