Por suerte para mí —o para Evan, no lo tengo muy claro— Ivette acudió a la sala principal para llamarnos a comer. Se me hacía raro que hubiera dirigido la cocina una niña de cinco años, pero este viaje estaba siendo poco ortodoxo.
Acudimos todos a comer, menos Louie, que pilotaba el avión.
Un rico plato de emperador al pimentón, con guarnición de patatas verdes. Estaba curioso el plato de vista. Y Erika hizo maravillas con las indicaciones de Ivette.
—Este plato está muy bueno, Erika, apúntalo —sugirió Evan.
Erika le guiñó el ojo a Ivette y se creó complicidad entre ellas.
—¿Pudiste ayudar, cariño? —le pregunté a Ivette como si yo no supiera la respuesta.
—Repetí el plato que hace la abuela —sonreía ampliamente, como quien suelta un chisme que en realidad todos saben—. Ese que cree que no nos gusta y que solo hace para Manolo.
Me mordí la boca por no reír. Mi ceja alzada le indicó a Ivette que eso era un secreto a voces. Pero la niña empezó a bisbisear a José en el oído.
—¡Qué oportunidad tan deliciosa, Ivette!
—Oye, Ivette —Erika arrancó a hablar—, ¿de mayor quieres ser cocinera? ¡Porque se te da de lujo, chica!
—¡Lo sé, pero me gusta más viajar!
Casi me atraganto con la ocurrencia de mi hija. ¡Pero si nunca ha volado!
Evan estaba atónito, aunque no sé por qué. Pero le alarmé y empezó a palmear mi espalda para que yo tosiera.
Pablo y Erika rieron en contrapunto.
—¿De dónde es este plato? —preguntó Pablo.
—Pues no lo sé —respondí—. Cassy y yo éramos niñas de pollo, principalmente, y un día vino a casa con una cuartilla de papel con la receta impresa y la hizo. Nos lo comimos entero porque nos recordaba al chorizo, aunque fuera de pescado.
Todos empezaron a reír de ternura. Es curioso cómo una anécdota tan infantil puede provocar carcajadas en personas tan dispares.
—A mí no me sabe a chorizo —soltó Ivette—. Me recuerda a las patatas de la abuela, las que dice que aprendió de la bisabuela Rocío.
—Bueno —dije—, las patatas revolconas de yaya Rocío no tenían mucho de pescado, pero el chorizo tampoco, así que diremos que tú te acercaste más que mamá y tía Cassy, ¿de acuerdo?
Otra carcajada colectiva. Evan me miraba con los ojos entreabiertos y su media sonrisa de canalla que le había descubierto en las últimas veinticuatro horas.
Comimos bien. Ayudé a Erika a recoger —bueno, ella me ayudó a mí, porque eso es parte de mi trabajo.
Unas pequeñas turbulencias asustaron a Ivette, que se fue al cubículo. José empezó a arreglar un papeleo, con calculadora y todo. Yo le llevé a Louie la comida mientras Pablo vigilaba el piloto automático de vuelo.
—Están todos haciendo su trabajo —me senté en el segundo asiento plegable de la cabina—. Hace como quince días que no hablo de aviación con dos compañeros, así que... —insinué que echaba de menos hablar con compañeros.
—¡Oh, vale! —se dispuso Pablo—. Es que no me acostumbro todavía a hablar de aviones con otra mujer que no sea Erika.
—¿Quieres saber algo de nuestro vuelo? —preguntó Louie con un trozo de emperador pinchado en el tenedor.
—¡Bueno, venga, vale! —entendí que se sentían cohibidos por mi sugerencia—. ¿A dónde vamos a hacer escala ahora?
—¿Te suena Constantinopla? —Pablo sugirió con su tono, pero no sé el qué.
—Ah, Estambul, vale —le quité importancia.
¡Plas! Louie se dio una palmada en la frente.
—No la llames así, por favor —Pablo estaba incómodo.
Miré a cada uno de los pilotos de la cabina. Algo pasaba. Busqué con la mirada alguna cosilla que me diera alguna pista.
—Hay algunas modas que causan furor en la gente —Louie negó con la cabeza, con los ojos en blanco.
Pensé en qué moda podría estar relacionada con Estambul y solo se me ocurrieron los implantes capilares y las telenovelas... Cualquiera de las dos valdría. Miré su gran cabellera de galán de telenovela hispana y descarté lo primero. Por descarte, debería ser por las series turcas.
Me incliné un poco hacia Louie y le pregunté de manera susurrante:
—¿Qué le ha pasado con las novelas turcas?
—Antes de empezar nada, la mujer de la que estaba enamorado prefirió perseguir a un actor turco como una groupie.
—¡No fastidies, qué cagada! —con Louie era fácil dejarte llevar por los chismorreos.
—¡Os estoy oyendo, que estoy al lado! —se quejó Pablo—. Baka-sha!
—El idiota eres tú por enamorarte de una mujer que no te aprecia —le respondió Louie. Se levantó ofendido y se dispuso a llevarle a Erika su bandeja.
—Louie, es mi trabajo —le puntualicé.
—Déjalo, Avery. Ahora mismo le echaría el agua encima —me hablaba desde la puerta—. Me voy a darle esto a Erika y de vuelta cojo otra vez los mandos, que estaré más tranquilo.
Cuando desapareció, Pablo suspiró.
—¿Qué pasa? —pregunté como amiga.
—A él... me cuesta decírselo porque es como mi hermano pequeño.
—¿Hay algo más?
—¿Lo primero? Que no era un actor, sino una actriz.
—Eso tampoco cambia mucho la historia —puntualicé.
—Ya, bueno, lo sé —suspiró—. El problema es que conseguí que volviera a mi lado.
—¿Y eso es un problema? —me extrañé.
—Teniendo en cuenta que ella me trata como un padre, y que Louie la trata como una hermana...
—Espera, que creo que entendí mal —me senté en el asiento del copiloto, sin tocar ningún mando—. ¿Estás hablando de Erika?