Evan se paró en seco, aún tenía la cortina en la mano y se disponía a entrar.
—Avery... —le vi tragar saliva, contenía el aliento.
—Evan —afirmé levemente—. Buenas noches —le saludé con la mano como si fuera un “hasta mañana”, y yo entré en el cubículo donde me esperaba una dormida Ivette.
La besé en la frente, la arropé, me desvestí para ponerme el camisón y me acurruqué con ella hasta caer rendida. O casi.
—José, Louie, ni que fuerais nuestros padres —ironizó Evan.
—Siempre viene bien enterarse antes que los demás de un buen chismorreo —joder con Louie, qué maruja.
—¿Y yo soy el chismorreo? —cuestionó Evan.
—A ver, Evan —José intervino—, todos nos hemos dado cuenta de que Avery Barnaby te gusta —oí un golpe seco y leve, como si chocaran dos palmas—, y todos coincidimos en que tú a ella también. ¡Hasta la niña se ha dado cuenta!
Hubo un silencio ensordecedor. Podría haber abofeteado Evan a José. Podría haber gritado defendiendo a la niña. Pero no hizo nada parecido. Y tardando lo mismo que tardaba en arrancar Pablo el avión, empezaron a hablar de nuevo.
—¡Vale, jefe, ya me voy a dormir, sé cuando sobro! —escuché a Louie acercarse a la zona de cubículos y entrar en el suyo.
Después de eso empecé a escuchar murmullos indescriptibles que se mezclaban entre la voz de José y la de Evan. Me pareció escuchar a José nombrar el templo de Kioto y, posteriormente, a Evan decir “pues no es tan descabellado”. Siguieron murmullos y a José decir algo sobre una prueba. A continuación, les oí acercarse cada uno a su cubículo.
—¿Prueba? —se me escapó.
Seguro que pensarían que era la auxiliar de vuelo más cotilla que habían conocido.
—Prueba médica, no te preocupes, Avery —Evan se removió un poco, se le escuchaba feliz—. Es rutinaria.
Esa noche dormí como un angelito.
A Ivette y a mí nos despertó un fuerte ruido. Intenté tranquilizar a la niña, pero solo conseguí que se quedara en el cubículo. Salí de la cama, tenía el cabello alborotado y no me molesté ni en ponerme el batín para cubrirme el camisón. Mi prioridad era asegurarme de si ese ruido era un peligro inminente.
—¿Avery, qué haces levantada? —me topé de bruces con Evan, casi me lo como.
—¿Qué ha sido ese ruido?
—Un estruendo sin importancia provocado por la época de lluvias en la zona —Evan me llevó suavemente a mirar por la ventanilla.
Me asomé, miré al cielo, negro y por la mañana.
—¡No se intuye ni el sol! —me giré hacia él.
Qué sonrisa más bonita tenía. Era de una calidez de hogar cómplice, como si me estuviera saludando con una energía renovada.
—Creo... —miró por la ventanilla y, sin descomponer su postura ni apartar su mano de mi columna dorso lumbar, me miró con picardía—. Creo que estarías muy guapa con el pelo rizado. ¿Salimos?
—¿Qué? —me alarmé—. ¡No, ni de coña!
—Es una lástima —me hizo un chequeo con la mirada, no precisamente médico—, porque me gustaría verte bajo la lluvia, perdiendo el control, dejándote llevar...
Me sentí desarmada. Pero no como ataque, sino con psicología. ¿Era posible que ya me hubiera calado sin apenas conocerme desde hacía quince días?
Me enderecé. Le puse la cara más orgullosa que pude y comenté:
—Toda la tripulación está nerviosa, capitán.
Símiles náuticos. Estaba mucho más nerviosa de lo que creía. ¿Por qué había dicho semejante gilipollez?
—¿Capitán? —jugó sus cartas—. ¡Parece que sí que quieres salir a la lluvia...
Me cogió en alto, sujetándome con un brazo por la espalda y con el otro por las piernas. Yo parecía una hoja de papel en sus brazos. Evan reía, divertido, mientras me hacía rabiar y yo forcejeaba para zafarme.
—¡Evan, bájame! —yo me movía y me movía—. ¡Voy a coger una pulmonía!
Aun en sus brazos, me plantó un beso. Corto, improvisado, pero lleno de su aroma familiar, que aún no distinguía. Se había parado, me bajó al suelo.
—Evan —José, detrás de mí, carraspeó—, creo que hay un problema en la cocina.
—Vale, voy —volvía a ser el Evan serio que todos conocemos y que nos daba seguridad. Pero se volvió hacia mí y me miró con media sonrisa burlona—. Tenemos pendiente que me enseñes tus rizos, Avery.
¿Pero qué había pasado aquí? ¿Este era otro Evan que había abducido al anterior o es que aún no había mostrado todas sus facetas?
Me llevé la mano a los labios y me sonrojé. ¡Mierda, me sonrojé! ¿Cómo conseguía desarmarme de esa manera?
Me recompuse como pude y fui con Ivette. Le aparté la cortina para que viera la razón del ruido que nos despertó.
—Estamos más seguras dentro —solté las cortinas—. Aunque estemos en tierra, es mejor no salir del avión.
Me cambié de ropa: el polo blanco de raya diplomática y los pantalones cortos de color camello. Perfecta. Ivette se puso un conjunto parecido al mío, de lo que había comprado Evan antes de conocerla.
—Es observador —comenté en voz alta, sin querer.
—¿Evan?
—Sí —palpé el tejido de lino de los pantalones de Ivette—. Cuida mucho los detalles...
—¿Y si te mojas el pelo, mamá? —utilizó su lógica contra mí—. Yo también quiero verte el pelo rizado, por favor.
¿Cómo le podía decir que no a Ivette?
Me miré en el espejo del baño. Con determinación, agaché la cabeza y me mojé el cabello en el lavabo. Repartí el agua, procurando no mojar mi ropa limpia y seca. Me miré en el espejo de nuevo, me molesté en colocar mi raya donde siempre y, con un par de horquillas, ya estaba lista.
—¿Qué tal?
Pulgares arriba. Estaba perfecta. Aún más que antes.