Acudimos a la zona de cocina. Erika estaba preocupada y más apática de lo normal.
—El arcón frigorífico ha muerto. Hay que comer pescado o se echaría a perder —se encogió de hombros—. Y entre que no se me da bien y que al jefe no le gusta, solo lo llevamos por los invitados o demás pasajeros.
Miré a Evan. Una información, por lo menos, curiosa. Y un atisbo infantil un poco irresponsable, sí que lo era.
—Ivette —me agaché un poco hacia ella—, ¿quieres ayudar a Erika en la cocina?
La niña se mostró más segura que ilusionada, pero porque yo sabía que le gusta ayudar. Y si de paso nos da alguna que otra lección a los adultos, también.
—Erika, mi pescado favorito es el rebozado, pero a mamá le sale de rechupete otro. ¿Puedo verlos?
Erika se giró hacia mí y, con su cara más insegura, me pidió explicaciones.
—No se sabe los nombres, pero los filetes crudos sí que los reconoce —le aclaré.
—Erika, ve —le ordenó Evan—. No creo que sea peor que echar el género a perder.
Ivette y Erika hicieron mutis por la puerta de la cocina.
Evan extendió su brazo hacia mí, solicitando que le diera la mano, y así lo hice. Tiró levemente de mí y me acercó a él.
—Se te ve diferente —comentó José—. Te sienta bien.
—¿A qué te refieres? —aunque creo que ya sabía la respuesta.
—Ese aspecto natural —sonrió—. Pega más con tu carácter.
—Pensé que yo era seria y pragmática —miré levemente hacia la puerta de la cocina y volví la vista a José—. Tengo responsabilidades.
—Eres espontánea —Evan me tomó la otra mano—. Y no es incompatible con ser responsable.
—Hace mucho calor para mediados de septiembre —acudió Louie, abanicándose con las manos—. ¿No creéis?
José se acercó a él y le dio unas palmaditas en el hombro. La cara del chófer vislumbró una pizca de alivio momentáneo. Y me dio la sensación externa de que había venido a ayudar a José. Aunque no sé muy bien para qué.
—Evan —José le pidió permiso de algo con la mirada.
Evan negó. Todo sin decirse nada. Intenté leer los silencios, pero se me escapaba la información.
—¿Te ha pedido algo? —pregunté sin mucha convicción.
—Pues... —puso cara de compromiso—. Quiere cotillear a Louie sobre mí, pero no tengo tanta confianza personal con él.
Pensé por un momento e intenté ponerme en el punto de vista de Evan. ¿Qué sería eso que le inquieta, pero que no puede decirle ni siquiera a su chófer, hasta de avión, de confianza?
La confianza que tiene en José es desde niños, eso lo entiendo. Es como yo con Lola. Pero si un día le pasa algo en el coche y ese día no va José con ellos, los problemas médicos, como su celiaquía, Louie debe saberlos.
Espera... ¿Y si la prueba rutinaria es sobre algo de su salud?
—La prueba que le nombraste ayer a José, ¿es por ti o por él? —me noté más preocupada de lo que pretendía.
—Es por mí —me miró con cariño, y mi cara le debió de preocupar a él también—. Avery, de verdad, que no es nada malo —me intentó consolar—. Es solo una rutina que quiero iniciar; ahora que os quiero meter a Ivette y a ti en mi vida.
Le solté las manos y le abracé por encima de los hombros.
—Pero yo no puedo estar en esta relación al completo. Arrastro cabos sueltos —me sinceré.
—No me preocupa —desde mi brazo le noté sonreír—. Christopher no es ningún problema.
Algo me descuadró. ¿Yo había dicho el nombre del padre de Ivette? Juraría que no. ¿Lo había dicho en sueños, siquiera? No soy de las que hacen eso. ¿Me había investigado?
No parece que vaya con él, ya que no lee ni los currículums.
Intenté mirarle a la cara para preguntarle, pero mi horquilla se había enredado con su pelo. ¡Shit!
José, que estaba en la puerta de la cabina, hablando con Louie y Pablo, pero debía de estar atento a nuestra conversación también, se acercó:
—A ver, dejadme a mí —suspiró—. Avery, deberías girarte hacia el otro lado para que estas cosas no te pasen —se rió—. Principalmente porque siempre llevas el mismo peinado.
—Evan, ¿te he dicho cómo se llama el padre de Ivette? —fui directa, sin paños calientes.
Oí un levísimo zapatazo por parte de José, pero no quise prestarle atención.
—No —Evan fue escueto.
—¿Has escuchado alguna conversación ajena?
—¡No! —se ofendió, divertido.
—Entonces... —no me gustó la última opción—. ¿Me has investigado?
—Avery, no —me tomó por los hombros y me apartó de él—. Confío plenamente en ti para que eso no me haga falta.
—¿Y por qué sabes el nombre del padre de Ivette, si soy muy cuidadosa en no decírselo a nadie?
Le miré seriamente. Él desvió su mirada a José, solo una fracción de segundo, y volvió a mí. Me miraba como quien oculta un secreto inocente para niños. Suspiró y me sonrió con cariño:
—Cuando hables en persona con él, lo entenderás todo —y me plantó un beso en la frente como quien siembra en el campo.
—¿Y no piensas aclarar nada? —mi pregunta pedía explicaciones a gritos.
—Creo que este —me puso la mano en el pecho, sobre el corazón— intuye la respuesta. Pero este —me palmeó la cabeza, como a los niños cuando han hecho o dicho algo bueno que se les había ordenado— aún no lo ha escuchado, o no quiere escucharlo.
Le puse mi cara de niña ofendida. No la de adulta. Me salía sola. Me sentí como una niña a la que habían regañado sin explicarle por qué.