A medida que el embajador le decía esas cosas a su hija, las personas a nuestro alrededor se amontonaban. No creo que yo en su lugar hubiera hecho esas cosas que su padre le inquirió, pero el escrutinio público no le gusta a nadie.
—¿Quién es capaz de asegurar que no haría algo semejante? —Alcé la voz.
Macarena se sentía acusada; Evan me pedía explicaciones con la mirada; y el embajador se sintió intrigado:
—Demuestras elegancia con tu empatía, señorita... —Me pidió mi nombre.
—Avery Barnaby Murphy, encantada. —Le extendí una mano y me la besó.
—¿Avery, esa Avery? —Inquirió a Evan con la mirada. —¿Has tenido la desfachatez de traer a mi casa a la mujer que no te quiere y a la que siempre contestabas al teléfono como un siervo?
¿Esta mujer no tiene filtro, o qué? La intento ahuyentar de los moscones cotillas y ella se mete más en el fango.
—¿Y qué, si lo es? —Evan tampoco se iba a amilanar.
Me sentí utilizada, usada, sucia. Tiré del brazo de Evan.
—Evan...
—¿Evan? —Macarena se crispó aún más —¿Te nombra como si ella fuera una empleada? —se acercó a él y de un empujón nos separó. —¿Acaso no era a Avery a la única persona a la que le permitías llamarte por tu primer nombre?
Recordé el nombre que aparecía en el teléfono analógico cuando Evan me llamaba: C. E. Osborne... Macarena estaba acusando a Evan de solo dejar a la otra Avery hablarle por ese nombre que empieza por C... ¿Y por eso está celosa de mí?
—Esa Avery, no soy yo. —sentencié.
Evan chasqueó la lengua en desagrado, pero me dio igual. Me había utilizado para espantar a Macarena y yo no soy utensilio de nadie.
—¡Ja! ¿Ves? —se jactó. —Has contratado a un florero profesional para no asumir tu responsabilidad.
—Yo no soy ningún florero, soy auxiliar de vuelo. —intenté replicar mientras Evan también replicaba con lo suyo.
—¿De qué responsabilidad hablas, Macarena? —estaba realmente molesto —¿De creerme tus mentiras? ¿O de convertirme en un san José por no haberte tocado un pelo?
¡Cuanta información! Y yo en medio de todo, protagonizando un papel que le corresponde a otra Avery. Bastaba.
—No sé lo que te habrá dicho Evan de Avery, —intenté poner en orden lo que quería decir —ni por qué pretendes aún seducirle cuando está claro que no te aguanta, —me había hartado de todo ese teatrillo. —pero no estoy dispuesta a aguantar las acusaciones de una caprichosa egocéntrica como tú. —Y esta vez fui yo quien la empujó, con un simple dedo en el hombro, pero le dejó marca.
Salí como pude del bullicio y busqué un aseo, necesitaba estar a solas, o llorar, o las dos cosas.
Evan me perseguía, llamándome por mi nombre completo, Macarena iba, a su vez, también detrás de él.
Hallé un cuarto de baño y me encerré.
—Avery Barnaby, sal, por favor. —Evan había alcanzado la puerta.
—¿Para qué me has traído a esta fiesta, Evan? —le recriminé.
—¿Por qué quería que te divirtieras? —me respondió con una pregunta.
Chasqueé la lengua.
—¿Para qué me has traído a esta fiesta? —volví a preguntar.
—¿Por qué quería verte lucir el vestido que te había comprado?
—¿Para qué he venido a esta fiesta? —volví a increparle.
—Porque quería presumir de acompañante... —noté que cada respuesta que me daba perdía volumen y ganaba veracidad.
Abrí la puerta, al parecer tenía la frente apoyada y él casi se me cae encima.
—No te estoy pidiendo tus motivos, te estoy preguntando por mi finalidad en este lugar.
No supo o no pudo contestar. Una larga pausa me dio la razón. Me aparté de él y desde mi distancia vi cómo se le acercaba Macarena.
—Avery no te merece, no importa su apellido.
—No me toques. —su voz rezumaba ira y asco a partes iguales —no les llegas ni a la suela de los zapatos, a ninguna de las dos.
—Evan, yo te amo... —suplicó.
—No me amas, Macarena, no te engañes. —oí algo parecido a una palmada, supongo que le golpeó la mano porque quiso ponerla donde no debía. —Solo soy ese negro al que no te has podido zumbar, por muchas veces que lo hayas intentado.
Ese zasca que le dijo me dejó atónita, su lenguaje pulcro brillaba por su ausencia, pero a Macarena la había callado por completo.
Le escuché caminar hacia mí, pero no se paró, prosiguió hasta la fiesta y se puso a hablar con el hombre japonés con el que había quedado por la tarde.
Macarena sí que reparó en mí y se acercó:
—He observado tu reacción.
—¿Y qué me quieres decir con eso?
—Puede que no seas la misma Avery, —se le notaba el veneno en cada letra de cada palabra —pero eso no quiere decir que no seas su sustituta.
—Ni lo soy, ni lo pretendo ser. —me atusé un poco el vestido disimulando indiferencia —Pero de todas maneras, ni tú ni yo decidimos eso.
—Y, sin embargo, eres físicamente como él la describe. —Comentó con desdén.
-—Eso no significa nada. —Me defendí. —Hay muchas Avery por el mundo.
—Me estás dando la razón. —puntualizó Macarena.
—Puede que, en eso sí. —le apoyé mi mano en el hombro en el que le clavé el dedo, acariciando la marca que le dejé como si intentara borrarla —Pero no te corresponde a ti decidir su vida.
—Estás enamorada de Evan, —extendió los brazos, como si pidiera explicaciones —¿Acaso no temes que él la prefiera a ella antes que a ti?
—La diferencia entre estar enamorada y encaprichada es cuántos rasgos de la otra persona estás dispuesta a aceptar, incluyendo si no se queda a tu lado.
Le di la espalda y acudí a la fiesta, pensaba divertirme, y Evan ya me explicaría más tarde lo de hacerme pasar por otra.