Thrice

Capítulo 32: Ivette se lo merece

No es justo que se le suelte de esa manera la lengua estando borracho. Aunque he de admitir que mi ocurrencia con el acrónimo de su nombre tampoco estaba muy acertada.
Esa pregunta me perseguía desde el subconsciente, pero ahora me daba la sensación de que la entendí mal por su parte. En Shanghái, pensé erróneamente que era el sentimiento genuino de proteger a una niña que él creía desamparada de padre. Pero con todo lo ocurrido en la fiesta de la embajada, me di cuenta de que el sentimiento era mucho más complejo.
—No entiendo tu pregunta, CEO.
—Así no ayudas, guapa —hipó de nuevo—. Soy Evan, y me gusta cuando no dices mi apellido...
—¡Apuntado! —puntualicé—. Evan —me reí nerviosa—. Evan... se parece a ébano —ahora hipé yo—, como eres oscuro...
Me pareció que le vi fruncir el ceño por un microsegundo antes de poner su mano en mi nuca y, rápidamente, plantarme un beso intenso con sabor a Txakoli.
Me dejó sin palabras, en todos los sentidos. Se apartó y puso inmediatamente sus manos sobre las rodillas.
—¡Perdón!
—¿Por qué? —yo quería más. Necesitaba más.
—Ivette se merece un padre que sepa que ella existe, aunque después no quiera saber nada —verdades como puños—. Porque un padre que la quiere, ya lo tiene, aunque no sea el de verdad.
Quise desvestir ese cuerpo esculpido en ébano, como si el cuerpo no pudiera esperar más algo que pedía a gritos desde hace tiempo.
—Hace mucho tiempo, un niño sembró en mí la semilla de volar. No sé si me dijo su nombre, si lo hizo lo olvidé.
—¿Y eso qué tiene que ver ahora?
—Hace seis años, en un desliz de una noche, un hombre me regaló algo sin pedir nada a cambio —miré por la ventana el paisaje cambiante de Seúl—. Y paradójicamente aún me escribo mensajes con él.
—Parece que te estés cavando tu propia tumba —Evan dio su opinión.
—Pero ahora —le miré a la cara, le sostuve la mirada—, ahora eres tú el que tengo delante y el que no quiero que escape.
¿Y yo seguía sin poder admitir en voz alta lo que siento aunque lo tenga más que asumido?
—¿Por qué no puedo ser yo el que ocupe por completo tu corazón?
Mi príncipe, Christopher, Evan... Ojalá fueran uno solo, pero no.
Evan tampoco se quedaba atrás. Tenía esas otras diamantes en su vida: a Macarena, entre Averys.
—Porque no soy el único diamante de tu vida —no sé si entendería mi respuesta con ese paralelismo—. Avery, Macarena, yo...
Evan rió profundo. Era la segunda vez que le oía reír tan despreocupadamente.
—Macarena no es un diamante ni por asomo —soltó una carcajada—. Como piedra no sería ni un guijarro de ágata, y por su dureza inquebrantable no llegaría ni a polvos de talco.
Visualmente explícito. Caray.
—¡Ah, que hay más! —celos, ahora no, por favor...
—Mis diamantes siempre habéis sido iguales... —¿De qué habla ahora?—. Cabello de atardecer, ojos de musgo y piel de luna llena.
Una frase suya que me sirvió contra la resaca que aún no me había llegado. Pelirrojas blancuchas de ojos verde azulado. Menos mal que no éramos tan iguales por dentro.
—¡Oh, ok! —me rendí—. ¡Tu estándar de mujer es la Venus de Botticelli!
—Físicamente, puede. ¡Pero sois fuertes desde el primer momento, y brillantes sin necesidad de reflejar el brillo de nadie!
Era el halago más sincero y genuino que me habían hecho en la vida. Y lo había dicho quien tenía delante, uno de los hombres de los que estaba enamorada.
El problema que tenía eran los otros dos. A uno lo tenía idealizado y se podía quedar resguardado en la memoria. Miré el móvil de reojo, visualicé su puesto en la agenda del teléfono, bloqueé el móvil. Christopher era la visualización de lo más bonito de mi vida y, a la vez, de lo que se posterga hasta la saciedad sin querer enfrentarlo hasta que no hay más remedio.
—Tengo que hablar con el padre de Ivette y hablarle de ti —le di mi mano y le sostuve la mirada—, de que ya no es el único...
El momento mágico se había creado solo. Estábamos Evan y yo, y nadie más. Nos fuimos acercando poco a poco y, a menos de una pulgada de su nariz, el coche frenó en seco.
¡Plaf! Cabezazos contra el reposacabezas de delante.
—¡Auch! —al unísono.
—¡Perdón ahí detrás, el GPS se bugueó solo! —se excusó el conductor.
Habíamos llegado al hangar donde estaba el avión y no nos habíamos dado ni cuenta. Fuimos hasta el avión y entramos dentro. Pese a ser casi las cuatro de la madrugada, nos esperaban José y Louie despiertos, tomando un cacao con gominolas, como nos gustaba decir a Ivette y a mí.
—Sigues hermosa, Avery —comentó Louie—. A excepción del cabello sobre la flor, pero ahora irás a dormir, así que no hay problema.
Me llevé la mano instintivamente a la oreja para colocarme el pelo mientras José entonaba su opinión:
—¡Radiante como un diamante! —José acabó mirando a Evan al decirlo.
Yo hice una reverencia en señal de gratitud.
—Tal cual —sonrió Evan. Me miraba la mano que aún tenía en la oreja—. ¿Todas las pelirrojas seguras de sí mismas hacéis lo mismo?
—Todas las mujeres tendemos a poner el pelo tras las orejas para que no nos moleste en la cara —dije una obviedad, pero él se lo debió tomar a mal—. Es más, yo diría que todas las personas de pelo largo, hombres o mujeres.
Levantó las manos en señal de rendición y se fue a su cubículo durante este viaje.
¿Le había sentado mal que le soltara semejante obviedad? Me sentí arrepentida por la manera de decir aquello tan lógico y solté lo primero que se me pasó por la cabeza:
—Si te has sentido ofendido, soy yo quien te pide disculpas.




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