Thrice

Capítulo 31: Un tupido velo de organza

El embajador charlaba distendido con un hombre de su misma edad pero de rasgos indios.
—My son is interested in your daughter, but she ignores him. —comentó con tranquilidad el hombre indio.
—My daughter is a lost cause. —comentó el embajador con resignación. —She's become obsessed with the only man who didn't pay any attention to her, and she stalks him every chance she gets.
No sé si debería sentirme amenazada, pero desde luego no me gustó nada lo que insinuaba el embajador. No estaba con ánimos para comentárselo a Evan, pero por su reacción durante toda la noche supuse que estaba al tanto de las cosas que hacía Macarena respecto a él.
Un poco más adelante, vi a Evan al otro lado de la sala, animoso con dos hombres orientales de nuestra edad. Descubrí a Macarena intentando acercarse melosa a Evan por detrás. ¡Debió de preguntarle algo según le abrazaba el brazo y un iracundo Evan apartó su brazo gritando:
—It's none of your business! —Llegó hasta mis oídos.
Si esos hombres eran esos japoneses con los que cerraría el trato esta noche, Macarena podía estropear un negocio muy valioso para Evan. Mi instinto; ese que me empujó a escribir aquella cláusula a mano y que me había chisporroteado por el cuerpo por su contacto hasta que admití lo que sentía por él; eso me empujó a dejar de lado ese rencor de sentirme utilizada y espantar a Macarena.
—That idea is worthy of an honorable man with strong family principles. —Comentó orgulloso el hombre de traje verde botella.
Evan rió incómodo, tanto por el hombre como por Macarena.
—She's not my wife, —intentada zafarse de Macarena por enésima vez —although I'm interested in the woman who was with me tonight.
Me impresionó que lo admitiera de viva voz ante un posible socio, pero también era reacia ante la idea de que solo fuera una fachada de marketing.
—Good evening, gentlemen, —me incliné como sé que indica el protocolo asiático —I hope I'm not interrupting something that shouldn't be heard. —Bromeé.
Evan se sintió cómodo y me tomó la mano entrelazando nuestros dedos. Sentí como empezaba a ruborizarme involuntariamente y con una sonrisa tímida por mi parte, Evan elevó esa unión, la apoyó en mi hombro, me besó los nudillos y con un susurro al oído me estremeció:
—Merci d'être le diamant qui polarise la lumière qui me guide.
Espera, espera, espera... ¿Qué me acaba de decir? ¿Por qué me ha llamado faro de una manera tan sexy? ¿Qué le pasa a este hombre por la cabeza? ¿Y utilizando un diamante, en serio? ¿Cómo me ha desarmado de esta manera? ¡Arg, me saca de quicio cuando se contradice!
Se me escapó una risa boba y mi fachada de tipa dura se fue al traste. Pero al menos matamos dos pájaros de un tiro porque la mosca Macarena ya no nos rondaba, y el señor Takahashi y el señor Wu Hoo quedaron complacidos con nuestra complicidad.
Pensé fríamente en el idioma que utilizó, francés. Macarena no lo hablaría y por eso lo usó. Pero si lo que dijo fue precioso, y era solo para mí, ¿Por qué usó el francés y no el español para decirme algo que haría el mismo efecto?
—Vous essayez de mettre vos partenaires mal à l'aise avec une scène ringarde en français, alors que vous pourriez utiliser l'espagnol? —se la devolví y además le pregunté directamente, me había subido el ego como nunca.
Y su reacción me corroboró que no había leído mi currículum como afirmaba. Se sonrojó de verdad, y daba igual lo oscura que fuera su piel, las mejillas se oscurecieron. Le dejé contrariado de una manera tan tierna que me reí. Mi mirada se desvió a su nuez y al descansar tras tragar saliva, me lo hubiera comido allí mismo.
¡Avery, relájate, te comportas como si tuvieras la mitad de tu edad, controla tus hormonas, vamos!
Ni insuflando una bronca mental a mí misma se me pasaba, ¡Caray!
—¡Oh, español torero! —la cara del señor Wu Hoo se iluminó —Todos hablar English very well en embajada España, —nos agarró de las manos sueltas —yo querer practicar español.
Pues lo hacía muy turista, en la embajada no era el mejor sitio para practicar español de esa manera.
Aunque una cosa sí que me dejó clara y era que parecía entender también el francés.
El señor Takahashi repitió algunas frases en japonés, el señor Wu Hoo hizo lo propio en coreano y la noche se pasó entre risas y chascarrillos asiáticos que se me escapaban fuera del anglicanismo de cada idioma.
La fiesta terminó y el embajador nos cedió uno de sus coches oficiales para llevarnos al aeropuerto.
—¡Qué día tan movidito! —comentó Evan.
—Japón y Corea del Sur en un solo día, es algo precipitado, ¿no crees, CEO?
—¿Cómo me has llamado?
Nos montamos en el coche, estábamos algo subiditos de todo, desinhibidos por el alcohol, pero conscientes de lo que hacíamos aún.
—¡CEO, yo también quiero tener uno!
—¿De qué hablas? —Evan hipó, había bebido un poquito más que yo.
—¡Yo también quiero tener una manera exclusiva de llamarte!—eso no lo hubiera dicho nunca si estuviera sobria.
—¡Tengo una condición! —me sorprendió.
—Dime.
—No me respondiste a la pregunta —se puso serio, casi parecía haber perdido la embriaguez.
—¿Qué pregunta? —no me lo esperaba y por eso había bajado la guardia, al menos la poca que me quedaba por la embriaguez.
—¿por qué no soy yo?
Y así estaba yo, K.O. con una pregunta que no pude responder en Shanghái y no conseguía responder en Seúl.




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